23 de mayo de 2009

ESTA CIUDAD ME ESTÁ MATANDO (POEMA ADOLESCENTE)






Ya lo dijo Mon:

hay que huir de esta ciudad

en la que no tengo sitio.


Los cafés que me gustan están siempre llenos.

No me gusta la oferta cultural.


Odio esta ciudad gris que no me ofrece cobijo.

La noche comienza a las seis de la tarde.

En mi piso se mueren las plantas.


No quiero ver a mis amigos.

No te echo de menos.

Estoy rodeada de pijos.


Trabajo más horas de las que tengo.

Sigo atada a tres asignaturas

que ya no me interesan.

Estoy cansada.


Odio lamentarme pero es que no tengo salida.

Necesito un viaje en tren a un sitio con palmeras.


Tengo seis aduladores estúpidos.

Tengo una némesis superficial

que me odia porque soy gorda y de todos modos tengo novios.

Tengo que aguantar miradas de desdén de gente

cuyo horizonte más profundo se llama Marengo.

Por Dios, dadme al menos enemigos dignos.


Señoras que me admiran por poder con todo esto

cuando hace mucho que en vez de caminar me arrastro.

Ya no escribo

porque no quiero mirarme adentro.

No hay más que cosas mediocres.

No hay ninguna diferencia con el mundo exterior.


Debo huir de esta ciudad

que me está convirtiendo en esto que aborrezco.

Insulsa, gris, otoñal como Pamplona.

Una rata en una jaula.

Muriendo de vieja en un cuerpo de veinte.

Debo huir de esta ciudad.


Ya lo dijo Mon (Mon sabe de palmeras):

hay que huir de esta ciudad

que me encarcela.

18 de mayo de 2009

Y TODO LO DEMÁS ES LITERATURA





Aquí os dejo un dibujito mío. Está hecho con boli bic, y llevo años sin dibujar de contínuo, así que sed benévolos. 

La retratada es Grumish, una de tantas niñas con SIDA del orfanato de Addis-Abeba, regentado por las Hermanas de la Caridad en Etiopía. Tienen dos hospitales, uno con 300 niños infectados, que es donde vive Grumish, y otro con 700 internos, todos adultos y con diversas enfermedades, físicas y/o mentales. 

La fotografía la tomó mi madre, Raquel, el año pasado, mientras estuvo allí como voluntaria durante sus vacaciones.



14 de mayo de 2009

HOMENAJE


Mañana es el día de la Radio en la Universidad, y a las 20.30 he de leer mi nuevo texto. Os lo adjunto, a ver qué os parece.



Bienvenidos a La Biblioteca. Hoy es un día especial y por eso quería hacer un programa, eso, especial. Quería homenajear a todos esos autores consagrados, clásicos, a los que admiro con veneración. Pero me he visto con un problema gordo: por un lado, no sabía a cuál escoger, y por otro, la verdad es que cinco minutos dan para muy poco homenaje. Por eso, lo que se me ha ocurrido es lo siguiente.


He hecho un relato formado por títulos de algunos de esos autores. El texto no tiene demasiado sentido, la verdad, así que he decidido premiar al que me escuche. Al primer valiente que no huya despavorido, y que sea capaz de decirme cuántos títulos he insertado en el texto, le regalaré un libro. En serio. Y dicho esto, allá voy.

El pasado NOVIEMBRE, EN LA ARDIENTE OSCURIDAD de LA TABERNA que hay junto al JARDÍN DE LOS CEREZOS, UN ESTUDIANTE DE SALAMANCA amigo mío me contó aquella historia. CONFIESO QUE HE VIVIDO MIL Y UNA NOCHES sin quitarme de la cabeza el TORMENTO que oí en la voz de mi amigo.

Éste había sido antaño un DON JUAN, que había elegido la VÍA REVOLUCIONARIA. Era un rebelde y, a veces, un desaprensivo. Rodeado de AMISTADES PELIGROSAS, MISERABLES orgullosos de sí mismos pese a LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER los HIJOS DE LA MEDIANOCHE, en aquellos tiempos cometió atrocidades y forzó a más de una DAMA BOBA a abandonar prematuramente LA EDAD DE LA INOCENCIA.

