15 de abril de 2009

LAS LIBRERAS EN LOS CENTROS COMERCIALES



El otro día releí un artículo de Pérez-Reverte en el que hablaba de las dependientas en las librerías de los centros comerciales. Como imaginaréis, era bastante poco halagüeño para esas chicas. Y, como sabréis los que me conocéis, no me hizo ninguna gracia.

Soy librera en un gran centro comercial. Sí. Los pijos, cuando se dignan a mirarme, me miran indulgentemente por no haber llegado “más alto”. Los gafapastas me miran mal por haberme vendido al monstruo capitalista. Y, encima, me topo con un artículo de un sarcasmo facilón, de un señor que ni siquiera escribe tan bien, en que en un alarde de genio e ingenio le da por generalizar y nos pone a todas las trabajadoras de librerías de grandes superficies, no sólo como incultas, sino rayanas en la oligofrenia.

A ver. Trabajo de cara al público. Tengo, por lo tanto, una paciencia infinita. Infinita. Pero vamos, una tiene, también, su orgullo.

Es verdad que es difícil ejercer de librera, librera de verdad, en una gran superficie. Hay temporadas en que no puedes sino despachar, nada más. Navidades, el día del padre, no puedes decir más que “Hombres que no amaban a las mujeres, veintidós cincuenta, su tique, gracias”, “Mundo sin fin, veintinueve noventa y cinco, su tique, gracias”, “La sombra del viento, veintidós, su tique, gracias”. En temporadas así, mi librería no es más que un supermercado de libros. Pero el resto del año sí que es una librería, por más que los demás no lo crean.

Todo depende del cliente. Más de una vez te toca el típico impertinente estúpido. Se le reconoce por la voz petulante y la expresión de “sé que eres inferior y no vas a entender lo que te digo así que me ahorro la educación y el civismo y, además, te hablo lentamente para que seas capaz de seguirme”. Si no tienes el libro que busca, te dice que “ya sabía yo que aquí no lo ibas a tener”, que yo me digo, “pues podría usted haberse ahorrado el viaje, si tan claro lo tenía”. Si les dices que puedes conseguirlo, te dicen que no, que no lo quieren, que ellos a este sitio no vuelven. Si les explicas que no lo podemos conseguir porque es un libro antiguo y está descatalogado, te tratan de inepto, porque de todos es sabido que es culpa del librero que a la santa editorial no se le haya ocurrido reeditar el apasionante tomo de “La cría del caracol en la Edad Media”. Está claro. No sé cómo no me da vergüenza no tener en mi librería doce ejemplares de tamaña obra maestra. El ilustre y maleducado caballero se irá de la librería con aire ofendido, esperando que yo llore por no haber podido complacerle. Lloro, caballero. De verdad que sí. Sollozo al verle marchar, temiendo no volver a verle nunca.

Si, por un capricho de los dioses, resulta que sí que tienes el libro, lejos de darte las gracias, te miran con escepticismo, no dando crédito, y con cara de “pfff, eso ha sido potra seguro”. Lo que más me gusta es comentar algo cuando da la casualidad de que me he leído dicho libro. Algo en plan “Es muy bueno, aunque me gustó más tal otro del mismo autor” o “Ese libro surgió a partir de este otro de tal autor”. Te miran con cara de espanto profundo y huyen con el ceño fruncido y farfullando. Eres una librera que sabe de libros. Qué ignominia. Yo paladeo mi venganza tras mi cordial y educada sonrisa de dependienta. ¡JA!

Pero luego están los clientes que molan. Están los que te dicen “Me gustan Murakami y Paul Auster, ¿qué me puedes recomendar?”. Estos clientes son una gozada. No hace falta que sean genios. Basta con que sean educados. Y que sean lo suficientemente humildes como para darte el beneficio de la duda: puede que no sepas nada de libros, o puede que sí. No dan por hecho que seas una taruga. No necesitan imponer su hipotética supremacía cultural, y creo que eso denota una inteligencia diez veces superior a la de los clientes que antes he descrito. Si les recomiendas mal, no volverán, eso es todo.

Si algún día coincido con el señor Pérez-Reverte, le diré que mi pequeña venganza es no recomendar jamás un libro suyo. Será porque no entiendo de libros que no soy capaz de apreciar la suma calidad de su grosera y soporífera prosa. Y jamás, repito, JAMÁS admitiré en público que leo y respeto sus artículos periodísticos. Porque me cae mal. No creo que esto le haga llorar precisamente, pero dejadme, yo soy feliz así.

Buenas tardes, ¿qué desea?”, “Un día de cólera, de Pérez-Reverte”, “Vaya, no lo conozco, pero este de aquí es increíble, en serio. Veintidós cincuenta. Su tique. Gracias”.

MI BIBLIOTECA, MI BIOGRAFÍA

Hoy he estado poniendo en orden viejos papeles y acabo de descubrir que dentro de cuatro días exactamente hará un año que me independicé. Estas cosas, claro, te hacen reflexionar. Se puede crecer mucho en un año. Y, pensando, pensando, me he dado cuenta de que hay una única cosa que ha crecido aún más que mis obligaciones, y eso es mi biblioteca.


No voy a torturaros demostrándolo, pero creo firmemente que podría explicar mi biografía dando los títulos que me han ido acompañando. No me recuerdo sin libros. De hecho, ha llegado un punto en el que ni siquiera necesito leer un libro para sentirlo un poco mío.

A veces me basta con llevarlo encima, en el bolso, en la mano, o como un parapeto. No me reconocería sin llevar libros encima.


En un momento de La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, Teresa, uno de los personajes principales, se enamora de Tomás, su futura pareja, porque él está leyendo un libro. El libro le demuestra que ambos forman parte de un club selecto: ambos leen. Teresa necesita escapar de una realidad frustrante mediante la lectura. Necesita diferenciarse de las personas a su alrededor y, para eso, lee. No es sólo que las historias le ayuden a evadirse, no es sólo que los libros le narren vidas mejores y que participe de ellas, no: es la misma lectura lo que la hace diferente. Es el hecho de ser lectora lo que la salva del embrutecimiento de su entorno.


Pero los lectores, las Teresas, aunque es cierto que buscan ser diferentes, en el fondo no quieren serlo del todo. Quieren que haya gente como ellos. Las Teresas quieren Tomases, con su libro en la mano, para sentir que comparten el secreto con alguien. Y es que de nada sirve tener un tesoro si no lo puedes compartir.

Tengo un minúsculo piso de paredes mustias y suelo crujiente. Mis libros, dentro de poco, me echarán del salón. No tengo ni una estantería: los libros se apilan unos sobre todos, trescientos tomos ajados, releídos, apoyados unos en otros, mirándome con cara amigable. Recuerdo la historia de cada uno. Aquel Orgullo y prejuicio que nos hizo decidir a mi hermana y a mí que ya no quedan Mister Darcy’s; ese Buscón de Quevedo que hizo que toda la Estellesa me mirase raro cuando solté una carcajada; ese Verlaine ilustrado que me regalé después de unas agotadoras Navidades. Esos Hollister de domingo soporífero. Esa Historia Interminable con una linterna por si me pillaba papá. Ese libro de Martín Vigil en aquel campamento de Guetadar, cuando los chicos todavía nos pegaban. Podría escribir mi biografía hablando de los libros que me he ido leyendo.

Y es que los libros no son objetos cualquiera. No son una mera afición. Los libros son una vocación. Son artilugios que te cambian la vida. Leer es una actividad solitaria pero que, curiosamente, te une a los demás. Para leer tienes que estar tú solo. Pero leer te hace dialogar con un autor, aunque lleve muerto muchos siglos. Y nada en el mundo une más que descubrir a un Tomás o a una Teresa a quien le apasionan los mismos libros que a ti.

