29 de junio de 2009

LA SONRISA DEL ELEFANTE TRISTE





Una vez, cuando tenía ocho años, mi tía nos llevó a uno de mis hermanos y a mí al circo. No recuerdo gran cosa del espectáculo, salvo que me resultó grandioso. Lo que sí que recuerdo con nitidez meridiana es que, al final de todo, los niños podíamos subirnos sobre uno de los elefantes para que nos sacasen una fotografía instantánea con una máquina Pollaroid. Hice fila y esperé, ansiosa, mi turno.

Un hombre vestido de rojo nos aupaba sobre el lomo del elefante. Era un lomo inmenso, y mis piernas abiertas no lo abarcaban. Un dolor atroz me desgarró la ingle, y durante cuatro días no pude caminar con normalidad. Sin embargo, en la fotografía, luzco una sonrisa de sultana satisfecha que engañaría a cualquiera, por ducho que fuese en fingimiento.

A veces me parece que paso así la vida: trocando mis gestos de dolor en inconsolables sonrisas perfectas y, sobre todo, silenciosas.



21 de junio de 2009

EL PERSONAJE SECUNDARIO



Otro trocito de mi nivola La farola:

Ella era uno de esos entrañables personajes secundarios que al final de la película, mientras los protagonistas se besan con pasión a la luz de una farola, observa desde una esquina con una mirada melancólica y resignada propia de los personajes nobles, esa mirada de “Así debe ser, yo debo irme y no ser egoísta”. Después de un primer plano de una sonrisilla que a nadie engaña, el personaje secundario se aleja caminando con las manos en los bolsillos y la cámara se centra en el beso de los protagonistas. Esto lo hacen para que el espectador se vaya a casa con buen regustillo. No interesa una escena final en la que aparezca el entrañable personaje secundario en la pesada soledad de su habitación llorando a lágrima viva, porque el personaje secundario no debe enturbiar nunca la felicidad de los protagonistas ni de los espectadores. No debe crear congoja. No debe hacerse notar. Los personajes secundarios debemos ser fáciles de olvidar: en eso consiste ser un buen personaje secundario.

Pero algún día pienso rebelarme. Gritar desde mi discreta esquina un “¡Y una mierda!” que interrumpa el beso, aunque sólo sea para fastidiar. Porque ya sé que no tengo las piernas bien formadas, no tengo una voz bonita, no tengo el carisma que precisa un personaje para ser protagonista. Pero quiero que se me oiga. Quiero que el público me compadezca. Quiero que el público entienda la magnitud de mi sacrificio. Quiero un último plano de mí llorando en la pesada soledad de mi habitación. Quiero un…. Lo siento. Ya me callo. Lo siento mucho.

Lloraré detrás de la puerta cuando te vea sufrir. Pondré la sonrisilla resignadamente noble desde mi discreta esquina oscura si, por fin, sale bien lo que no parece de ninguna manera que pueda salir bien (¿en qué historia macabra andas metido?). No me quejaré jamás de la exclusión. Seguiré en mi a veces más a veces menos discreto segundo plano, sintiendo con el protagonista, sufriendo y alegrándome con él sin que él lo note.

Y, por la noche, me taparé con el edredón hasta la boca y suspiraré sin ruido. A lo sumo, tal vez, esbozaré una sonrisilla resignada de esas tan recurrentes. Nada más.







12 de junio de 2009

DESREALIZACIÓN


Llueve.
A veces el mundo se vuelve mentira.
La gente camina
con piernas delgadas
con paso silencioso
debajo de los paraguas.
Nada de paraíso.
Todo de artificial.
Las verdades son verdes plásticos.
El granizo cubitos huecos
de humo frío y blanco.
Mentira.
Mundo plástico. Sólo registro mentiras
con mis ojos blandos
marrones, inquietos,
buscando a lo que asirse.
Algo que lata,
algo que respire tibio.
Pero sólo hay lluvia
gris contra los paraguas
abiertos y negros
y tensos
que punzan la tripa del cielo.
Nada más.

2 de junio de 2009

DE CÓMO A VECES PIENSO MASA







Si la memoria no me falla, la primera vez que me pasó fue en el año 1999. Era octubre. Mi madre tenía vacaciones en esa fecha tan rara, y nos organizamos para ir de vacaciones a ver el mar, como siempre, aunque esta vez no pudiésemos bañarnos. Yo tenía 14 años y estaba entonces enamoradísima de un chico. Estaba tan enamoradísima, que en clase me llamaban la atención sin parar, cosa impensable antes de la fecha.


Yo siempre he sido muy aplicada. Siempre he tenido la voz de resabidilla y el libro debajo del brazo, y con 11 años completé el atuendo con las gafas de topo. Siempre la mano a punto para contestar al profesor, siempre el bolígrafo listo para hacer los ejercicios. Una repelente, vamos. No me ha gustado nunca el estudio por el mismo estudio, me aburre soberanamente leer y releer una misma cosa que he entendido a la primera sólo para grabar en mi memoria datos que, después de ser escupidos en un examen, olvidaré sin duda; pero siempre me ha gustado aprender. Desde siempre he tenido esta pasión por libros, por el conocimiento teórico, por esas cosas que nos gustan a las personas aburridas. Me lo paso bomba traduciendo latín. Me encanta hacer análisis sintácticos. Disfruto como una loca peleándome con diccionarios, a cual más pesado y de letra más ínfima. Jamás — jamás — se me llamó la atención en clase. Hasta el año 1999.


