31 de julio de 2009

Mi primer cuadro



Después de tiempo deseándolo, por fin me he armado de valor, de tubos de pintura y pinceles, y me he puesto a pintar. Este es el primer lienzo que estoy maltratando. Creo que no tengo muchas aptitudes, pero por lo menos me lo estoy pasando bomba. Creo que mañana, o pasado a más tardar, lo terminaré. Es lo más relajante del universo. Os lo recomiendo.



25 de julio de 2009

DE CÓMO A VECES SOY MASA (O UN PRODUCTO ABSURDO DE MI TIEMPO)

Ayer leí Las partículas elementales de Houellebecq (Compactos Anagrama, 2002) y hoy Desgracia, de Coetzee (Debolsillo, 2003). Son libros complejos y, tal vez, no les he hecho justicia leyéndolos tan deprisa. Pero la verdad es que ambos tenían ese algo que subyuga, que te obliga a leer de cabo a rabo, sin parar. Y ese algo que te hace quedarte hecha polvo tras la lectura.

He intentado empezar en el autobús de vuelta a Pamplona El destino del barón von Leisenbohg, de Arthur Schnitzler (Acantilado, 2003), pero el tono decimonónico de este último se me ha antojado fuera de lugar después de haber pasado dos días embebida en la carnicería a que han sometido al siglo XX los dos autores que antes he mencionado. El señor Schnitzler tendrá que esperar a que me recupere. Unas cuarenta y ocho horas, calculo.

Creo que me han dejado tan tocada porque hablan de cosas que me tocan bastante. O, mejor dicho, cosas que me han tocado bastante últimamente. Los dos libros, sobre todo el de Houellebecq, hablan del paso del tiempo, del miedo al paso del tiempo que acerca a la muerte, y el miedo atroz a quedarse impedido. Cómo en ese empeño de agarrarse a la juventud se hacen cosas ridículas, estúpidas, malvadas. Cómo da igual cuán indigno y ridículo te vuelvas, la muerte te alcanza igual.

Me preocupa un poco que, un mes después de haber hecho una entrada sobre el miedo a perder mis facultades metales (De cómo a veces pienso masa), me haya topado con dos libros, ambos escritos en el cambio de siglo, que hablan sobre eso. Aderezan el tema con sexo, por ejemplo, con filosofía, política, psicología, cosas profundísimas que yo no alcanzo a comentar, pero ese es el tema. La muerte. Siempre la muerte.

A ver, entiéndanme, sé que la literatura, desde el Romanticismo sobre todo, ha tratado el tema de la muerte. Creo que en Las partículas elementales se comenta: en cuanto se toma conciencia de la individualidad y se pierde a Dios, aparece irremisiblemente el miedo a la muerte, el miedo a la desaparición. Es obvio. En el Romanticismo se exalta el yo, la individualidad, la diferenciación personal; eso lleva al individualismo, eso lleva al egoísmo, eso lleva a la rebeldía; y eso lleva a negar a Dios; y eso lleva a estar perdidos y a temer la muerte, que deja de ser una puerta a una vida eterna para ser el fin, la desaparición, la inexistencia. Con matices, sí, pero ese sería un buen resumen. Y pasan las décadas, y cada vez hay menos cosas claras y más relativismo. Y estamos más perdidos. Y aquí me veo yo, agnóstica perdida, egocéntrica perdida, con una individualidad exacerbada que a nadie tiene por qué interesar, y que sin embargo me empeño (como todos) en hacer patente. Todos, en nuestras conversaciones, en nuestras creaciones, en nuestros blogs o en nuestra ausencia de blogs, estamos gritando al mundo que no nos olvide, que somos importantes, que somos interesantes, que tenemos un papel dentro de este todo cósmico (o lo que sea). Eso gritamos, aunque realmente no nos lo creemos. Conocemos ya todos los recovecos de la muerte. Conocemos las fases de la descomposición, conocemos lo mezquina y olvidadiza y selecta que es la historia. Pero me voy del tema.

No me ha alterado que Houellebecq y Coetzee traten la muerte. No. Me ha traspuesto el hecho de que la enfoquen desde la misma perspectiva que yo. ¿Por qué es eso? ¿Porque compartimos un escenario cultural? ¿Hemos leído las mismas cosas (Huxley, Kundera)? ¿Hemos vivido en el mismo siglo? ¿En occidente?

Lo dudo. Creo, más bien, que soy un producto absurdo de mi tiempo. Creo que me han dejado un legado cultural (bastante ecléctico, bastante escaso) que he absorbido y tomado como propio, y que no me he dado cuenta de nada. Creo que lo que puedo pensar yo (si es que pienso) es lo que todo el mundo piensa. Y creo que no tengo herramientas para salir de esa masa. De hecho, creo que todos tenemos la misma angustia. Al menos, todas las personas que compartimos el mismo estrato socio-cultural. No sé interpretar. Veo que no sé interpretar. Sólo leer, sorprenderme, preocuparme, sentir. Sé sentir, pero no sé poner nombre a mis sentimientos. Sé ver la absurdidad, pero no sé explicarla, ni sé salir de ella. Y no sabría decir si me han hecho ser esto, si es que a alguien (algún poderoso, por cumplir el tópico) le interesa que yo sea esta persona enclaustrada en sus propias limitaciones, este producto del siglo. Quizás, aunque me haya considerado siempre poco dócil, soy dúctil como un chorro de metal líquido...