Hace un año que me fui de casa, con mis libros a cuestas. Y mi biblioteca ha crecido. Ahora tengo unos cincuenta tomos más. Mi biblioteca ha crecido; mi familia ha crecido; yo misma he crecido. Y no puedo evitar que me lata en la cabeza la frase tempus fugit con una rotundidad que casi duele. Y es que el tiempo pasa, inexorable, y aún no lo he conseguido: aún no me he leído todos los libros.

Y es que lo malo de marcarse metas imposibles es que son imposibles.

LA PERSPECTIVA EN LA LITERATURA

Lo que convierte a un libro en un clásico es la mezcla de dos cosas: una técnica literaria impecable, y un tema imperecedero, que llegue a tocar el alma humana. Dicho así suena cursi a más no poder, lo sé, pero no se me ocurre otra forma de explicarlo.


En mi última intervención intenté demostrar que hay muchas técnicas diferentes, incluso opuestas, para tratar los temas. Shakespeare nos hablará de los celos mediante personajes apasionados, exacerbados y medio locos, como Othelo. Tolstoi nos hablará de esos mismos celos mediante personajes humanos, comedidos, tímidos e inseguros, como Lievin, que es el alter ego del propio autor. Los dos artistas nos muestran lo mismo: que las personas somos inseguras, y esa inseguridad hace que pensemos que la persona a la que queremos pueda fijarse en personas más interesantes que nosotros mismos. Y eso nos hace sufrir, claro. No son más ciertos los celos de Lievin que los de Othelo; son, simplemente, diferentes. No es menos clásico Othelo que Anna Karénina; son clásicos que emplean técnicas diferentes para hablar de la realidad.


No voy a irme por las ramas: de lo que quiero hablar hoy es de la perspectiva en la literatura. Y por perspectiva me refiero a la forma de enfocar un tema. Como suelo hacer, voy a partir de ejemplos concretos. En este caso, voy a tomar las tres grandes novelas de adulterio del diecinueve: Madame Bovary, La Regenta y, cómo no, Anna Karénina.


El argumento básico de estas tres novelas es sencillo: una mujer le es infiel a su marido. Sin embargo, los resultados son tan diferentes, y todos ellos tan creíbles, que parece imposible que compartan una misma trama argumental. Esto se debe a que cada autor quiere expresar una idea diferente, y por ello mira el tema desde una perspectiva distinta. Las tres protagonistas, además, se parecen en que son mujeres hermosas, cultas y soñadoras, y de una clase media o alta, pero ahí acaban sus similitudes. Ana Ozores carece del arrojo de Anna Karénina, y Emma Bovary es más cruel y superficial que las otras dos juntas.


Cuando leemos La Regenta, no podemos evitar sentir lástima de Ana. Es una muchacha bella e inteligente, a quien la vida no ha tratado bien. Es una mujer increíblemente inocente, con una sensibilidad fuera de lo común y, por ello, es muy influenciable. Y está encerrada en una vida absurda y tediosa que no le ofrece aliciente alguno. La casan con un hombre mucho mayor que ella, aburrido y bastante mediocre, que la quiere con un cariño tibio, más de padre que de marido. Y forma parte de una sociedad hipócrita que de algún modo la desprecia porque ella es una mujer virtuosa. Todos sus allegados están deseando verla caer, y se puede decir que prácticamente la empujan a obrar así. Cuando Ana sucumbe al acoso y derribo de don Álvaro, todos los que en los corrillos la reprenden, en su fuero interno suspiran aliviados al ver que incluso la mejor de las mujeres es tan mala como ellos mismos. Lo cierto es que, conforme vamos conociendo a Ana, casi nos parece que es la única alternativa que tenía. Creo que prácticamente ninguno de nosotros habría sido capaz de obrar de forma distinta a como lo hizo ella, de haber estado en su situación.


Con Emma Bovary nos pasa al contrario. A lo mejor también depende de los ojos con que se lea la novela, pero yo acabé teniéndole a Emma un profundo desprecio. Está casada con un hombre sencillo, casi bobalicón de tan inocente que es, pero buen hombre en el fondo, y que está profundamente enamorado de ella. Emma es una tirana: obliga a Carlos Bovary a dilapidar su fortuna en pos de sus caprichos, lo arruina para poder vivir con un lujo que no le corresponde, y encima le es infiel. Se aprovecha de su marido para vivir una fantasía romántica. Es una mujer tremendamente egoísta y vacua, y vemos que su situación es fruto de sus obras y decisiones, plenamente libres.


Y por último está el caso de Anna Karénina. Este caso es ya más complejo. No podría decirse que Anna es una mujer cruel, porque en un principio intenta resistirse al asedio de Vronski, mientras que Emma era quien buscaba a sus amantes. Anna es una mujer honrada, y sufre por su situación, pero es una mujer con un espíritu libre. Está casada con un hombre al que no ama y que tampoco la ama, y siente que está viviendo una farsa. Su matrimonio tiene únicamente valor social. Ella quiere una vida que merezca la pena ser vivida, y eso es lo que Vronski le ofrece. No es que Anna tenga una aventura, es que se enamora de un hombre después de estar casada. Esto hace que la situación sea complicada. Vemos que su marido en ningún momento sufre porque Anna le haya sido infiel, sino que le da rabia que peligre su estatus a ojos de los demás. Anna pelea contra una sociedad hipócrita ejerciendo su libertad. Liberarse de su marido significa liberarse de las imposiciones sociales. No hay que pensar que a Tolstoi le parecía bien que una mujer fuese infiel, ni mucho menos: lo que Tolstoi nos muestra es que la sociedad moscovita era falsa e hipócrita, que se contraía matrimonio por motivos equivocados y por ello las cosas salían mal, porque la base de un matrimonio sano debe ser el amor y no las convenciones sociales, como queda demostrado en el caso de la otra pareja de la novela, Lievin y Kitty. Al menos, así lo interpreto yo. Tampoco soy una experta en estas lides.


Vamos, que son tres novelas de adulterio, pero no tienen nada que ver una con otra. Y esto es por una cosa muy sencilla: que cada autor quería decirnos una cosa diferente. Flaubert quería mostrarnos una sociedad vacía y hueca, como la propia Emma. Clarín, por su parte, nos está hablando de que en un mundo en que la sociedad tiene un poder tan fuerte, la libertad de las personas queda anulada. Ana Ozores no tomó libremente sus decisiones: la inercia social la condujo a ellas, y por ello su conducta nos parece comprensible y no punible. Por último, Tolstoi retrata a una mujer honrada y fuerte pero atormentada en una vida baldía que no le resulta suficiente, de la que intenta librarse a pesar de la presión de una sociedad que, a la postre, siempre vence.


Pero voy a dejarme de explicaciones, porque al final acabaré quitándoos las ganas de leer estas grandes obras maestras, y no podría perdonarme. Resumamos en que de un mismo argumento pueden surgir resultados diferentes, según la perspectiva que el autor emplee. En este caso, cada autor tenía un concepto muy diferente de lo que es la libertad, y eso se refleja en sus heroínas. Ana Ozores no es libre, Emma Bovary sí que lo es, y Anna Karénina es libre de elegir entre dos opciones, sí, pero sabiendo que ninguna de las dos la dejará en una buena situación. Seguro que todo esto nos suena de algo. Y eso es porque estamos hablando de buena literatura y la buena literatura nos enseña cosas que, en el fondo, ya conocemos.

