2 de junio de 2009

DE CÓMO A VECES PIENSO MASA







Si la memoria no me falla, la primera vez que me pasó fue en el año 1999. Era octubre. Mi madre tenía vacaciones en esa fecha tan rara, y nos organizamos para ir de vacaciones a ver el mar, como siempre, aunque esta vez no pudiésemos bañarnos. Yo tenía 14 años y estaba entonces enamoradísima de un chico. Estaba tan enamoradísima, que en clase me llamaban la atención sin parar, cosa impensable antes de la fecha.


Yo siempre he sido muy aplicada. Siempre he tenido la voz de resabidilla y el libro debajo del brazo, y con 11 años completé el atuendo con las gafas de topo. Siempre la mano a punto para contestar al profesor, siempre el bolígrafo listo para hacer los ejercicios. Una repelente, vamos. No me ha gustado nunca el estudio por el mismo estudio, me aburre soberanamente leer y releer una misma cosa que he entendido a la primera sólo para grabar en mi memoria datos que, después de ser escupidos en un examen, olvidaré sin duda; pero siempre me ha gustado aprender. Desde siempre he tenido esta pasión por libros, por el conocimiento teórico, por esas cosas que nos gustan a las personas aburridas. Me lo paso bomba traduciendo latín. Me encanta hacer análisis sintácticos. Disfruto como una loca peleándome con diccionarios, a cual más pesado y de letra más ínfima. Jamás — jamás — se me llamó la atención en clase. Hasta el año 1999.


No es que me portara mal. Es que dejé de estar ahí. Mi cerebro estaba siempre ocupado en tejer y retejer recuerdos. Siempre ocupado en darme o quitarme esperanzas, según lo lluvioso o soleado del día. Aquel año viví en subjuntivo. Todo eran hipótesis, todo condicionales de dudosa realidad. Qué feliz fui y qué mal lo pasé.


Me preguntaban cosas y yo, por supuesto, no contestaba. No sabía que me hablaban a mí. No sabía qué pintaba ese mundo ahí fuera, tan distinto del que a mí me interesaba (el que yo tenía denrto, en el que estaba él).


Por eso me alegró tanto que nos fuéramos de vacaciones en octubre. Pensé que “Genial, así podré pasarme diez días pensando en mis cosas sin que nadie me moleste”. Me llevé escondidas sus cartas, que leí tantas veces que diez años después sigo recordando algunos fragmentos (y eso que nunca me ha gustado leer y releer hasta grabar datos en mi cerebro), y me ponía canciones cursis en el walkman (entonces eran walkmanes) y me disponía a pensar en él. Pero no podía. Lo intentaba, pero mi cerebro iba por libre.


Aquel octubre de 1999, en el coche, de camino a la costa Mediterránea, por primera (y desgraciadamente no última) vez en mi vida, mi pensamiento dejó de ser un discurso y pasó a ser una sopa.


No sé si es algo normal, pero a mí es algo que me sigue inquietando. De repente, en lugar de pensar frases, piensas masa. No sé explicarlo bien. No hay conexión entre ideas. No hay diálogo interior. No hay nada que pueda recordar remotamente al verbo. Sólo hay una masa densa, pesada, ocupándote el cerebro, extendiéndose como barro con unos bracitos lentos, como pequeños nervios anegándote los huequecillos que hay entre idea e idea, entre trozo viscoso y trozo viscoso de masa cerebral.


No sé por qué pasa. Durante mucho tiempo he pensado que era fruto de la ansiedad. Pasé años enteros pensando masa (o, lo que es lo mismo, no pensando), y creí que se debía a mi estado anímico. Pensar (o escribir) me habría obligado a mirarme adentro, y verme por dentro en aquel momento habría derivado irremisiblemente en un cambio de vida para el cual no tenía energías. Pero hoy, en este tren, pensando (discurso, afortunadamente) me he dado cuenta de que en aquel 1999 yo era una adolescente feliz, que escribía largas cartas de amor que le eran correspondidas, y aún así pensé masa. Mi cerebro no necesitaba ese blindaje. Tenía energías para cualquier cosa. Como ahora. Pero pensé masa de todas formas. Es algo que me asusta un poco.