Sin embargo, mi amigo sabía que el suyo no era un MUNDO FELIZ, sino meros PARAÍSOS ARTIFICIALES. En sus libaciones de LAS FLORES DEL MAL halló relevante una de sus ILUMINACIONES: se dio cuenta de que llevaba vividos CIEN AÑOS DE SOLEDAD, de SOLEDADES. A partir de entonces, pasaba LAS HORAS penando, anhelando ese PARAÍSO PERDIDO en LA ESPUMA DE LOS DÍAS de sus correrías. Se sentía MARINERO EN TIERRA, EXTRANJERO en los CAMPOS DE CASTILLA, mecidos por los cariñosos VIENTOS DEL PUEBLO. En su VIAJE AL FIN DE LA NOCHE había topado finalmente con EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS: el suyo propio, que era un CORAZÓN DELATOR como pocos.

Pasó aquella TEMPORADA EN EL INFIERNO entre LA CARRETERA y LA TABERNA. Las LUCES DE BOHEMIA ya no le agradaban. Escribía largas CARTAS A LOU, la menor de sus TRES HERMANAS, que vivían en una TIERRA BALDÍA, YERMA, AL SUR DE LA FRONTERA, AL OESTE DEL SOL. Pero no encontraba consuelo ni al imaginarla jugando con su CASA DE MUÑECAS. LA BUSCA de una vida mejor era una HISTORIA INTERMINABLE y, a sus ojos, quienes podrían por cierto escribir un ENSAYO SOBRE LA CEGUERA, era una búsqueda inútil.

Pero tras un TIEMPO DE SILENCIO, LA VIDA SALIÓ AL ENCUENTRO. UNOS OJOS AZULES se clavaron en su herida. Era UNA MUJER DIFÍCIL. CUANDO ELLA ERA BUENA, la vida de mi amigo se convertía en EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO. Pero ella estallaba a veces como si DE REPENTE EN LO PROFUNDO DEL BOSQUE explotara LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO hiriendo a la humanidad con un RAYO que NO CESA. Dejaba el corazón de mi amigo como un LLANO EN LLAMAS. Fueron tiempos de GUERRA Y PAZ, de CUMBRES BORRASCOSAS y EDUCACIÓN SENTIMENTAL. Pero, sobre todo, de METAMORFOSIS. No he visto mayor TRANSFORMACIÓN que la que experimentó mi amigo. Pasó de ser UN ENEMIGO DEL PUEBLO a ser casi UN BUEN PARTIDO.

Pero un día ella se fue y se desmoronó LA MONTAÑA MÁGICA de sus ilusiones. Mi amigo volvió a su INFIERNO. Buscaba a su amada en vano, esperándola apostado en las calles como un GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO.

Por fin, un día,, le llegó la CARTA DE UNA DESCONOCIDA. Era UNA LETRA FEMENINA AZUL PÁLIDO que pertenecía, claro, a aquella MUJER DIFÍCIL que, con sus aires de GATA SOBRE EL TEJADO DE ZINC CALIENTE, lo había encandilado. 

Creo que mi amigo ha salido del TÚNEL. Ya no pasa los RESTOS DEL DÍA como alma en pena. Pero no me confío. LA IMPACIENCIA DEL CORAZÓN nos lleva a veces a dar crédito a FICCIONES engañosas. Mi plan es acompañarlo, con SENTIDO Y SENSIBILIDAD, en sus vicisitudes. Porque la suya es una historia de pasiones, pero sobre todo de AMOR Y AMISTAD. Y yo siempre seré su amiga.



Y esto es todo. Eso sí, una cosa quiero aclarar. La referencia a UNOS OJOS AZULES homenajea, por supuesto, a Thomas Hardy. Lo digo por si a algún despistado se le ha ocurrido pensar que podía referirme a la última novela de Pérez-Reverte. No seamos ilusos, por favor. Yo a ese señor no lo homenajearía nunca. Yo sólo homenajeo a quien se lo merece. 

Anaïs Egea para 98.3 Radio.




12 de mayo de 2009

ESTA NUEVA VIDA

Estoy desbordada. Lo digo así, categóricamente y sin vuelta de hoja: estoy desbordada. Me han pasado tantas cosas, tan grandes y tan buenas, que estoy desbordada. No soy capaz de procesar tantos sentimientos; por eso, me acorcho. No me entra dentro nada más (explotaría): prefiero acorcharme, flotar, y dejar que la tibia corriente me lleve. Adonde quiera. No tengo miedo. No tengo ganas. No tengo nada. No olvidemos que soy un trozo inerte de corcho.