LA REALIDAD EN EL TEATRO



Siempre ha habido en la literatura. Es el problema de si los autores deben tratar sobre nuestra realidad o si deben crear una realidad independiente. Este tema se encuentra en todos los autores y todos los géneros, pero toma particular importancia en el teatro. El teatro, a veces lo olvidamos, no está escrito para ser leído, sino para ser escuchado y visto. Desde Plauto hasta Arthur Miller, pasando por Shakespeare y nuestro Lope de Vega, todos han escrito obras para que fueran representadas. Si Lope de Vega supiera que docenas de estudiantes de filología (como yo misma) pasamos horas con reproducciones de sus escritos, intentando descifrar lo que querían decir sus versos, peleándonos sangrientamente con las notas a pie de página, estoy segura de que nos miraría como a un hato de estúpidos. ¿Leer el teatro? ¡El teatro es para verlo! ¡Para divertirse! Lo cierto es que hoy en día nos complicamos mucho la vida.


El teatro hoy día ha perdido fuerza o, mejor dicho, ha evolucionado y se ha convertido en otros géneros. Los guiones de cine, o de series de televisión, son el equivalente al teatro áureo. Son textos que están hechos para que actores les den vida. Y son textos que tienen como fin entretener al público, y cuando digo “entretener” lo digo, claro, en un sentido amplio. Uno puede estar la mar de entretenido intentando averiguar qué diantres quiere decir una película sesuda, lo mismo que viendo las piruetas de los actores de un musical. Porque el teatro no es sólo el texto, sino lo que el texto da pie a hacer. Cuando en una acotación pone “bailan”, eso es tan teatro como cuando indica qué frase viene a continuación.


El caso es que el teatro es un texto que se convierte en acción, es un texto que se “hace”, que se convierte en realidad. Y por eso decía yo al principio que el teatro es un género en el que tiene especial importancia la problemática aquella de si la literatura debe imitar a la realidad o crear otra distinta. ¿Queremos historias, y actores, que nos convenzan, que nos hagan pensar que lo que vemos es cierto? ¿O queremos historias que nos evadan, que nos lleven a mundos nuevos y desconocidos? Lógicamente, cada uno piensa una cosa. Y, lógicamente también, cada uno hace una cosa.


Hay dramaturgos que nos acercan a situaciones que podrían perfectamente darse en nuestro mundo, incluso en nuestra vida diaria. Ahí tenemos, por ejemplo, a Tennessee Williams, que es un genio contando pequeños dramas familiares, como hace en El zoo de cristal. Es una obra en la que no pasa casi nada: es simplemente la historia de una madre que intenta encontrar un novio a su timidísima hija. Y nada más. Pero los personajes son tan débiles, tan humanos, que es imposible no involucrarse en la historia. Quieres que todo salga bien, porque crees que si ellos pueden ser felices, tú también podrás. Porque son personajes de carne y hueso, como nosotros.


Sin embargo, hay autores que crean realidades y personajes que no tienen nada que ver con nuestro mundo. Ahí tenemos a Ionesco, que nos muestra un pueblo irreal, un lugar extravagante, con personajes, que no personas, que hablan rarísimo y su historia trata de que, de repente, un día, toda la gente comienza a convertirse en rinoceronte. Uno a uno, van sucumbiendo. Esto no puede pasar. Es algo ilógico, tonto, increíble. Pero es una obra llena de fuerza, sobre todo cuando lees en el programa de mano que es una metáfora sobre la extensión de las ideas nazis. Es como en la Metamorfosis de Kafka. No nos paramos a pensar en que es imposible que Gregorio Samsa se convierta en un monstruoso insecto: nos damos cuenta de que, a través de esa historia inverosímil, nos está hablando de cosas que nos afectan.


Así que a lo mejor, ese problema en la literatura no es realmente un problema. No es que un tipo de obras traten sobre la realidad y otras no: es que emplean medios diferentes para hablar de ella. Después de todo, un clásico no sería un clásico si no hablara de cosas imperecederas, inmortales, de cosas que afectan y siempre van a afectar a los seres humanos. Otra cosa diferente es el medio por el cual nos habla de esas cosas comunes a todos nosotros. Aunque nunca vayamos a llegar a sus extremos, comprendemos los celos de Othelo. Y aunque no tengamos tantos problemas para relacionarnos, nos ponemos en el lugar de Laura, de El zoo de cristal. Porque ambos nos hablan de sentimientos que nos son conocidos, o de situaciones que, de alguna manera, hemos vivido. Y es que el teatro, la literatura, por muy ficción que sean, también son siempre un poquito verdad.


FAROLA

Queridos señores míos:

Conforme se acerque la fecha, insistiré en ello sin parar hasta el punto de ser odiosamente pesada. No obstante, voy comentándolo. Van a publicar mi farola. Mi novelilla. Una pequeña editorial llamada El telar de Penélope. Y estoy muy contenta, claro. Pero dejaré de estar contenta y pasaré a estar enfadada si no la compráis, malvados. Os iré diciendo. Os dejo con la primera página de tan excelsa obra. Podéis criticar cuanto queráis, ya que estoy corrigiéndola todavía, pero sed benévolos, que lo escribí con diecisiete añitos... Salve.






1. INTRODUCCIÓN A UN DIARIO PSICOTRÓPICO


1.

Mario Ulloa mira al mar como si buscara algo sabiendo que no lo va a encontrar. Su cuerpo joven y terso se opone al viento y se le tensan las mejillas y se le afilan los pómulos. El viento veloz carcome las células, seca su piel y lanza su pelo castaño hacia atrás. Lleva un abrigo gigante de color beige y entierra las manos en la hondura de sus bolsillos laterales. Sus ojos son más azules que el mar que mira; mientras, el mar se pierde en su infinitud. 

     El resto del mundo no existe porque aún no lo he descrito. Sólo están el mar, Mario, su abrigo y sus ojos infinitos. Por ahora. En esta frase incluyo una farola de esas negras no muy altas que dejan siempre de funcionar en el momento en que un niño en bicicleta choca contra ellas. Mario, obstinado, se niega a agradecerme la farola pero sin embargo le hace aprecio y se apoya en ella. Ahora están Mario, el mar, su abrigo, sus ojos interminables y la farola. No hay orilla, no hay acantilado, no; no los hay porque aún no he hablado de ellos. Están Mario y el mar, uno frente a otro, retándose y compadeciéndose porque sólo el uno al otro se tienen, porque ambos están sujetos a mis palabras y ni uno ni otro existen fuera de ellas. Son conscientes de que si se rebelan yo arrancaré la hoja y se perderán en el vacío de lo no recordado. Quizás un día podrían ser conscientes de su existencia dentro de mi subconsciente, pero saben que incluso en ese caso hipotético, sería una consciencia fugaz y poco satisfactoria y como los personajes de mis paranoias que pretenden ser literatura son como yo — son yo (es decir, cerebrales) — no hallan placer en el riesgo. Prefieren — como yo — aferrarse a su absurda existencia. Por eso Mario no se arroja al mar en un arrebato suicida para ser el primer mártir literario por voluntad propia y por eso mi mar no se seca, no muta, es eterno. Ahora que mi mar ha surgido en mi cuaderno existe para siempre (a menos que yo lo tache) y siente cierto orgullo al respecto: muy pocos seres poseen el don de la inmortalidad. 

Hola mar. — le digo

— Hola autora. — me dice, diciéndome yo esto.

¿Qué me debes?

—  Mi existencia.

¿Qué me entregas a cambio?

— Omnipotencia.

¿De qué modo?

— Del siguiente:

      tú me ordenas,

      yo obedezco;

     si me condenas,

     yo perezco;

     mi futuro, mi pasado

     está en tu mano.

De acuerdo. Entonces, si yo te otorgo inmovilidad, ¿qué pasará?

— Extinguiré todas mis olas:

     cuando Mario se introduzca en mi inmensidad

     su cuerpo no creará ondas.

     Seré la eternidad

         inmensa, quieta y sola.

¿Sola?

— Las olas son mi compañía,

     mis amantes, mi alegría.