Me da miedo que mi cerebro falle. Es algo que he comentado más de una vez, y que racionalmente sé que es una patochada. Pero a mi cerebro le tengo mucho aprecio. Es mi mejor herramienta de trabajo y de disfrute y, seguramente, es lo mejor que tengo para ofrecer. Sé que hay infinidad de cerebros mejores, más potentes, más preparados, más cultivados, mejor llevados... pero el mío, la verdad, me gusta mucho. Y quiero conservarlo. Y quiero que me siga sirviendo muchos años.


Me parezco mucho a mi abuela paterna, siempre me lo han dicho. Tenía el mismo orgullo que yo, las mismas caderas anchas, los mismos hombros fuertes y las mismas costillas salientes. La misma mala circulación, la misma pesadez de piernas. La misma tensión baja. La misma ensoñación. Pero, además, mi abuela paterna tenía Alzheimer.


Sé que eso no significa que yo lo vaya a tener. Sé que, aunque lo desarrolle, me quedan muchos años de actividad intelectual. Pero el deterioro mental es algo que me aterra. Mucho más que la muerte, mucho más que la desgracia en cualquien otro plano. Más que la soledad. Me aterra el deterioro de mi cerebro. No pensar ni siquiera masa, o pensar pero que nadie me entienda. Que tengan que ocuparse de mí. Sobre todo eso: que tengan que ocuparse de mí.


A mi abuela sus hijos la cuidaron con todo el amor del mundo. Nunca he visto tanta dedicación, nunca tanta entrega. Y nadie lo hizo para sentirse un héroe ni por agradecimiento, sino que lo hicieron porque quisieron. Porque la querían y les parecía lo más natural del mundo. Sé de sobra que hay muchísima gente que me quiere, y que me cuidaría sin sentirme como una carga, llegado el momento. Si me da terror que me tengan que cuidar no es porque sea una buena persona que no quiere resultar un estorbo, no; me da terror por orgullo. Por mi maldito orgullo. Porque no tengo un ápice de humildad y no quiero depender de nadie que no sea yo misma.


Por eso, cada vez que mi cerebro renquea, cada vez que no recuerdo un dato que debería saber, cada vez que no comprendo algo a la primera, me agobio. Me agobio profundamente. Me atoro. No quiero perder mi cerebro. A veces, me parece que es lo único que tengo. Mi cerebro, mi voz de resabidilla, mis libros debajo del brazo y mis gafas de topo. Nada más.



9 comentarios:

Ana dijo...

Linda tu blog está hermoso.
Gracias por seguirme...
Yo te sigo a vos!!
besotes...
Ana.

cherryinjection dijo...

Anaïs, tranquila. No eres ninguna masa.

bardonegro dijo...

Te exiges demasiado.

Egoitz T. E dijo...

¿y qué haríamos nosotros sin tus pensamientos en masa y tus masas de pensamiento?

cherryinjection dijo...

LA BIBLITECA.

Isa dijo...

Tenemos que tener cuidado de que el cerebro no nos absorva... Es lo peor que le puede pasar a una filóloga. :)

· Alba · dijo...

A veces das miedo xDD
Dejar de pensar en masa, flota un poco por las nubes y recoge unos premios en el blog ;)

César Rina dijo...

Nadie dijo que fuera fácil.

http://www.capitanalatriste.com/escritor.html?s=patentescorso/pc_21ene07

vfedor dijo...

no es extraño que la mente en aquél entonces, haya sucumbido ante una plataforma fáctica que no reconocía (vacaciones en octubre), sensible por no encontrar visible el deseo (el autor de las cartas).
Algunas extrañezas nos bloquean, nos hacen salir del procesamiento lógico de hechos y recuerdos. Los sentimientos tienen mucho de eso. Nos tildan, nos conmocionan, de ahí la necesidad de volar, de expandirnos en lo surrealista, de privarnos de la metódica razón.
"...Una masa, pesada y compacta, comprime mi cerebro. La velocidad de la sangre, afecta la transmisión de estímulos entre mis neuronas, al punto de hacerme perder la razón..."
Podría tratarse de la descripción de un estado de locura, o del éxtasis de hacer el amor.