12 de mayo de 2009

ESTA NUEVA VIDA

Estoy desbordada. Lo digo así, categóricamente y sin vuelta de hoja: estoy desbordada. Me han pasado tantas cosas, tan grandes y tan buenas, que estoy desbordada. No soy capaz de procesar tantos sentimientos; por eso, me acorcho. No me entra dentro nada más (explotaría): prefiero acorcharme, flotar, y dejar que la tibia corriente me lleve. Adonde quiera. No tengo miedo. No tengo ganas. No tengo nada. No olvidemos que soy un trozo inerte de corcho.

Siempre he estado más preparada para la desgracia. Ya sé que esto suena muy adolescente, pero dejad que me explique. Soy una persona fuerte. Demasiado, a veces. O realmente no soy fuerte: soy elástica. Tengo la capacidad de acorcharme a voluntad, de hacer que mi piel sea flexible, inquebrantable e insensible, y resistir así el temporal. Mi alma se encoge dentro de mi cuerpo hasta adquirir el tamaño de una larva, y se refugia al fondo de todo, donde nada puede dañarla, y se queda ahí calladita y espera a que pasen las tormentas; cuando vuelve la calma, yo le aviso de que puede volver a salir; se despereza, abre los ojitos, se ensancha, y vuelve a ocupar la totalidad de mi interior. Así, de esta manera, he logrado conseguir que nada me dañe. Que nadie me dañe. 

Porque, claro, no podía ser de otra manera, soy frágil. Mi madre me dijo alguna vez que no estoy hecha para el mundo. Que por eso leía tanto de pequeña. Que por eso me costó tener amigos. Que por eso no me duran los novios. Cosas de madres. Tenía razón, claro. Soy frágil y  no estoy hecha para el mundo. Nunca encuentro la medida de las cosas. No sé ser adecuada. No lo sé. Se me dan bien las cosas fijadas. Escribo bellas cartas, doy discursos contundentes, escribo cuentos, recito monólogos. Pero no sé invitar a un café, no sé dar una noticia, no sé expresar un sentimiento, no sé ofrecer ayuda y pedirla mucho menos todavía. No siempre es así. Te tengo a ti, y tengo grandísimos amigos. Pero estoy hablando en general. Es una sensación que me acompaña desde siempre. Creo que se me expulsó al mundo sin haber recibido el manual de instrucciones, y que soy la única a la que se le negó. Seguramente esto no es más que un síntoma más de mi afán de definirme como ente individual y diferenciado, pero aunque no sea más que un síntoma, qué queréis qeu os diga, me amarga igual.

Y no entiendo por qué estoy triste. Todo me sale bien. Todo me sale como yo quiero. Mi vida cada vez es más parecida a la vida que quiero tener. 

Mi familia ha crecido. Tiene un nuevo miembro. Se llama Eyerus, es etíope, y es hermana biológica de mi hermano menor. Tiene 17 años y le encanta leer, sobre todo poesía (si le entendí bien, uno de sus libros es de Poe), y escribe. Es inteligente, orgullosa, decidida y una de las mujeres más hermosas que jamás he visto. Por ahora sólo hablamos en inglés; aún no se atreve con el español, aunque noté que ya el primer día entendía algunas cosas. Tengo, ahora, dos hermanos y dos hermanas. 

Siempre he sentido debilidad por mi familia. Supongo que le pasa a casi todo el mundo, pero lo cierto es que me siento realmente orgullosa de ser parte de ella. Siempre he tenido especial debilidad por mi hermana Isabel, supongo que porque es con la que más encajo. Las dos tenemos intereses similares e incluso nos parecemos físicamente (ojos grandes y marrones, sonrisa ancha, pelo lacio y castaño, caderas fuertes). Siempre la he considerado (y sé que esto es petulante) mi versión corregida y aumentada: es más guapa, más lista y mucho más sociable que yo. Yo me reservo el derecho de dibujar mejor (y me da igual lo que diga ella). 

Empiezo a sentir por Eyerus también cierta debilidad, y eso que la conozco desde hace tres días. Nunca compartiré con ella lo que he compartido con Isabel: esas noches de charla hasta las mil de la mañana, esas luchas por la almohada, las sesiones de SPA (siglas estas de "Si Papá Aparece", y aplicadas a microfiestas furtivas en la habitación) y años y años de complicidad. Pero espero poder compartir otras cosas.

Desde antes de irme de casa, me da la sensación de que me estoy perdiendo cosas importantes de la historia de mi familia. Siempre soy la última en enterarse de las cosas. Nunca puedo ir a las comidas familiares. 