Mas yo quiero un mar inmóvil.

— Así será, pues, señora mía.

— Cobarde… — dice una metálica voz despectiva.

¡¿QUÉ?! ¿Quién ha osado hablar sin mi permiso?

¿Mario?

— No.

¿Farola?

— Tía, tú eres tonta. Imaginaria, pero sigo siendo una farola.

Vale, perdona… Pero, y si quiero que hables, ¿qué? Soy omnipotente, lo ha dicho el mar.

— Vaya autoridad, un mar cursi que habla en verso.

— El verso, la rima,

     a los sabios estima.

   — A ver, mar, zopenco, —dice la farola— yo también sé rimar: aurículo,

        caulículo, versículo, testículo, ¿ves? Pero no soy tan pedante como tú.

Farola, me da que no sabes apreciar el arte.

— ¿Arte? Por Dios. Cómo se nota que eres tú quien habla por él.

Mira, farola, no me toques las narices, que te tacho.

— ¡Táchame! Tan a gusto estaba yo sin existir, así de claro te lo digo. Pero claro, el guaperitas necesitaba un apoyo y, ¡cómo no!, una farola, para que la meen los perros. Y luego, nada, aquí a morirse de asco. Hay que joderse.

¡Eh! ¡No hables mal en mi historia!

— ¡A tomar por culo! ¡Que me taches y punto! Pon un árbol, ellos tienen buena vida. Hay incluso organizaciones que los protegen. ¿Hay alguna “Asociación de Protección de la Farola”? Un carajo va a haber. Las farolas no tenemos sentimientos, por lo visto. Somos un trasto, un cacharro. ¿Te acordarás, cuando acabes esta historia de mierda de decir “y a la farola la desguazaron y fundieron e hicieron con ella una obra de arte que está en el Guggenheim y vale lo que un Picasso”? ¡Por supuesto que no! Eternamente farola, nada más.

— Cierto es

      que tu vida

      triste es.

— Claro que es cierto. ¿Qué te crees, que me quejo de vicio? Y tú, guaperas, quítate de encima que me estás clavando el codo. 

ECHADLE LA CULPA A LA MENSTRUACIÓN

Me lo enseñaron ya los golpes:
no duran siempre estas etapas:
 
un día te habrás ido
y no tendré un lugar en que esconderme.
 
Acostumbrada como estoy
a la desolación,
tu abandono será
como una vuelta a casa,
un "lo he sabido siempre,
estoy condenada a la desgracia".
 
Vestiré de tragedia mi fracaso
y echaré la culpa a las estrellas.
 
Y si mi cabeza se empeña en recordarme
que tal vez me lo he buscado,
tendré para sileciarla
el alcohol
los otros hombres
los poemas derrotistas. 
 

EL CORTEJO



Mis queridos vástagos: la mayoría de vosotros conoce estas joyas de la lucidez y de la observación estrecha de la realidad cotidiana, y SÉ que queréis tenerlos aquí, al alcance del ratón del ordenador, para toda la eternidad. Sí, queridos, sí. Sé que mi generosidad no tiene límites. Sé que me amáis. Sé que después de esto, jamás me apearéis de mi trono divinizador, y he decidido que lo acepto gustosa. Pese a la responsabilidad que supone, acepto ser vuestra amada diosa pagana para siempre. Disfrutad, polluelos, con estos clarificadores ensayos que cuelgo aquí para vuestro eterno regocijo. 

(Hondas reverencias y sonrisitas de merecida autosatisfacción. Plas plas plas. Gracias)


EL CORTEJO FEMENINO

by Anaïs & Amalia

Hay que distinguir dos tipos de féminas: hembras pavas y hembras normales

Comencemos con las HEMBRAS PAVAS

HEMBRAS PAVAS

-- Uso del tanga y el escote : A veces se confunde la pavez con estar buena y por lo tanto se procede a exhibir lorzas nada agradables a la vista, las cuales oscilan mientras intentan (con más o menos fortuna) provocar a los machos, los cuales huyen despavoridos menos un colectivo denominado "babosos". Este tipo de hembras suele preferir machos que correspondan con el tipo "Camela", aunque lo que caiga, cae. Suelen hacerse las borrachas (a pesar de haber ingerido una triste coca-cola en toda la noche) para luego excusar el tipo de feto con el que se fueron a intercambiar gérmenes varios. Su hábitat son los bares bakalutis-pachangeros y, en ocasiones, bares punkarras (para esto proceden a camuflarse con faldas de rayas sobre pantalones y camisetas negras). Se las reconoce, aparte de por lo dicho anteriormente, por su tipo de baile cutre (bailan con emoción hasta los lunnis) y su uso compulsivo de la palabra "tía". Se creen las gogós de la pista.

Uso de la carcajada compulsiva: Este es un colectivo de hembras las cuales, al ver pasar un grupo de machos (no importa el tipo) sueltan a la vez una estridente carcajada cual manada de hienas en celo con el firme propósito de atraer la mirada del grupo de machos para, a continuación, decir la universal frase "qué loca estás, tía". Todavía está por averiguar qué pretenden con esta táctica ya que lo único que consiguen es causar vergüenza ajena y la consiguiente depravación de nuestra especie. En el hipotético caso de que funcionara (hasta ahora no se ha dado el caso) suponemos que se procedería a realizar una cama redonda o un sorteo cual telecupón para ver qué tía se lía con qué pavo.

Uso de los atributos femeninos (en caso de que los hubiera): Esta táctica consiste en provocar una grave caída del nivel de oxígeno del macho mediante el aplastamiento de su cara con unos voluminosos (o no) pechos. No sabemos si esto se realiza para seducir al macho o para matarlo de asfixia y luego practicar la necrofilia. En caso de ser lo segundo, van por el buen camino.

Presentación compulsiva: Para esto hace falta haber elegido al macho en cuestión y conocer a un amigo y/o amiga del mismo, preferiblemente amigo. En estos casos salen mal parados tanto la reputación femenina como el amigo, ya que es empleado por la hembra cortejadora como "tío-puente" para llegar a su ODD (Objeto De Deseo). Las hembras con menos escrúpulos emplean al amigo para dar celos al ODD, haciendo creer que el amigo es quien es su ODD. No suele funcionar por dos razones: primera, porque a menos que el amigo pertenezca al colectivo de los babosos, no se liará con la hembra depredadora y segundo, en caso de que se liara con su amigo, lo mas probable es que al ODD se la sudara.

Empleo de la amiga mensajera: consiste en enviar a una amiga a hacer el trabajo sucio: que le pregunte al macho elegido si quiere tener un periodo de contacto salival con la hembra cortejadora, mientras la susodicha depredadora se dedica a sonreír como la pava que es al resto de sus amigas, mientras mira de reojo al macho.

Por todo lo dicho anteriormente, las pavas son una vergüenza para el género femenino, y sus métodos, si dan resultado, sólo dan lugar a relaciones totalmente esporádicas (y no por ello más divertidas)

NOTA: a) sus métodos pueden estar interrelacionados

b) las pavas son perjudiciales para su salud

c) cuando ves una pava te dan ganas de _ matarla

_ matarte

_ cambiar de sexo

d) no intenten hacer esto en sus casas

e) no somos pavas

HEMBRAS NORMALES

No tienen muchos métodos de seducción ya que tienen dignidad. Suelen ser muy empanadas y si hay un macho intentando cortejarlas:

a) se esconden

b) no se enteran

c) se enteran pero se hacen las tontas

* es importante señalar que sus métodos de cortejo son involuntarios y se dan por una causa física: incremento de la densidad de hormonas agilipollantes en el organismo, que se da cuando ve al macho ODD

- Un uso normal es pensar algo que le interese para hablar con él, lo cual no suele dar resultado por varias razones:

a) no sabes nada de coches

b) no sabes nada de fútbol

c) de tías sí sabes, pero no te interesa que crea que eres lesbiana

d) no tiene reloj para preguntarle la hora, pero tú sí

e) después de verte mirando el techo pensando un tema durante 3/4 de hora, empieza a pensar que eres deficiente mental.

