25 de julio de 2009

DE CÓMO A VECES SOY MASA (O UN PRODUCTO ABSURDO DE MI TIEMPO)

Ayer leí Las partículas elementales de Houellebecq (Compactos Anagrama, 2002) y hoy Desgracia, de Coetzee (Debolsillo, 2003). Son libros complejos y, tal vez, no les he hecho justicia leyéndolos tan deprisa. Pero la verdad es que ambos tenían ese algo que subyuga, que te obliga a leer de cabo a rabo, sin parar. Y ese algo que te hace quedarte hecha polvo tras la lectura.

He intentado empezar en el autobús de vuelta a Pamplona El destino del barón von Leisenbohg, de Arthur Schnitzler (Acantilado, 2003), pero el tono decimonónico de este último se me ha antojado fuera de lugar después de haber pasado dos días embebida en la carnicería a que han sometido al siglo XX los dos autores que antes he mencionado. El señor Schnitzler tendrá que esperar a que me recupere. Unas cuarenta y ocho horas, calculo.

Creo que me han dejado tan tocada porque hablan de cosas que me tocan bastante. O, mejor dicho, cosas que me han tocado bastante últimamente. Los dos libros, sobre todo el de Houellebecq, hablan del paso del tiempo, del miedo al paso del tiempo que acerca a la muerte, y el miedo atroz a quedarse impedido. Cómo en ese empeño de agarrarse a la juventud se hacen cosas ridículas, estúpidas, malvadas. Cómo da igual cuán indigno y ridículo te vuelvas, la muerte te alcanza igual.

Me preocupa un poco que, un mes después de haber hecho una entrada sobre el miedo a perder mis facultades metales (De cómo a veces pienso masa), me haya topado con dos libros, ambos escritos en el cambio de siglo, que hablan sobre eso. Aderezan el tema con sexo, por ejemplo, con filosofía, política, psicología, cosas profundísimas que yo no alcanzo a comentar, pero ese es el tema. La muerte. Siempre la muerte.

A ver, entiéndanme, sé que la literatura, desde el Romanticismo sobre todo, ha tratado el tema de la muerte. Creo que en Las partículas elementales se comenta: en cuanto se toma conciencia de la individualidad y se pierde a Dios, aparece irremisiblemente el miedo a la muerte, el miedo a la desaparición. Es obvio. En el Romanticismo se exalta el yo, la individualidad, la diferenciación personal; eso lleva al individualismo, eso lleva al egoísmo, eso lleva a la rebeldía; y eso lleva a negar a Dios; y eso lleva a estar perdidos y a temer la muerte, que deja de ser una puerta a una vida eterna para ser el fin, la desaparición, la inexistencia. Con matices, sí, pero ese sería un buen resumen. Y pasan las décadas, y cada vez hay menos cosas claras y más relativismo. Y estamos más perdidos. Y aquí me veo yo, agnóstica perdida, egocéntrica perdida, con una individualidad exacerbada que a nadie tiene por qué interesar, y que sin embargo me empeño (como todos) en hacer patente. Todos, en nuestras conversaciones, en nuestras creaciones, en nuestros blogs o en nuestra ausencia de blogs, estamos gritando al mundo que no nos olvide, que somos importantes, que somos interesantes, que tenemos un papel dentro de este todo cósmico (o lo que sea). Eso gritamos, aunque realmente no nos lo creemos. Conocemos ya todos los recovecos de la muerte. Conocemos las fases de la descomposición, conocemos lo mezquina y olvidadiza y selecta que es la historia. Pero me voy del tema.

No me ha alterado que Houellebecq y Coetzee traten la muerte. No. Me ha traspuesto el hecho de que la enfoquen desde la misma perspectiva que yo. ¿Por qué es eso? ¿Porque compartimos un escenario cultural? ¿Hemos leído las mismas cosas (Huxley, Kundera)? ¿Hemos vivido en el mismo siglo? ¿En occidente?

Lo dudo. Creo, más bien, que soy un producto absurdo de mi tiempo. Creo que me han dejado un legado cultural (bastante ecléctico, bastante escaso) que he absorbido y tomado como propio, y que no me he dado cuenta de nada. Creo que lo que puedo pensar yo (si es que pienso) es lo que todo el mundo piensa. Y creo que no tengo herramientas para salir de esa masa. De hecho, creo que todos tenemos la misma angustia. Al menos, todas las personas que compartimos el mismo estrato socio-cultural. No sé interpretar. Veo que no sé interpretar. Sólo leer, sorprenderme, preocuparme, sentir. Sé sentir, pero no sé poner nombre a mis sentimientos. Sé ver la absurdidad, pero no sé explicarla, ni sé salir de ella. Y no sabría decir si me han hecho ser esto, si es que a alguien (algún poderoso, por cumplir el tópico) le interesa que yo sea esta persona enclaustrada en sus propias limitaciones, este producto del siglo. Quizás, aunque me haya considerado siempre poco dócil, soy dúctil como un chorro de metal líquido...