A finales de agosto me voy a Salamanca (me dieron, por fin, el ansiado traslado), y esto se va a acentuar. Y me entra melancolía. Porque quiero Salamanca, pero me perderé cosas importantes. Cosas que ya me estoy perdiendo, pero que me seguiré perdiendo. He ido marchándome de mi casa paulatinamente: primero, iba a la universidad y pasaba allí doce horas diarias, y volvía sólo para cenar y dormir; luego, empecé a trabajar un par de horas en la biblioteca o dando clases y dejé de depender económicamente; después, empecé a trabajar en verano y Navidades fuera de casa y pasaba temporadas durmiendo en pisos de alquiler; y por fin conseguí un trabajo estable y me fui definitivamente de casa. Voy algún domingo, y hablo cada dos o tres días con mi madre. No necesito más. Siempre he sido mucho más independiente de lo que a mi madre le gustaría. Pero la cosa es que están cerca, y que siempre que quiero puedo ir a verles. Con Salamanca, eso va a cambiar. Van a estar lejos. No podré ir siempre que quiera. Hasta ahora, mi marcha había sido gradual. Irme a Salamanca es como arrancar una planta de raíz. Hasta ahora, he sido un miembro intermitente. A partir de ahora, voy a ser un miembro ausente. 

Y sé que esto es necesario (creo que toda persona debe aprender a vivir por su cuenta). Y es, además, lo que quiero. Pero también es duro. Me resulta duro darme cuenta de que poder cenar con mi familia en Nochebuena dependerá de lo amables que resulten mis nuevos compañeros de trabajo y el horario del tren.

Mi vida está cambiando. A mejor. Voy a estudiar lo que quiero estudiar. Voy a vivir donde quiero vivir. Estoy consiguiendo todos mis propósitos: he aprobado con buena nota el examen parcial de una de las tres temidas asignaturas que me quedan para acabar la carrera, he conseguido un contrato indefinido y el traslado que quería, y hoy me han notificado mediante un mail que soy finalista del concurso de relato corto de la UN. Y tengo una gran familia, y buenos amigos, y a ti. Y ganas. Tengo ganas de vivir esta vida. Durante el día, tengo ganas. El problema son las noches.

Con la oscuridad, llega el acorchamiento. He intentado dormir, he dado vueltas y más vueltas, he argumentado conmigo misma ("Mañana madrugas, Anaïs, mañana madrugas"), pero no ha habido manera. Esta vieja angustia que habita mi usual hipocondría, que diría Machado,  ahí estaba. La vieja angustia. Habitándome. Porque estoy sintiendo muchas cosas. Buenas, sí, pero demasiadas. Y no puedo con todas. Tengo el corazón lleno, pleno de sangre, rezumando emoción por todas partes, y lo miro aquí en mis manos y  no sé qué hacer con él. En este estado, cualquier golpe puede resultar mortal. Un beso, un reproche, una frase mal entendida, pueden ser letales. En este estado de embriaguez, cualquier cosa me eleva o me derrumba, y  no puedo permitírmelo. Una no puede permitirse vivir con el corazón rebosante en este mundo lleno de cantos duros, lleno de cosas que vulneran incluso sin querer. Por eso me he acorchado. 

He escurrido mi corazón y lo he esponjado. Ahora flota en la tibia corriente. No sé hacia adonde va. Da igual. No tiene miedo. No tiene ganas. No tiene nada. No hay que olvidar que se trata de un mero trozo de corcho, a la deriva.






Mañana intentaré, de nuevo, ir procesando todo esto, toda esta nueva vida. Ahora no puedo. Tengo demasiado insomnio dentro.


3 comentarios:

EngendroSocial dijo...

Todo eso que sientes es normal. No quiero que pienses que te considero una persona como cualquier otra, pero sí es cierto que un poco parecida al resto del género humano, eres. Es bonito ver cómo, aunque (casi) todas las personas funcionamos igual, nos acorchamos y desacorchamos. Nos sentimos a veces frágiles y otras fuertes... La angustia es angustia si no le encuentras sentido. Por mi parte, no puedo tener insomnio, tengo un libro que leer que lo está destrozando, junto con gran parte de mi cerebro.
Céntrate en las ganas de vivir, corcho.

Egoitz T. E dijo...

Eres genial. Y bueno... te diría tantas cosas...
ojiplatiquicémonos. No?

bLuEsMaN dijo...

Para Schopenhauer (igual que para muchos otros) la existencia es un absurdo. Entonces sentir que no se forma parte del mundo es casi una forma de ser honesto con uno mismo.

saludos