- También es frecuente el uso compulsivo del móvil, es un arma bastante cara, pero eficaz si el macho está receptivo. Consiste en lo siguiente:

* FASE 1_ Es la fase más difícil: la de la consecución del número del macho en cuestión. En esta fase algunas hembras hacen caso omiso de su dignidad, pero luego la recuperan. Hay diversos métodos para conseguirlo:

a) pedírselo a alguien

b) pedírselo a él (este método no suele emplearse)

c) llamar a todos los números que se te ocurren hasta dar con el suyo (no hay nadie tan optimista como para emplear esta posibilidad)

* FASE 2_ Intercambio compulsivo de perdidas. Si funciona, se pasa a la siguiente fase

* FASE 3_ Intercambio de sms, intercalando los sms escritos por ti y los del 7777 (este método se nos ha colado: es usado por pavas)

* FASE 4_ Llamada llena de periodos de silencios y risitas putas porque te da vergüenza hablar.

* FASE FINAL_ cara a cara. Se queda con el macho con cualquier excusa tonta. En caso de funcionar, la piel facial se pone de más colores que la bandera gay.

Método fraudulento: la espera. Suele concluir con la marcha del macho con otra hembra que:

a) es tu amiga y deja de serlo

b) es tu enemiga y contratas un asesino a sueldo.

c) es un tío y tu orgullo queda ileso.

- Método pañuelo moquero: cuando le deja tú estás ahí para convencerle de que esa tía era una pava y que se merece otra mejor. Y tú, casualmente (cosas de la vida), eres mejor.

Método pasivo: consiste en poner cara de resignación cuando tu amiga se empeña en ajuntarte con alguien. Cuando no estás interesada (ya no es cortejo) te alías con el macho para hacer como que os odiáis.

- Uso del columpio bucólico del amor: esto es una gilipollez pero quería poner alguna parida

- Uso de la risa: te conviertes en Fofito y todo lo que dice el macho te hace gracia (no confundir con el método de la carcajada compulsiva)

- Uso de la violencia: te conviertes en la terrorista del amor: le pegas, le llevas la contraria, le humillas, le insultas, te ríes de el. No entiendes por qué lo haces, pero lo haces y lo peor es que te gusta. Pueden ocurrir varias cosas:

a) te sigue el juego, te pega más fuerte y dejas el método para pasar el de Fofito

b) sale bien el asunto, tenéis hijos y se convierten en una nueva generación de terroristas ultra violentos y fanáticos.

c) te denuncia

En conclusión, los métodos normales no son mejores que los pavos, pero otorgan dignidad a la cortejadora y algunas (pocas) veces llegan a buen puerto. Dan lugar a relaciones más duraderas.

Espero que con esta ponencia quede claro que las mujeres también pringamos.

APENDICE: EL MUNDO CIBERNETICO

TIA PAVA: suele entrar con nicks tipo "barbiegirl", "supernena", "rubiasexy", "morenaza” y similares. Sus conversaciones se basan en tres preguntas “¿Cuántos años tienes?” “¿De dónde eres?” “¿Cómo eres?”. Si queda satisfecha con las respuestas te envía una foto de su prima la guapa diciendo que es ella. Probablemente ostentará fotos de sus tetas, su culo y su tanga. Si le has dado tu msn la reconocerás por su nick adornado con estrellitas y corazoncitos y sus frases de canciones de Camela o Fran Perea acabadas siempre en "Fulanito tqm" o "tía, qué loca estas". Suele mandar cadenas hasta la extenuación, y si no le sigues el juego tendrás 700 años de mala suerte, 1000 años de fracasos amorosos, tus amigos no son de verdad, no le quieres nada (lo cual es verdad) y demás paveces varias.

TIA NORMAL: suele pretender que los demás entiendan sus nicks, pero nadie lo hace. En realidad se ríe de la gente llamándose IsisArtura y fingiendo desdobles de personalidad (a quién queremos engañar, eso sólo lo hacemos nosotras). Sabe que no se casará con su presa cibernética, como mucho le caerá bien y pasará el rato. Así que este no es un método de cortejo en sentido estricto.

CO-AUTORAS: Amalia y Anaïs en una hora de ¿lucidez? en la biblioteca un par de días antes de selectividad.... lo hemos escrito nosotras, copirrait y cosas de esas, como nos lo copiéis vendrá Zapatero y os pegará, vosotros veréis....



EL CORTEJO MASCULINO

Debo, antes de nada, excusarme por prescindir en esta ponencia de la colaboración de la genial Amalia, pero no me es posible contar esta vez con su aguda ayuda. Sin embargo, prometo mostrarle la exposición una vez concluida e incluir las mejoras en aportaciones posteriores. Cabe también decir que el tema del cortejo masculino fue tratado anteriormente por mi queridísimo Ankis. Tomaré lo que recuerdo de sus aportaciones. No busco, como en la anterior exposición, hablar de los métodos de cortejo de los machos, sino ahondar en los prototipos de macho reconocibles y en los, por lo general poco afortunados, métodos con los que cada uno de estos prototipos se acerca a su presa, si es que se acerca.

He creído más conveniente no dividir el grupo varonil en tíos pavos y normales, ya que considero que esta partición no es demasiado reveladora. Creo que, en esta ocasión, es preferible la diferenciación según hábitats, ya que será más fácil clasificar así todos los subtipos. Empecemos, pues, con el…

DEPREDADOR NOCTURNO:

- El tío plasta:

Al contrario que en el caso de las hembras pavas, este espécimen no necesita fingir que está borracho porque, la verdad, suele ir como un cemoral. Una vez está borracho como una rata, no le resulta difícil entablar conversación con cualquier grupo de desconocidos (denominémoslo “grupo beta”) que esté haciendo botellón en un radio de quinientos metros.

El tío plasta se caracteriza, obviamente, por ser un palizas. En caso de que el grupo beta sea afable, se dedicarán a lanzarle indirectas para que se vaya (sin éxito) y optarán por terminar cuanto antes sus litronas e irse lejos de ese verborreico ser. Si el grupo beta no se precia de ser amistoso y encantador precisamente, es posible que acabe lanzándole botellas vacías o dándole una merecida paliza.

Es obvio que el tío plasta nunca pincha si no es con féminas muy desesperadas y totalmente pavas.

- El tío majete:

El tío majete es, claro, majete. También suele rezumar ciertos vapores báquicos y, al igual que el tío plasta, suele acercarse a entablar conversación con grupos de gente desconocida. Sin embargo, al ser el típico chistoso, el grupo beta en cuestión (ya mixto, ya de féminas) ríe y lo invita a beber de sus litronas (siempre que sea de forma moderada, porque en un solo gesto desafortunado un tío majete puede pasar a considerarse tío plasta), como obvia muestra de regocijo y hermandad.

Cuando el majete asalta un grupo beta en el cual hay féminas, lo hace con la clara intención de atraer la atención femenina y poder, en un futuro no excesivamente posterior, satisfacer sus necesidades primarias. Sin embargo, el pobre majete nunca pincha, sino que hace inconscientemente de tío puente. Una vez haya entablado relaciones amistosas con el grupo beta, el grupo alfa (el grupo de amigos del tío majete) se acercará y procederá a ensayar otros tipos de cortejo que trataremos posteriormente. El tío majete, ya encasillado como tío majete, no pinchará, aunque pruebe otras tácticas de seducción. Es el chico que fácilmente se clasifica como “siempre amigo-nunca pareja”. De todos modos, el tío majete, como tío majete que es, tiende a ser optimista y él, pese a la reiterada sucesión de fracasos, nunca se da por vencido.

