1 de noviembre de 2009





En primero de carrera, mi padre siempre me dejaba en el campus hacia las siente y media de la mañana, de camino al trabajo. La Universidad abre sus puertas a las ocho, y mis clases empezaban como muy pronto a las nueve, con lo cual me pasaba una hora y media diaria sola, haciendo tiempo, y la primera media hora me dedicaba a pasear por el campus, pese al frío helador.

Por lo general, daba cuatro vueltas a los jardines, entreteniéndome siempre (en otoño) a mirar la increíble belleza de mi árbol favorito (el que he puesto ahí arriba): el rojo intenso, su forma contra el cielo cuando estaba clareando... me parecía lo más bello del mundo. Acababa mi ronda a las ocho menos diez, cuando me sentaba en la repisa junto a la puerta de la Biblioteca que da a la Facultad de Comunicación, que es donde tenía mi primera hora (lunes y martes, Lingüística) y miraba hacia la puerta. Me encantaba hacer eso. La facultad de Comunicación está un poquito elevada sobre el terreno, y para llegar a la puerta hay que subir o bien unas escaleras, o bien una pequeña rampa. La rampa está construida pegada a un ala del edificio, y está iluminada por una hilera de focos redondos anclados al suelo. Cuando una persona camina por la rampa, a oscuras y en invierno, alumbrada sólo por esos focos, la sombra que proyecta sobre la pared es larguísima y muy estilizada, y a mí me encantaba ver ese baile de sombras. Las personas se convertían en enormes insectos amables, de piernas kilométricas y paso danzarín.

Echo de menos el otoño. Y echo de menos esa hora diaria de introspección que tan en orden me ponía por dentro. Esa hora no la empleaba para nada: ni escribía, ni leía, ni oía música. Simplemente me dedicaba a disfrutar. A veces desayunaba, y disfrutaba más todavía. Pero entonces salió un trabajillo que parecía hecho  a mi medida: sólo me ocuparía una o dos horas diarias y podría sacar unos duros para pagarme mi comida. Lógicamente, la hora que sacrifiqué fue aquella en la que no hacía nada, y fui tonta, porque sacrifiqué la hora más importante de todas. He hecho intentos de recuperarla, pero esa hora es irrecuperable. Era esa hora.

De todos modos, Salamanca es una ciudad que se presta al paseo y a la introspección. Espero aprovecharla. Ya va siendo hora de dejar de arrepentirse de no aprovechar las cosas. La vida se me está yendo y quiero tener agarrada su mejor parte en forma de recuerdos que merezcan la pena. Que quién sabe si nos queda menos de lo que esperamos.

7 comentarios:

Pablo Blanco dijo...

El otoño es la mejor época del año para pasear.
Este año el campus está más bonito que nunca.
¡Un saludo a Salamanca!

Oscar dijo...

Puf, a mí el otoño me invita a la introspección y a la somnolencia a partes iguales, qué peligro.

Lo que has contado suena como una temporada que tuve yo en que salía de clase y me iba a "perder" una hora, o hora y media en el parque de Quevedo (sí, el de "no queda sino batirnos" :-P) a dibujar a los patos en mi libreta.

Echando la vista atrás tenía su encanto. Pero mirando hacia adelante... la verdad es que era un poquito deprimente :-S

Un saludo!
(tengo curiosidad por saber qué puede ser ese "regalito de fidelidad" ;-))

THE BICHA`S RUNNER dijo...

Bueno
La enfermedad, tienes un concepto del tiempo que no llego a comprender en ti, yo personalmente quiero vivir lo maximo y entre otra cosas entretenerme con la chica de meteorologia del canal 24h, ver como me explica las lluvias en el Yucatan y finaliza el parte con una sonrrisa.
me gusta tu texto, pero tienes que levantar el final, no te va a pasar nada malo. abrigate.

César Rina dijo...

El otoño no es la mejor época. Nuestro organismo se acopla a las hojas caducas que forman las alfombras en el campo. Preferimos estar en casa, nos ataca la nostalgia, nos refugiamos en una bufanda. En mi caso, todo esto se traduce en mal humor, que sufren con paciencia los que me rodean.

Sin embargo, regresa la belleza y el color tras el verano amarillo.

Tu hora es un elogio a la lentitud.

juan dijo...

Hola;
Permíteme presentarme soy Juan administrador de un directorio de blogs, visité tu blog y está genial, me encantaría contar con tu blog en mi sitio Web y así mis visitas puedan visitarlo también.
Si estas de acuerdo no dudes en escribirme a: morenojm22@gmail.com
Éxitos con tu blog.
Un cordial saludo
Juan

anaïsea dijo...

Pablo: Qué morriña y qué envidia... Disfruta del otoño pamplonica por los dos. ¡Otro saludo!

Óscar: Jajajajaja. Pues visto así, sí, era un poco triste... El regalito, aún no sé, algo se me ocurrirá. Algo bizarro, probablemente.

The Bicha's: Supongo que necesito darme cuenta de que el tiempo se acaba para poder darme cuenta de lo escaso que es. Es una pequeña obsesión, querer aprovecharlo al máximo. El problema, supongo, es que no sé cuál es la mejor forma de aprovecharlo.

César: A mí no me disgusta el otoño, de hecho lo añoro. Pero sí que estoy algo más apagadilla, reflexiva... y bécqueriana, imagino. A veces el sufrimiento nos hace sentirnos más vivos, y como digo, estoy obsesionada con vivir, así que puede que estar algo tristona no termine de disgustarme. (Qué adolescente, todo esto, no?)

Juan: Como te he puesto en el mail, estaré encantada de que agregues mi blog. Por favor hazme saber a mí y a mis lectores qué directorio es para emplearlo. Gracias y un saludo.

Gracias a todos por vuestros comentarios y un abrazo inmenso.

Bía. dijo...

anaïs, me encanta lo que dices de que sacrificaste la hora más importante. cualquiera, a priori, se compadecería de ti, de tener que madrugar y tner una hora "muerta". es increíble cómo hay personas que dan vida a lo muerto, como ocurre con el otoño, que lo encuentras bello...

por cierto, tu árbol es maravilloso. y la foto también...

besos desde Barcelona... (a donde te invito cuando te hayas recuperado del viaje a london!)

Bea.