31 de enero de 2011

LA OBRA DE ARTE

Queridos:
Cuelgo por fin el relato que me valió el premio de Jóvenes Creadores de Salamanca, a ver qué os parece.




LA OBRA DE ARTE

           Todos los críticos de arte decían que era un gran pintor. Que sabía cómo captar el brillo del cabello y la textura de las carnes. Que su pincel obtenía la luz como un niño atrapa un pajarillo azul y lo guarda en una jaula. Que plasmaba la mirada de las modelos de forma tal que parecían parpadear desde el lienzo.

          La joven prostituta, por supuesto, no sabía nada de esto. Sólo sabía que aquel apuesto joven, tras cerciorarse de que era soltera y de que no tenía familia, le había ofrecido una ingente cantidad de dinero en metálico a cambio de que posara en cueros para él. A ella le pareció un plan estupendo: a diario tenía que hacer cosas mucho peores por mucho menos.

          El estudio era amplio y luminoso. La luz se filtraba a través de unas finas cortinas doradas que servían tanto para cubrir los ventanales como para proteger a la modelo de la mirada de los vecinos. Había cuatro caballetes de diferentes tamaños y una caja de madera llena de tubos de óleo que se retorcían agónicamente sobre sí mismos. Docenas de lienzos acabados se apilaban sobre las paredes formando un abanico. Un diván de terciopelo rojo cubierto por una sábana ocre ocupaba el punto de la sala donde se concentraba mayor cantidad de luz.

          El joven pintor señaló el diván a la muchacha y, mientras colocaba sobre una mesa auxiliar llena de manchas de pintura sus útiles de trabajo, le indicó que se recostara y que empleara la sábana para cubrirse parcialmente, de forma que estuviera lo más cómoda posible. Con voz aterciopelada, le explicó que iba a tener que permanecer inmóvil durante mucho tiempo y que, por lo tanto, era imprescindible escoger bien la postura. La muchacha, fascinada por la habitación y por el respetuoso trato del joven pintor, pensó que debía cumplir su cometido lo mejor posible. Tal vez así, aquel caballero o sus amigos podrían tomarla como modelo en más ocasiones y, quién sabe, quizá podría llegar a dejar la calle. Decidida a no mover ni una pestaña, se tumbó de lado sobre el canapé con el brazo izquierdo a modo de almohada y con el otro acodado en la cintura; su mano derecha aferraba una esquina de la sábana, que tapaba la hermosa curva de su cadera. Sentía cómo la luz bañaba sus bellas piernas extendidas. Clavó su mirada en el rostro del joven pintor.

          Posar no era tan difícil. La joven prostituta tardó mucho tiempo en notar cierto entumecimiento en sus extremidades, entretenida como estaba mirando al artista: había cierta música en los gestos del joven pintor, cuyas manos nudosas y delicadas danzaban sobre la paleta de colores y el lienzo como una muchacha casadera sobre los suelos relucientes de los salones de baile. Sin embargo, el entumecimiento fue acrecentándose hasta mutar en un hormigueo realmente desagradable. Durante bastantes minutos, la joven modelo intentó obviar el dolor, pero llegó a ser tan intenso que no pudo soportarlo más. No sabía bien qué sería más conveniente. ¿Moverse disimuladamente para recuperar la circulación en manos y pies? ¿O avisar al joven pintor de lo mal que se estaba sintiendo?

          La muchacha vio que el joven pintor ya no deslizaba su mirada ni por sus brazos ni por sus piernas. En ese momento, su mirada se concentraba en las formas de su torso. Dedujo, pues, que ya habría terminado de pintar las extremidades dormidas y decidió estirarlas lo más imperceptiblemente posible. Pero no pudo moverlas ni un ápice. Lo intentó varias veces, pero parecía que sus piernas ya no estuvieran ahí. Como si sólo quedara de ellas un doloroso recuerdo. Intento mirar hacia sus pies.

No te muevas. La interrumpió el pintor, rudo por primera vez.
No puedo moverme. Se excusó la joven prostituta
  Es que no debes moverte.
Me duele.
A veces pasa. No te muevas. No quiero perder la posición de tus ojos.

 
          La muchacha intentó serenarse. Respiró hondo y volvió a encajar su mirada en el vaivén de las manos del pintor. Pero el dolor era insoportable. El hormigueo se había extendido por toda la geografía de su cuerpo, formando ramificaciones y meandros que ardían sobre su piel desnuda. Salvo el rostro, toda ella se sentía en llamas. Sin previo aviso, arrancó su mirada de los gestos del joven artista y miró hacia sus propias piernas. Ya no estaban ahí. Tampoco las manos, ni el tronco. Quedaba sólo una sombra difuminada de lo que había sido su anatomía. Una silueta vaporosa y sin ninguna consistencia relucía sobre el diván. Un reflejo leve y brillante con la forma y la belleza de su cuerpo, pero sin su solidez. Comenzó a gritar horrorizada.

Te dije que no miraras. 
¡Estoy desapareciendo! chilló la joven, presa del pánico.
Espera, creo que puedo arreglarlo. Pero necesito que te calmes y que calles un segundo.

           La joven prostituta calló. Con dos profesionales trazos bermejos sobre el lienzo, el pintor cerró los labios de la modelo. El denso silencio sólo era turbado por el suave roce del pincel acariciando la tela.

          El joven pintor completó el cuadro con gesto concentrado. Le costó especialmente, como siempre, encerrar las pupilas de su modelo dentro del lienzo. Pero, al cabo, cuando miró la obra de arte que había creado, supo que debía desterrar ese leve sentimiento de culpa que lo estaba embargando otra vez. Después de todo, había sabido captar el brillo del cabello y la textura de la carne. Su pincel había encerrado la luz sobre la tela como un niño atrapa un pajarillo azul y lo guarda en una jaula. Había plasmado la mirada de la joven prosituta de forma tal que parecía parpadear desde el lienzo.

          Limpió minuciosamente los pinceles y la paleta de colores. Puso a cada tubo de óleo su capuchón. Arrinconó la mesa auxiliar llena de manchas de pintura. Posó cuidadosamente el cuadro sobre un caballete en el extremo de la habitación. Finalmente, se acercó al punto de la sala donde se concentraba mayor cantidad de luz y, con una caricia tan melancólica como profesional, extendió la sábana de color ocre sobre el terciopelo rojo de un diván vacío.



5 de enero de 2011

PREFERIRÍA NO HACERLO

El 2011 empieza bien: con un cuentito en una revista muy interesante llamada Preferiría no hacerlo. Mi cuento ha sido incluído en el número de enero, que está dedicado a la literatura del no y se llama "El maletín". En un par de meses lo voy a convertir en cómic.

Podéis visitar la revista Preferiría no hacerlo pinchando en el link.