- El misterios:

Este espécimen suele encontrarse en las esquinas de los bares. Cuando no tiene una copa en la mano, tiene las manos en los bolsillos. Pone cara de aburrirse mucho, de estar como pez fuera del agua y de no necesitar nada ni nadie ni nada de nadie. Es frecuente hallarlo con sendos auriculares colgando de sus orejas. Este ejemplar es totalmente pasivo, y es siempre la hembra quien ha de acercarse a él. Ante dicho acercamiento, el misterios adoptará dos posturas radicalmente opuestas:

a) si la hembra cortejadora le resulta sexualmente apetecible, se dedicará a contestar con frases místicas, mirando al vacío, y filosofará sobre lo deplorable que le parece el género humano y la falta de sentido de la existencia. La hembra debe mirarle como si entendiera perfectamente a qué se refiere y poner cara de “por fin he encontrado a alguien inteligente y profundo” aunque el misterios en cuestión sea un idiota que va de intelectual y que cree que Lutero es la traducción de Lutherking.

b) si la hembra cortejadora no le resulta sexualmente apetecible, contestará con monosílabos y el ceño fruncido hasta que, al ver que la hembra no capta las indirectas de “me estás interrumpiendo el campo de visión y evitas que tías tordas vengan a hablarme por lo tanto no puedo hacerme el profundo por lo tanto no voy a pinchar por tu culpa así que lárgate ya”, dejan la sutileza y adoptan la pose de “soy un tío totalmente duro”. En otras palabras, las mandan a paseo de modo planamente borde.

Se han dado casos en que el misterios ha intentado sacarse de encima a una pava plasta de modo borde, esta se lo ha tomado a la tremenda y él ha acabado sintiéndose culpable, viendo a la depredadora menos repelente y liándose con ella. Por lo tanto, si les gusta un misterios, insistan. Y como último recurso, monten una escena.

- El bailarín:

El baile es un método de cortejo muy común. Viene a ser el modo de proyectar la imagen de uno mismo hacia los demás. Al corresponderse cada tipo de baile con cada tipo de macho depredador hay, en consecuencia, distintos tipos de bailarín:

a) el flipao: el flipao se cree que es el tío más bueno del bar. Por eso, no tiene problema en bailar centrífugamente, como si quisiera golpear con manos y piernas a todo bicho viviente en un radio de seis metros. Muchas veces ostentan un pitillo encendido en la mano, que emplean como bengala, ya que piensan que necesitan señalizar, cual si de una pista de aterrizaje de aeropuerto se tratara, el camino para que las hembras puedan volar hasta él en masa. El flipao no suele ligar porque es un auténtico peligro acercarse a ese batiburrillo de golpes de pies y manos que se arremolinan en torno a su tronco.

b) el amigo del flipao: el amigo del flipao se dedica a hacer como que se lo pasa bien mientras su amigo se flipa. Suele mirar a las féminas circundantes y se deprime al ver que es a su amigo a quien miran y no a él (lo que el amigo del flipao no sabe es que no lo miran por deseo sino por miedo y con disgusto, excepto en el caso de las pavas, a quienes, creo que se ha notado, ni siquiera tomo en cuenta). Ingiere copa tras copa y planea formas sangrientas de amputar las extremidades de su queridísimo colega. Frecuentemente vuelve a casa con un par de quemazos en la ropa debidos a la bengalita de su queridísimo colega. También es usual que vuelva a casa con las zapatillas cubiertas del vómito de su queridísimo colega el flipao (al que habrá dejado aparcado en el portal) quien, con tanto movimiento compulsivo, provocó que el bocadillo de chistorra abandonara su resguardado lugar estomacal entre diversos licores y jugos gástricos. Son estas personas las que, tras años de semejantes vejaciones y trato injusto, se vuelven psicópatas que disfrutan con el dolor ajeno, la sangre, la supuración de heridas, los huesos rotos, los… me emociono, pasemos al siguiente tipo

c) el cortao: intenta hacer ver que se lo pasa bien, pero es muy mal actor. Se dedica a mover la cabeza adelante y atrás mientras sostiene con las dos manos a la altura del pecho un vasito de plástico (que es el mismo a lo largo de toda la noche). Debido a la reiteración prolongada del mismo movimiento durante toda la noche y la sujeción del vaso en dicha postura, es habitual que el cortao vuelva a casa con una generosa mancha irregular en la parte frontal de su camiseta y un agudo dolor cervical.

d) el latin-lover: es una variante de flipao. Este tipo también se piensa que es el tipo más bueno de la fiesta, pero se exhibe de modo más personal que el flipao. Este espécimen abunda en bares pachangueros y de salsa, ya que su táctica consiste en sacar a bailar a sus víctimas para mostrarles toda su gracia danzarina. Es bastante triunfador si acierta a sacar a bailar a una fémina dispuesta a tal tarea. Si, por el contrario, obliga a bailar a una inocente mujercita habituada a la vida sedentaria y la insta a hacer el consiguiente ridículo, ésta procederá a vengarse pisándole todas las veces que se presente la oportunidad. Y serán muchas.

e) el himnos: no importa qué canción suene. No importa en absoluto. El himnos siempre encuentra la manera de que el himno de su equipo de fútbol del alma se oiga por encima del tumulto. Siempre consigue encender la pasión futbolística en las personas circundantes y vitorean todos a coro (siempre hombres).

d) el amigo afortunado del himnos: este está a punto de pinchar. Tiene a la hembra atrapada contra la pared, mirándole con cara de pava y sonrisita estúpida pegada a la boca, y está a punto de consumar el primer acercamiento boca a boca cuando… empieza a sonar el himno de su equipo. Todo su grupo de amigos (grupo alfa) canta con el puño en alto y saltando cual manada de monos en la que estuvieran probando sustancias psicotrópicas excitantes, y (claro) le contagian. Levanta el puño, manteniendo la otra mano posada en la pared contra la que tiene retenida a la hembra, y canta. No salta, para mostrar el profundo interés que tiene en la retención de dicha presa. Una vez acabado el himno, consuma el beso… con la pared. Y se cabrea con la hembra (no consigo mismo, ni el amigo himnos), que se ha ido con su grupo (beta), más cabreada que una manada de monos a la que hubieran cortado el suministro de sustancias psicotrópicas excitantes.

DEPREDADOR DIURNO:

El plasta de la biblioteca:

Se sienta siempre cerca de la puerta. Te pide algo (un boli, casi siempre) que CASUALMENTE olvida devolverte. Al día siguiente te lo devuelve e inicia una breve y estúpida conversación, que suele empezar con “¿Qué haces? ¿Estudiar?”. NO, querido plasta de la biblioteca, NO. Es que mi ginecólogo me ha recomendado venir a la biblioteca porque un cambio a clima seco me ayudará a impedir que mis ladillas proliferen. Por eso estoy aquí rodeada de seiscientos cincuenta libros y una montaña de apuntes con cara de angustia profunda e intrínseco aburrimiento, estrés y pavoroso horror, porque no tengo exámenes que estudiar. En absoluto. De hecho, tengo todo el tiempo del mundo para entregároslo a ti y a tu conversación estúpida, así que burlemos a la anciana señora bibliotecaria con gafas de concha que tenemos escondida detrás de esa estantería y vayamos a encerrarnos en el baño para que explores de cerca todos los tipos de ladillas que tengo, ¿de acuerdo? Seguro que hacéis buenas migas, porque tú eres también un auténtico LADILLA.

Nota de la autora: el ladilla de la biblioteca por la noche suele metamorfosearse en tío plasta.

- El que te conoce de algo:

Acabas de mudarte a esa ciudad después de haber vivido tus diecinueve años de vida en un harén pakistaní en el que los únicos dos hombres que entraban eran el dueño de todas las mujeres que había allí contigo y un eunuco que había sido castrado con doce años. Sin embargo, él te conoce de algo.

- Hombros de acero:

Nada impide su marcha. Camina maltratando al suelo con cada paso que da: “¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Sufre, maldito pavimento, sufre! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!”. Vista al frente. No hay nada digno de mirar. Y cuando pasa por tu lado, PRAFF, te propina un onomatopéyico golpe en el hombro con su hombro de acero. Se vuelve, te mira por encima del hombro con una media sonrisilla de superioridad, como diciéndote “afortunada, me has tocado”. Cuando la cara de estupor que se te queda se trueca en una de profundo disgusto (“menudo gilipollas”) coges una piedra con el brazo que no tienes dislocado y se la tiras. Por suerte, tienes mala puntería y puedes continuar tu trayecto sin necesidad de correr.

- El del autobús:

No deja de observarte. Es perturbante. Tiene la boca semiabierta y un hilo de saliva cuelga hasta descansar en el cuello de su jersey. Te mira de arriba abajo, de abajo arriba, no deja de mirar. Detiene la vista en partes que no te atreverías a tocarte a ti misma en público. Miras por la ventana, te escondes detrás de una ancianita con abrigo de piel que huele a polvos de talco, sopesas si el cartelito “rómpase en caso de emergencia” que ostenta el cristal de delante de ti contempla casos de crisis como este. Al final, optas por bajarte en la siguiente parada y caminas doce manzanas. Por suerte, el del autobús es un pervertido, pero también un vago.

Bueno, queridos lectores, creo que lo completaré en próximas entregas, que estoy harta ya de pensar en hombres. Quede claro que también conozco varones que no cabe encasillar dentro de estos subtipos, pero he considerado su naturaleza vital menos jocosa que las expuestas

NIMNA, TEKE Y EL MALO MALÍSIMO

Sabed que este es uno de mis más queridos relatos. No porque sea mejor que ninguno, sino porque cada uno de sus personajes me resulta entrañable. Y porque siempre he adorado los atípicos cuentos de hadas...

NIMNA, TEKE Y EL MALO MALÍSIMO

 

            Nimna lamentaba ahora no haber prestado atención a su tía durante las lecciones de setuence porque la seta sobre la que se había sentado estaba hablándole y ella no entendía nada de lo que le decía. Pensó que si la seta le daba conversación, quizás olvidaría por un momento lo horrible de su situación y podría apartar de su mente que en diez días debía casarse con un duende peludo al que aborrecía. Era tradición que la princesa de la tribu de hadas que gobernaba el bosque en el momento desposara con el rey de los duendes para así perpetuar la raza. Nimna estaba orgullosa de ser un hada roja aunque no fuera una raza muy poderosa porque sus características eran la risa y la pasión. Habría odiado ser una de esas aburridísimas hadas azules de la espiritualidad, o un hada amarilla de la fertilidad animal (“¡Qué asco!”, pensó). Las hadas verdes, que se dedicaban a la madre tierra y estaban siempre entre plantas, eran vivarachas, y por lo general le caían bien. Pero lo que jamás habría querido ser era hada negra, sacerdotisa de la destrucción. Ella no había vivido bajo su mando, pero le habrían contado que son hadas malvadas que ignoran las nociones básicas de Equilibrio y Naturaleza, y emplean los recursos del bosque sólo para sus fines, ignorando a los Elementos y provocando su ira. Antes de que fuera muy tarde, las otras cuatro tribus de hadas habían creado una alianza para impedir que la tribu negra recuperara el mando, y se turnaban en el poder cada cinco décadas. Y esta década le tocaba a Nimna. Pero para eso tenía que casarse con Orcho, y eso no le hacía ninguna gracia. Orcho era rudo, feo, y ni siquiera tenía muchos poderes; era aburrido, y de lo único que sabía hablar era de lo bien que había luchado contra la hadas negras en la guerra. “Santa Natura… ¡me pasa casi treinta décadas!”, pensó Nimna, y sofocó otro sollozo.

 

            Mientras tanto, un apotekin llamado Teke volvía del trabajo hacia la raíz donde vivía. Medía unos doce centímetros, era flaco y larguirucho, y ostentaba unas manos grandes, delicadas, flexibles y aptas para curar insectos (se dedicaba a sanarlos, al igual que todas las generaciones de apotekines anteriores a él); tenía también una naricilla respingona; dos enormes ojos naranjas abiertos a más no poder, y una cúpula de pelo lacio, de color avellana, que le caía hasta los hombros. Había ido al panal de Mumma a tratar a las abejas de su enjambre. Esta primavera había más mieldependientes que nunca, y Mumma estaba asustada porque ya había sufrido en años anteriores las penosas consecuencias de esta adicción al trabajo. “Moderación, es lo único que pido. Quien trabaje de más, cobrará de menos. Que quede claro”. Mumma era una excelente abeja reina, trabajadora y organizada, estricta pero maternal y, por si esto fuera poco, su miel era la más deliciosa del bosque. Teke estaba en parte preocupado por la crisis del panal y en parte feliz por ésta, ya que Mumma le pagaba en miel, y en ese momento llevaba la mochila que se había hecho con la corola de una amapola hasta los topes del dulce néctar. Iba pensando en el festín que se iba a dar cuando oyó unos lloros detrás de una encina, y se acercó. Asomó su cabecita llena de pelo color avellana, escrutó con sus grandes ojos naranjas, y entonces la vio, sentada en una seta: un hada preciosa, con un cuerpecito rojo como las amapolas, y unas alitas tan transparentes que parecía que no estuvieran ahí, sobre sus omóplatos. Llevaba como traje dos pétalos de rosa blanca, y recogía con un pétalo de margarita una larga melena negra, sedosa y despeinada que le caía sobre la espalda igual que una cascada. Tenía los ojos grandes, y tan negros que el iris se confundía con la pupila. Los tapaba con unas manos tan pequeñitas que sus dedos parecían antenas de hormiga. Lloraba como un río y tenía gestos de mariposa, y Teke no podía dejar de mirarla. Pero ella le vio.

 

            No le preguntó qué era, ni su nombre, ni por qué la miraba con esos ojos tan naranjas como si estuviera en trance, ni nada. Nimna se limitó a pedirle ayuda. Le contó todo y le pidió que la escondiera porque no se quería casar, que sólo tenía veinte décadas, y le dijo que si la ayudaba le prometía algún poder.

 

            Teke no quería ningún poder. Lo que quería era otra identidad. Lo único que Teke quería era ser un duende para poder casarse con Nimna, a ser posible ese tal Orcho. Porque él era un vulgar apotekin cuyas únicas facultades eran cuidar a los insectos y hablar setuence, que con el tiempo se iría descomponiendo hasta convertirse en una seta maloliente, y probablemente vería el fin de sus días desde la sartén de algún ser humano. Sin embargo, Nimna era un hada preciosa y muy poderosa que seguiría siendo igual de hermosa hasta que talaran su árbol-corazón, si lo llegaban a talar. Ese pensamiento le hacía plenamente consciente de su inferioridad, y de lo pequeñito que era, y de la poca necesidad que tenía de ningún poder. Teke no quería poder. Pero quería seguir viendo a la princesa, y por eso accedió a ayudarla, aun sabiendo que era muy poco lo que él podría hacer. Teke llevó a Nimna a su raíz, le dio miel para comer, empezaron a hablar, y no pararon en una semana. Y se enamoraron, claro. Esas cosas pasan siempre en los momentos más desesperados, difíciles e inoportunos.