Siempre he estado más preparada para la desgracia. Ya sé que esto suena muy adolescente, pero dejad que me explique. Soy una persona fuerte. Demasiado, a veces. O realmente no soy fuerte: soy elástica. Tengo la capacidad de acorcharme a voluntad, de hacer que mi piel sea flexible, inquebrantable e insensible, y resistir así el temporal. Mi alma se encoge dentro de mi cuerpo hasta adquirir el tamaño de una larva, y se refugia al fondo de todo, donde nada puede dañarla, y se queda ahí calladita y espera a que pasen las tormentas; cuando vuelve la calma, yo le aviso de que puede volver a salir; se despereza, abre los ojitos, se ensancha, y vuelve a ocupar la totalidad de mi interior. Así, de esta manera, he logrado conseguir que nada me dañe. Que nadie me dañe. 

Porque, claro, no podía ser de otra manera, soy frágil. Mi madre me dijo alguna vez que no estoy hecha para el mundo. Que por eso leía tanto de pequeña. Que por eso me costó tener amigos. Que por eso no me duran los novios. Cosas de madres. Tenía razón, claro. Soy frágil y  no estoy hecha para el mundo. Nunca encuentro la medida de las cosas. No sé ser adecuada. No lo sé. Se me dan bien las cosas fijadas. Escribo bellas cartas, doy discursos contundentes, escribo cuentos, recito monólogos. Pero no sé invitar a un café, no sé dar una noticia, no sé expresar un sentimiento, no sé ofrecer ayuda y pedirla mucho menos todavía. No siempre es así. Te tengo a ti, y tengo grandísimos amigos. Pero estoy hablando en general. Es una sensación que me acompaña desde siempre. Creo que se me expulsó al mundo sin haber recibido el manual de instrucciones, y que soy la única a la que se le negó. Seguramente esto no es más que un síntoma más de mi afán de definirme como ente individual y diferenciado, pero aunque no sea más que un síntoma, qué queréis qeu os diga, me amarga igual.

Y no entiendo por qué estoy triste. Todo me sale bien. Todo me sale como yo quiero. Mi vida cada vez es más parecida a la vida que quiero tener. 

Mi familia ha crecido. Tiene un nuevo miembro. Se llama Eyerus, es etíope, y es hermana biológica de mi hermano menor. Tiene 17 años y le encanta leer, sobre todo poesía (si le entendí bien, uno de sus libros es de Poe), y escribe. Es inteligente, orgullosa, decidida y una de las mujeres más hermosas que jamás he visto. Por ahora sólo hablamos en inglés; aún no se atreve con el español, aunque noté que ya el primer día entendía algunas cosas. Tengo, ahora, dos hermanos y dos hermanas. 

Siempre he sentido debilidad por mi familia. Supongo que le pasa a casi todo el mundo, pero lo cierto es que me siento realmente orgullosa de ser parte de ella. Siempre he tenido especial debilidad por mi hermana Isabel, supongo que porque es con la que más encajo. Las dos tenemos intereses similares e incluso nos parecemos físicamente (ojos grandes y marrones, sonrisa ancha, pelo lacio y castaño, caderas fuertes). Siempre la he considerado (y sé que esto es petulante) mi versión corregida y aumentada: es más guapa, más lista y mucho más sociable que yo. Yo me reservo el derecho de dibujar mejor (y me da igual lo que diga ella). 

Empiezo a sentir por Eyerus también cierta debilidad, y eso que la conozco desde hace tres días. Nunca compartiré con ella lo que he compartido con Isabel: esas noches de charla hasta las mil de la mañana, esas luchas por la almohada, las sesiones de SPA (siglas estas de "Si Papá Aparece", y aplicadas a microfiestas furtivas en la habitación) y años y años de complicidad. Pero espero poder compartir otras cosas.

Desde antes de irme de casa, me da la sensación de que me estoy perdiendo cosas importantes de la historia de mi familia. Siempre soy la última en enterarse de las cosas. Nunca puedo ir a las comidas familiares. 