Probablemente la individualidad está sobreestimada. No hay tal. Hay matices, brillos, pequeños detalles que distinguen a una persona de otra en medio de la masa. Pero todos somos lo mismo. Los mismos amasijos de carne encerrando huesos, caminando inexorablemente hacia la tumba.

Imagen extraída de http://nohemispaces.spaces.live.com/blog/cns!668E0BF18C6D6138!1825.trak

15 de julio de 2009

EL CAMINO POÉTICO



Recuerdo con qué ojos miraba a mis primeros poemas. Me parecía que acababa de inventar algo, que eran una cosa fresca y nueva y radicalmente genial. Sencillamente, me parecían buenos. Con sus trabas, claro, un poco forzados, vale, un poco demasiado espontáneos, sí, pero estaban muy bien. Hoy he cometido el craso error de releerlos. Soy una poeta infame.

Creo que he mejorado un poquito. Creo que es porque escribo mucho menos. En primero de carrera, vomitaba versos. Era una barbaridad. No hacía más que leer y escribir (claro, afortunada de mí, entonces aún no necesitaba trabajar). Me encantaba sentarme con mi cuaderno manufacturado (era un montón de hojas cosidas por mí, con tapas hechas de cartón cubierto por una servilleta de papel con un estampado de grandes flores forrada de plástico), si hacía bueno, junto al pozo del campus; si llovía, guarecida bajo el porche del Edificio Central. Solía escribir a las ocho de la mañana o a las ocho de la noche, que eran los ratos en que me tocaba esperar. Mi padre me soltaba en el campus de camino al trabajo a las ocho, y hasta las nueve no empezaban las clases. Y por la tarde, yo tenía que esperarlo a que saliera del trabajo, cosa que podía darse entre las siete y las nueve de la noche. Tenía varias horas al día en las que lo único que tenía que hacer era esperar. Y aunqeu en el momento me fastidiaban muchísimo (porque es un auténtico peñazo tener que pasarte dos o tres horas al día sin poder moverte de un sitio no demasiado extenso), ahora las echo horriblemente de menos. Eran dos o tres horas para mí. En las que podía hacer lo que me diera la gana. Y lo que siempre me ha dado la gana hacer es escribir y, sobre todo, leer.

Eran poemas muy espontáneos. Miraba a las copas de los árboles, pensaba en algún tipo que me rondara la mente en aquel momento, y formulaba mis tonterías. Disfrutaba. De verdad, disfrutaba muchísimo. Pero no tenía ningún tipo de contención, ni de voluntad de hacer algo formalmente bello. Intentaba más bien provocar, ponía palabras contundentes, discordantes, me gustaba hacer cosas “innovadoras”, que llamasen la atención. Como diciendo “Atención, soy una persona excepcional y, como tal, escribo estas cosas tan originales”.

Creo que ahora tengo una poesía más modesta. No sólo en cuanto a producción (infinitamente menor), sino en cuanto a concepción. Sé que soy una mala poeta. No tengo sentido del ritmo y no manejo con soltura las figuras retóricas. Mis poemas, si son muy elaborados, son forzados como un corsé. Por eso intento ir a la raíz de las cosas. Intento depurar, quitar lo supérfluo. Si por azar me sale una figura medianamente evocadora la conservo, pero por lo general procuro ser lo más sencilla posible.

Sigo siendo una egocéntrica, sí, porque sigo pensando que tengo algo que decir. Pero conozco mis limitaciones en cuanto a artesana. Creo que puedo hablar de sentimientos comunes a todos, y describirlos con mediana fortuna. Pero sé que no soy capaz de, además de hablar un poco certeramente de ellos, adornarlos con bella retórica. Simplemente, se me da mal. Y, además, no creo que sea estrictamente necesario hacerlo.

Últimamente he leído a Juan Ramón Jiménez y a Salinas y, claro, a Benedetti. Y creo que ellos han demostrado, cien mil veces mejor que yo, que la poesía no es sólo la carcasa. Soy la mayor forofa de Baudelaire que el mundo ha visto, y me extasían los juegos de cadencia de la poesía de Poe. Pero creo que la poesía no es pura artesanía. Es tan útil un jarrón decorativo como un vaso de nocilla. El jarrón hará la casa agradable, el vaso nos permitirá saciar nuestra sed. Son igualmente útiles. Y, a su manera, su utilidad los convierte en algo hermoso.

Creo que mi camino poético (si es que tengo algún tipo de camino poético) es la sencillez. Hacerme entender y, así, hacer que la gente se entienda un poco mejor. Y si fracaso, bueno, tampoco pasa nada. Por lo menos he redescubierto a Juan Ramón, y eso no es moco de pavo.


Fotografía tomada de: