27 de octubre de 2009

DE POR QUÉ ME CUESTA TANTO ACTUALIZAR






Lo prometo. Intento actualizar. De hecho, siempre me digo "Los jueves voy a sacar aunque sea una horita para actualizar" o "Aunque sea un vídeo, aunque sea colgar un vídeo" u "O un poema viejo, lo que sea". Pero al final no actualizo. No es porque sea una rancia. Bueno, sí, es porque soy una rancia. Qué le vamos a hacer. Soy rancia.

El problema es que hace tiempo que no escribo. Dibujar sí que dibujo. De hecho, pronto colgaré algún dibujillo. Pero escribir, me cuesta más. Supongo que tengo dentro demasiado mar como para articularlo en palabras. Supongo que no estoy ahora mismo en disposición de crear diques verbales para mis sentimientos, no soy capaz de darles forma. Bastante tengo con evitar que me lleven consigo.

Bueno, he mentido. Sí que he escrito algo. Pero es tan parco que no sé ni si se puede decir que es "algo". De todos modos, allá va.




Y entonces vuelve el desconcierto.
Ese afán de mis diez años
por saber dónde encajar.
Y no saberlo.





Y supongo que este resultado grita por sí mismo por qué ni siquiera intento escribir más.

Foto, claro, de Itsaso

6 de octubre de 2009

CONCURSO DE LYE




Mi querida Albiña tiene un blog que ya no es un blog sino un emporio, Letras y Escenas www.letrasyescenas.com, que ha convocado un concurso raruno en que sortea unos libros de Emily the Strange, y que consiste en contar tu día más raro (Para participar pulsad aquí). He decidido participar con una anécdota verídica que he pensado que podía ser una buena entrada de este muermoblog. Así que aquí está mi anécdota. Después de este día, Frethún paso a significar "cachomierda".



La verdad es que en mi caso es complicado quedarse con un único día raro, pero pensando y pensando he decidido que el que se lleva la palma de mis días rarunos es el día de Calais-Frethún. Hazte con unas palomitas y siéntate, que va para largo, Albiña.

En el 2006 me fui de Interraíl con unas amigas por la zona de Francia y Países Bajos. Supongo que lo sabréis, pero el Interraíl consiste en un billete de tren que es válido en toda una zona de Europa. Llevábamos diez días de mochileras y se nos ocurrió ir a la playa. Y a mí se me ocurrió algo más genial aún: ir a la última playa de Francia. Calais es la última punta al noroeste del país, y para allá que nos fuimos. Pedimos un billete y nos preguntaron qué preferíamos “Calais Ville” o “Calais Frethún”. Nos daba igual, así que miramos cuál nos iba mejor de horario y escogimos Calais Frethún. Craso error.

Llegamos a la estación de Frethún y compramos el billete del tren a París, que salía cinco horas después. La estación era rara. Estaba COMPLETAMENTE desierta. Eso, en una ciudad costera francesa en pleno agosot, es muy raro. No había nadie, sólo una señora de la limpieza a la que nos acercamos para preguntar cómo ir a la playa. Huyó de nosotras. Nos miramos unas a otras pensando que debíamos de tener muy mala pinta. Encontramos un mapita en la entrada de la estación. Buscamos la playa. Calculamos que la playa estaría a unos ocho kilómetros y nos quedamos con cara de “Oh, no, horror”. Salimos fuera. No había autobús. No había taxis. No había ni un solo coche aparcado. Sólo había un camión militar con cuatro reclutas comiendo un bocadillo a la orilla de una carretera que se hundía en un horizonte vacío y una desoladora explanada llena de vegetación salvaje, pajas descuidadas de un grosor inaudito, y algún poste de la luz aquí y allá. Puede verse una fotografía de la escena aquí ().

teníamos cinco horas por delante. Hacía un calor abrasador. La playa estaba a diez kilómetros en dirección desconocida. ¿Qué podíamos hacer? Decidimos escondernos detrás de unos matojos (había amplia gama donde elegir) y tomar el sol, que era lo más parecido a pasar un día de playa que estaba a nuestro alcance. Posé mi toalla sobre las pajas silvestres. La agujerearon. Decidí no tumbarme a tomar el sol, porque no soy un fakir. Una amiga mía se tumbó y de repente empezaron a sonar ruidos sibilantes y amenazadores, como de culebra crecidita. Cambiamos de sitio.

Entonces me di cuenta de que no teníamos cómo comer. Llevábamos alguna conserva en las mochilas, pero no teníamos pan en que untarlas. Habíamos visto en el mapa que a eso de cuatro kilómetros siguiendo la carretera había algo así como un centro comercial. Dos amigas se quedaron en el campamento, otra valiente y yo fuimos a buscar pan para alimentar a la prole.