No es que me portara mal. Es que dejé de estar ahí. Mi cerebro estaba siempre ocupado en tejer y retejer recuerdos. Siempre ocupado en darme o quitarme esperanzas, según lo lluvioso o soleado del día. Aquel año viví en subjuntivo. Todo eran hipótesis, todo condicionales de dudosa realidad. Qué feliz fui y qué mal lo pasé.


Me preguntaban cosas y yo, por supuesto, no contestaba. No sabía que me hablaban a mí. No sabía qué pintaba ese mundo ahí fuera, tan distinto del que a mí me interesaba (el que yo tenía denrto, en el que estaba él).


Por eso me alegró tanto que nos fuéramos de vacaciones en octubre. Pensé que “Genial, así podré pasarme diez días pensando en mis cosas sin que nadie me moleste”. Me llevé escondidas sus cartas, que leí tantas veces que diez años después sigo recordando algunos fragmentos (y eso que nunca me ha gustado leer y releer hasta grabar datos en mi cerebro), y me ponía canciones cursis en el walkman (entonces eran walkmanes) y me disponía a pensar en él. Pero no podía. Lo intentaba, pero mi cerebro iba por libre.


Aquel octubre de 1999, en el coche, de camino a la costa Mediterránea, por primera (y desgraciadamente no última) vez en mi vida, mi pensamiento dejó de ser un discurso y pasó a ser una sopa.


No sé si es algo normal, pero a mí es algo que me sigue inquietando. De repente, en lugar de pensar frases, piensas masa. No sé explicarlo bien. No hay conexión entre ideas. No hay diálogo interior. No hay nada que pueda recordar remotamente al verbo. Sólo hay una masa densa, pesada, ocupándote el cerebro, extendiéndose como barro con unos bracitos lentos, como pequeños nervios anegándote los huequecillos que hay entre idea e idea, entre trozo viscoso y trozo viscoso de masa cerebral.


No sé por qué pasa. Durante mucho tiempo he pensado que era fruto de la ansiedad. Pasé años enteros pensando masa (o, lo que es lo mismo, no pensando), y creí que se debía a mi estado anímico. Pensar (o escribir) me habría obligado a mirarme adentro, y verme por dentro en aquel momento habría derivado irremisiblemente en un cambio de vida para el cual no tenía energías. Pero hoy, en este tren, pensando (discurso, afortunadamente) me he dado cuenta de que en aquel 1999 yo era una adolescente feliz, que escribía largas cartas de amor que le eran correspondidas, y aún así pensé masa. Mi cerebro no necesitaba ese blindaje. Tenía energías para cualquier cosa. Como ahora. Pero pensé masa de todas formas. Es algo que me asusta un poco.


Me da miedo que mi cerebro falle. Es algo que he comentado más de una vez, y que racionalmente sé que es una patochada. Pero a mi cerebro le tengo mucho aprecio. Es mi mejor herramienta de trabajo y de disfrute y, seguramente, es lo mejor que tengo para ofrecer. Sé que hay infinidad de cerebros mejores, más potentes, más preparados, más cultivados, mejor llevados... pero el mío, la verdad, me gusta mucho. Y quiero conservarlo. Y quiero que me siga sirviendo muchos años.


Me parezco mucho a mi abuela paterna, siempre me lo han dicho. Tenía el mismo orgullo que yo, las mismas caderas anchas, los mismos hombros fuertes y las mismas costillas salientes. La misma mala circulación, la misma pesadez de piernas. La misma tensión baja. La misma ensoñación. Pero, además, mi abuela paterna tenía Alzheimer.


Sé que eso no significa que yo lo vaya a tener. Sé que, aunque lo desarrolle, me quedan muchos años de actividad intelectual. Pero el deterioro mental es algo que me aterra. Mucho más que la muerte, mucho más que la desgracia en cualquien otro plano. Más que la soledad. Me aterra el deterioro de mi cerebro. No pensar ni siquiera masa, o pensar pero que nadie me entienda. Que tengan que ocuparse de mí. Sobre todo eso: que tengan que ocuparse de mí.


A mi abuela sus hijos la cuidaron con todo el amor del mundo. Nunca he visto tanta dedicación, nunca tanta entrega. Y nadie lo hizo para sentirse un héroe ni por agradecimiento, sino que lo hicieron porque quisieron. Porque la querían y les parecía lo más natural del mundo. Sé de sobra que hay muchísima gente que me quiere, y que me cuidaría sin sentirme como una carga, llegado el momento. Si me da terror que me tengan que cuidar no es porque sea una buena persona que no quiere resultar un estorbo, no; me da terror por orgullo. Por mi maldito orgullo. Porque no tengo un ápice de humildad y no quiero depender de nadie que no sea yo misma.


Por eso, cada vez que mi cerebro renquea, cada vez que no recuerdo un dato que debería saber, cada vez que no comprendo algo a la primera, me agobio. Me agobio profundamente. Me atoro. No quiero perder mi cerebro. A veces, me parece que es lo único que tengo. Mi cerebro, mi voz de resabidilla, mis libros debajo del brazo y mis gafas de topo. Nada más.