Probablemente la individualidad está sobreestimada. No hay tal. Hay matices, brillos, pequeños detalles que distinguen a una persona de otra en medio de la masa. Pero todos somos lo mismo. Los mismos amasijos de carne encerrando huesos, caminando inexorablemente hacia la tumba.

Imagen extraída de http://nohemispaces.spaces.live.com/blog/cns!668E0BF18C6D6138!1825.trak

8 comentarios:

imsoexcited_7 dijo...

Anais!!! Cuando vuelves???

Te echo de menos... Pero bueno, leyendo tu blog se me pasa un poco porque es muy tu!

Avisame para quedar o algo vale?

Un beso

Oscar dijo...

Caray, tanto hablar de tu egocentrismo, me lo voy a acabar creyendo :-P

Yo creo que todos somos entes individuales, queramos o no, e, irónicamente, quien más quiere separarse del resto, quien más único quiere ser, acaba siendo más parte de la masa que el resto.

El problema yo creo que es que la sociedad nos "maltrata psicológicamente". Me explico: no hay manera de que un coro, un equipo deportivo, una ciudad, un país... se pueda organizar en base a la individualidad, por tanto siempre se te trata como parte de una masa, y aunque tú seas un ente diferenciado, con ese "alma" que aún nos diferencia de los robots y las inteligencias artificiales, te seguirán tratando como masa, como colectivo.

Y así, día tras día repitiéndote lo mismo durante décadas, amenazan con anular tu conciencia individual de la misma manera que un "maltratador psicológico" puede amenazar con acabar con tu personalidad cuando día tras día te machaca con que no eres nadie.

Pero en fin, es sólo una teoría...

Un saludo!

·· Kira ·· dijo...

Ohm... es muy interesante esta entrada ;)
Un beso,

Kira
http://susurroespacial.blogspot.com

anaïsea dijo...

Nat: hablamos la semana que viene sin falta. Otro beso a ti.

Óscar: no lo sé. Es muy complicado, la verdad. Creo que cada uno de nosotros es único, pero que a la vez somos todos muy, muy parecidos. Muy iguales. No sé cómo explicarlo. Las hojas de un árbol, por ejemplo: son todas únicas, diferentes, pero realmente no se distinguen unas de otras, a menos que una tenga una malformación o algo así. Si te pasas la vida fijándote los detalles de una hoja concreta acabarás por aprendértela, por conocerla, y la individuarás, pero si no, será hasta el fin parte de la misma masa. Por eso gritamos que estamos aquí, para que alguien nos aprenda, para escapar de la masa, del olvido.
O, probablemente, esto es una gafapastosidad como un castillo y merezco que me den collejas, también puede ser XD
Un abrazo, por cierto, entre otras cosas porque eres mi lector más fiel XD

Kira: muchísimas gracias! Habrás visto que yo también he pasado por tu blog. A ver si me animo y hago una reseña en sentido estricto alguna vez, al final siempre acabo usando los libros como excusa para hablar de otras cosas... Un abrazo.

Oscar dijo...

Jajajaja, pues muchas gracias. Es cierto que desde que me tropecé contigo en MySpace te voy siguiendo la pista.

Pero, qué quieres? con posts como los de los rituales de cortejo y tus desventuras en Navidad con los cachorros del infierno, es obligado! XD

En fin, que por aquí seguiré. Un saludo!

anaïsea dijo...

Tal vez algún día vuelva a la senda del humor, últimamente estoy muy apocalíptica XD

Otro saludo!

Rafa M. dijo...

Sinceramente, es una entrada muy interesante. Pero un tanto ''desesperada'', o descorazonadora. Me pregunto si es verdad eso que dices de que solamente somos masa. Que al final somos lo mismo. En esto tienes toda la verdad, pero, perdona que sea pesado, si no somos nada, si nos diluimos dentro de ese todo humano, nuestros actos no valen nada, nosotros no valemos nada, tu entrada no es nada, pues no eres persona. Perdona que me ponga a filosofar. Un saludo, Rafa.

anaïsea dijo...

Rafa M.:
Reconozco que el tono es un poco descorazonador. La verdad es que tengo la mala costumbre de escribir aquí cuando estoy insomne, baja de moral, aburrida, cínica, o una mezcla de todo lo anterior. Lógicamente, la combinación es horrible.

No sé hasta qué punto somos una masa absurda. Yo he intentado hablar de una sensación que me embarga a menudo: la de que seguimos una corriente de la que es imposible salirse, por la sencilla razón de que no hay otra o de que ni siquiera sabemos que estamos en una corriente. En cierto sentido, esta entrada, pese a su cinismo, es una forma de escapar de esa corriente. Es como gritar "Ey, yo me he dado cuenta, a mí esto no me gusta". Digo que somos masa, pero me aferro a mi individualidad: he puesto una ficha de autoría del blog, hablo de mi cumpleaños, de cosas concretas que me pasan a mí, a Anaïs, y sólo a mí. No sé si eso significa que no me creo lo que pongo, o que me lo creo pero peleo contra ello.

Filosofa cuanto quieras, ya ves que yo no me quedo atrás. Muchísimas gracias por tu comentario. Te animo fervientemente a que no dejes de escribirlos.

Un saludo muy cordial,

anaïs e.a.