A finales de agosto me voy a Salamanca (me dieron, por fin, el ansiado traslado), y esto se va a acentuar. Y me entra melancolía. Porque quiero Salamanca, pero me perderé cosas importantes. Cosas que ya me estoy perdiendo, pero que me seguiré perdiendo. He ido marchándome de mi casa paulatinamente: primero, iba a la universidad y pasaba allí doce horas diarias, y volvía sólo para cenar y dormir; luego, empecé a trabajar un par de horas en la biblioteca o dando clases y dejé de depender económicamente; después, empecé a trabajar en verano y Navidades fuera de casa y pasaba temporadas durmiendo en pisos de alquiler; y por fin conseguí un trabajo estable y me fui definitivamente de casa. Voy algún domingo, y hablo cada dos o tres días con mi madre. No necesito más. Siempre he sido mucho más independiente de lo que a mi madre le gustaría. Pero la cosa es que están cerca, y que siempre que quiero puedo ir a verles. Con Salamanca, eso va a cambiar. Van a estar lejos. No podré ir siempre que quiera. Hasta ahora, mi marcha había sido gradual. Irme a Salamanca es como arrancar una planta de raíz. Hasta ahora, he sido un miembro intermitente. A partir de ahora, voy a ser un miembro ausente. 

Y sé que esto es necesario (creo que toda persona debe aprender a vivir por su cuenta). Y es, además, lo que quiero. Pero también es duro. Me resulta duro darme cuenta de que poder cenar con mi familia en Nochebuena dependerá de lo amables que resulten mis nuevos compañeros de trabajo y el horario del tren.

Mi vida está cambiando. A mejor. Voy a estudiar lo que quiero estudiar. Voy a vivir donde quiero vivir. Estoy consiguiendo todos mis propósitos: he aprobado con buena nota el examen parcial de una de las tres temidas asignaturas que me quedan para acabar la carrera, he conseguido un contrato indefinido y el traslado que quería, y hoy me han notificado mediante un mail que soy finalista del concurso de relato corto de la UN. Y tengo una gran familia, y buenos amigos, y a ti. Y ganas. Tengo ganas de vivir esta vida. Durante el día, tengo ganas. El problema son las noches.

Con la oscuridad, llega el acorchamiento. He intentado dormir, he dado vueltas y más vueltas, he argumentado conmigo misma ("Mañana madrugas, Anaïs, mañana madrugas"), pero no ha habido manera. Esta vieja angustia que habita mi usual hipocondría, que diría Machado,  ahí estaba. La vieja angustia. Habitándome. Porque estoy sintiendo muchas cosas. Buenas, sí, pero demasiadas. Y no puedo con todas. Tengo el corazón lleno, pleno de sangre, rezumando emoción por todas partes, y lo miro aquí en mis manos y  no sé qué hacer con él. En este estado, cualquier golpe puede resultar mortal. Un beso, un reproche, una frase mal entendida, pueden ser letales. En este estado de embriaguez, cualquier cosa me eleva o me derrumba, y  no puedo permitírmelo. Una no puede permitirse vivir con el corazón rebosante en este mundo lleno de cantos duros, lleno de cosas que vulneran incluso sin querer. Por eso me he acorchado. 

He escurrido mi corazón y lo he esponjado. Ahora flota en la tibia corriente. No sé hacia adonde va. Da igual. No tiene miedo. No tiene ganas. No tiene nada. No hay que olvidar que se trata de un mero trozo de corcho, a la deriva.






Mañana intentaré, de nuevo, ir procesando todo esto, toda esta nueva vida. Ahora no puedo. Tengo demasiado insomnio dentro.


6 de mayo de 2009

DISTANCIA

(Poemilla publicado en el excelso Ajolote)

Por la mañana te enseño mi alma.

Por la noche te oculto mis dudas.


Todo es complicado.

Un laberinto de telas de araña plateadas,

monstruos de ojos cenagosos

que te atrapan con su olor afrutado.

Déjame escapar si no vas a salvarme

o a matarme del todo.


Reconozco que muchas veces soy yo

quien construye estas mentiras.

Pero tienes que entenderme.

Vivo huyendo.

Guardo algo.

No sé qué, pero algo guardo.

Y está encerrado dentro de seis océanos de llanto.


Soy un pozo impresionante.

Nunca notarás mis pequeñas traiciones diarias.


Tan sólo quiero destruir a quienes quiero:

no depender de nada,

no depender de nadie.

Ser inalcanzable e irrompible.


No se me ocurre otra manera.

Si no estoy hecha para el mundo

tendré que sortear el sufrimiento.

Pequeñas fintas a la luz de la luna,

pequeños juegos de pies para sortear el otoño.


Siempre nos queda la luz.

La promesa de otra primavera

que se acerca.


Pero la oscuridad siempre vuelve,

y dura muchos meses en Pamplona.