Echamos a andar por la carretera. Las suelas de las zapatillas iban quedándose pegadas al asfalto. La carretera era un hilito de calor entre dos columnas de plantas enormes. Las margaritas del camino tenían el tamaño de girasoles. No había pasado un alma por ahí desde la guerra de las Termópilas. A lo lejos vimos una rotonda y ¡milagro!, en la rotonda había un ciclista. Lo llamamos a voces en nuestro pobre francés y él salió huyendo. Salió por la tercera bifurcación. Decidimos seguirlo. Y entonces llega la parte más rara de la historia. Detrás de la vegetación, de los matojos horrendos, a la derecha, había un camino de asfalto bajo un arco de enredaderas, que daba paso a un pueblo. No sé si habéis visto Bif Fish. A mí me recordó a esa película porque era un pueblo tan perfecto que daba mal rollo. Las casitas eran todas iguales y preciosas, en tonos pasteles. Tenían su jardincito, con su cubo cilíndrico de basura en la entrada. No había un alma (tal vez porque eran las tres de la tarde). Entonces vimos a una chica. Una chica de unos catorce años, rubia, pálida, delgada, preciosa, con unos ojos enormes, a la que preguntamos dónde podíamos comprar pan. Salió su madre de la casa. Era una réplica de la chica, pero con veinte años más. Instó a la chica a que nos acompañara. Nos hizo pasar por su jardín y salimos por una puerta trasera en la valla de madera. Fuimos por un sendero de tierra lleno de curvas siguiendo a la chica, que nos empezó a hablar en inglés. Pese al calor, llevaba un pantalón, un vestido, y calentadores en tobillos y muñecas. Vestía toda de blanco, salvo los calentadores que eran a rayas negriblancas. Nos contó que no nos había hablado al principio porque los militares habían prohibido que se diera cobijo a los inmigrantes, porque a esa zona iban muchísimos. Nos contó que para ir al colegio tenía que levantarse tres horas antes porque había una sola escuela en toda la zona. No sé qué más cosas nos contó, tenía demasiada hambre. Caminamos media hora hasta llegar a otro pueblo. Este era más antiguo, pero también daba mal rollo, y también estaba desierto. Llegamos a una boulangerie y compramos dos barras de pan. Caminamos otra media hora hasta llegar al pueblo. Caminamos otra media hora para llegar a la estación. Y cuando nos dirigíamos hacia los arbustos para llevar el pan a nuestras amigas, los militares nos empezaron a seguir. Apretamos el paso. Ellos empezaron a correr. Nos siguieron hasta los arbustos y nos preguntaron a dónde íbamos. TU DE ESTEISION, dijo una de nosotras. Y fuimos tu de esteision a comernos un bocata.

A lo mejor he soltado una chapa horrible para nada, porque creo que no habré sido capaz de crear la situación de extrañeza que producía todo: la desolación del sitio, los militares, el pueblo fantasmal, la chica etérea. Fue rarísimo. Podría romper el aire misterioso contándoos que ese mismo mediodía descubrí que el calor había abierto la lata de un kilo de paté y que éste se pudrió e impregnó toda mi mochila, pero esa es otra historia.

5 de octubre de 2009

SOBRE LO DIFÍCIL QUE ES ACTUALIZAR CUANDO TE DUELE LA CABEZA

Creo que tengo dolores de cabeza desde antes de los 11 años, pero fue a partir de esta edad cuando se hicieron insoportables. Por lo general, la gente piensa que eres una quejica, o que exageras, porque claro, cada tres días (cuando estás en buena racha) sueltas ese "me duele un poco la cabeza". Lo que no saben es lo difícil que es vivir cuando te duele.

El médico me ha dicho que es tensional. Estoy estresada y me duele la cabeza. Y vivo estresada. Luego siempre me duele la cabeza. Como me duele la cabeza, no rindo. Como no rindo, me estreso. Como me estreso, me duele la cabeza. Es estupendo.

Y llevo cuatro días diciendo "hoy actualizo", pero estos cuatro días también he tenido que soltar más de una vez el consabido "me duele la cabeza", así que no he actualizado. Y no actualizar no es que me estrese, pero me fastidia un poco. Me da la impresión de estar dejando esto tirado y, a quién voy a engañar, he tomado cariño a este blogucho.

Así que nada, así actualizo: con la entrada más aburrida del universo. Pero os aguantáis. Me duele la cabeza.