29 de junio de 2009

LA SONRISA DEL ELEFANTE TRISTE





Una vez, cuando tenía ocho años, mi tía nos llevó a uno de mis hermanos y a mí al circo. No recuerdo gran cosa del espectáculo, salvo que me resultó grandioso. Lo que sí que recuerdo con nitidez meridiana es que, al final de todo, los niños podíamos subirnos sobre uno de los elefantes para que nos sacasen una fotografía instantánea con una máquina Pollaroid. Hice fila y esperé, ansiosa, mi turno.

Un hombre vestido de rojo nos aupaba sobre el lomo del elefante. Era un lomo inmenso, y mis piernas abiertas no lo abarcaban. Un dolor atroz me desgarró la ingle, y durante cuatro días no pude caminar con normalidad. Sin embargo, en la fotografía, luzco una sonrisa de sultana satisfecha que engañaría a cualquiera, por ducho que fuese en fingimiento.

A veces me parece que paso así la vida: trocando mis gestos de dolor en inconsolables sonrisas perfectas y, sobre todo, silenciosas.



5 comentarios:

Oscar dijo...

La sonrisa siempre hace más fácil la vida a uno mismo y a los que le rodean. Alguien dijo una vez que "el buen humor es un principio de economía para la psique humana".

Pero de vez en cuando también es sano decir "joder, que me duele!", no lo olvides ;-)

vfedor dijo...

brillante instantanea.
Tengo un recuerdo similar, sobre un escenario. Lloraba buscando entre las luces a mi padre. Aún hoy rememoro esa ansiedad en cada despedida.

anaïsea dijo...

Óscar: lo tengo en cuenta. La verdad es que, como todas las grandes verdades, lo que me dices es algo que ya sé, pero que es difícil de poner en práctica. De todos modos, estoy iniciándome en el maravilloso mundo de la queja, y no veas qué maravilla.

Vfedor: muchas gracias. No sé qué tienen los escenarios de maravilloso y, a la vez, de terrorífico. Me alegro mucho de que te haya gustado. Un saludo.

santiago dijo...

me gustan lo elefantes, pero no quiero subir a sus lomos, creo que estaría sin andar más días que tu.
Un saludo

Itah o.= dijo...

ahh, no sabia que tenias otr blog!!

dons cosa, yo también de pequeña, con unos 4 años, tuve la oportunidad de subirme a un elefante, no se el porqué, pero me negué.

a esas sonrisasde las que hablas yo las nombro como: "sonrisas pardas".

saludos