 

            Cuando faltaban tres días para la boda, la Gran Reina de la Tribu Roja de las Hadas se empezó a preocupar, porque no sabía dónde estaba su hija. La Gran Reina, como buena reina que era, pecaba de ser un poco perezosa así que, en lugar de ir a buscar a Nimna, hizo un conjuro mediante el cual podría hablar telepáticamente con la princesa. Teke se asustó un poco cuando Nimna puso los ojos en blanco durante veinte minutos, pero cuando ella le contó que había estado hablando con su madre, que habría accedido a suspender la boda y que se quedaría para siempre con él, Teke estuvo a punto de morir de felicidad allí mismo. En ese momento habría jurado que el bosque gritaba de alegría mediante los trinos de los pájaros, que las motas de polen echaban carreras entre las corolas de las flores, que los tréboles jugaban al tres en tallo y que las hormigas hacían campeonatos de levantamiento de grano. Todo era bello y hermoso y nunca dejaría de ser así.

 

            Teke, obviamente, nunca había leído un cuento. De haberlo hecho, sabría que las cosas nunca salen como uno las espera, y menos si hay un malo malísimo en la historia.

 

            Orcho no sólo era un duende inculto, vanidoso, peludo y bastante aburrido, sino que también era desconfiado. Por eso no se creyó, como la Gran Reina Roja le había dicho, que Nimna había muerto. Orcho sabía que las hadas sólo mueren si talan su árbol-corazón, y no sabía de ningún árbol que hubiera sido echado abajo en los últimos días. Así que trazó un plan tan tosco como él. Esperó a que se hiciera de noche para no ser visto y fue a visitar al Hada Oscura, que era la reina de la Tribu Negra, y tras una larguísima espera y una inacabable colección de reverencias y otras ceremonias igual de inútiles, consiguió decirle que quería averiguar dónde estaba su prometida. Si recibía esa información y ayuda para recuperar a su princesa, juraba entregar el gobierno del bosque a la tribu de hadas negras. El Hada Oscura accedió, Orcho descubrió que Nimna estaba con Teke bajo una raíz, cogió el saltamontes más veloz que encontró y fue allí con la clara intención de matar al apotekin.

 

            La Aurora ya se había humedecido los rosados dedos en rocío para apagar las últimas estrellas y para salpicar a las flores, que se desperezaban estirando los pétalos y exhalando bostezos de perfume, confiriendo al despertar del bosque la apariencia de la extinción de una vela aromática, cuando Orcho encontró a Nimna y a Teke. El duende los interrumpió en medio de un beso con un sutil “¡¡Ella es mía!!”, y dirigió el más potente y mortal de sus conjuros hacia Teke. Pero Nimna, además, de más guapa y poderosa que él, era también más rápida, así que hizo un hechizo para traspasar a su amado sus poderes, incluida la inmortalidad. El conjuro de Orcho dejó a Teke gravemente herido, pero aún vivo. El duende, frustrado, no se dio por vencido. Se montó en su saltamontes y, antes de alejarse a veloces saltos, amenazó con hacer talar el árbol-corazón del que dependía la vida del malherido apotekin.

 

            Nimna no sabía qué hacer. Sabía que Orcho cumpliría su amenaza, pero ella no tenía poderes, y no los podía recuperar hasta que Teke despertara. Recordó que, durante la semana de conversación que habían mantenido, él le había hablado de Mumma y de la gran amistad que mantenía con ella, así que fue volando hasta el único panal que recordaba que había en la zona. No era el de Mumma, pero un joven abejorro la guió hasta su destino. Conocida la situación, Mumma no perdió el tiempo: colocó a todas las abejas en formación y se puso a la cabeza del enjambre con Nimna agarrada como podía a los pelitos de su  negro lomo, ya que no podía volar a tanta velocidad. El árbol-corazón no estaba lejos. Era un sauce llorón de largas ramas flexibles que se columpiaban bailando con la brisa. Una docena de hadas negras se hallaba allí, golpeando el tronco con minúsculas hachas fabricadas con cáscaras de almendra, no carentes de cierto ritmo y armonía. Nimna notó que Orcho había delegado la destructiva misión de la tala a las hadas, y ni siquiera había ido a supervisar. “Así que además de peludo y aburrido —se dijo—, es vago”.

 

            Lo único que Nimna quería era salvar la vida de Teke, no le importaba cuánto costara. Así que ella y Mumma ordenaron el ataque contra las hadas negras aunque las abejas, sin ánimo de ofender, eran unas ineptas en el arte de la guerra mágica. Las doce hadas negras comenzaron a defenderse de los picotazos lanzando a gritos nubes mágicas de humo oscuro. Las abejas caían a mares.

 

            Pero dejemos la escena de nubes negras y aguijones y voces estridentes gritando hechizos en lenguas muertas, y volvamos a la raíz, que Teke ha despertado. “¿Qué ha pasado?”, se pregunta, y de inmediato su recién adquirida magia le contesta con una imagen mental que le otorga una explicación irrebatible e instantánea. “Tengo que ir junto al sauce”, piensa, y en un naranja abrir y cerrar de ojos llega y ve una escena de nubes negras y aguijones y voces estridentes gritando hechizos en lenguas muertas, y ve cadáveres de abejas que llevaban meses en tratamiento a los pies del árbol, y ve la trayectoria descendiente y vertical de Mumma y una preciosa amazona inconsciente tras ella. Nimna y su nueva amiga-medio de transporte saludaron al suelo con un sonido estrepitoso. Teke corrió hacia ellas. Mumma había reventado, y exhalaba sus últimos momentos con mucho dolor. “Haz el conjuro que ella ha hecho por ti y se salvará”, dijo la digna reina a la vez que decía adiós y se entregaba a los caprichos de la descomposición orgánica. Nimna, moribunda, despertó de pronto y miró a Teke con todo su amor y arrobo, consciente de que él sabía qué tenía que hacer. Y tanto que lo sabía: el apotekin, muerto de miedo, se levantó, dio media vuelta y se fue. Nimna lo miró mientras se alejaba corriendo, hundiéndose en la frondosidad del bosque, y comprendió de pronto que el malo malísimo de la historia no era Orcho, sino Teke.

 

            Teke se sentía algo culpable por haber abandonado a Nimna al borde de la muerte y haber huido llevándose con él sus poderes (Teke no quería ningún poder, pero no estaban mal después de todo, ¡nada mal!), pero se consoló pensando que si los apotekines fueran héroes, alguno habría pasado a la historia y se contarían leyendas sobre él, como se cuentan de los duendes, las hadas y los dragones. Pero los apotekines son criaturas sencillas y anónimas, que lo único que saben hacer es hablar setuence y curar insectos, y que con el tiempo se descomponen para convertirse en setas que, probablemente, verán el fin de sus días desde la sartén de algún ser humano. Los finales trágico-heroicos consistentes en arriesgar la propia vida por una criatura bonita no son propios de su naturaleza. Y la naturaleza es sabia y no hay que llevarle la contraria. Tan absorto iba pensando en todo esto que no notó que había cesado el sonido de las cáscaras de almendra contra la corteza del sauce llorón, ni oyó el ruido del árbol que caía, ni se dio cuenta de que ya no estaba caminando porque se había convertido en una seta tan negra como su corazón. Nunca llegó a saber que las hadas oscuras se harían con el bosque gracias a su egoísmo y a la ayuda de Orcho (era peludo, aburrido y, además, vago, pero tenía memoria suficiente para recordar un juramento), ni que en media década nadie más pisaría el antaño alegre lugar porque la tribu negra había prosperado tanto que todos los árboles-corazón negros conferían al bosque apariencia de putrefacción e inseguridad. Lo que sí oyó fue un niño que gritaba:

    ¡Papá, papá!, ¡mira qué seta más oscura!

    Es venenosa, hijo. Písala.