15 de abril de 2009

NIMNA, TEKE Y EL MALO MALÍSIMO

Sabed que este es uno de mis más queridos relatos. No porque sea mejor que ninguno, sino porque cada uno de sus personajes me resulta entrañable. Y porque siempre he adorado los atípicos cuentos de hadas...

NIMNA, TEKE Y EL MALO MALÍSIMO

 

            Nimna lamentaba ahora no haber prestado atención a su tía durante las lecciones de setuence porque la seta sobre la que se había sentado estaba hablándole y ella no entendía nada de lo que le decía. Pensó que si la seta le daba conversación, quizás olvidaría por un momento lo horrible de su situación y podría apartar de su mente que en diez días debía casarse con un duende peludo al que aborrecía. Era tradición que la princesa de la tribu de hadas que gobernaba el bosque en el momento desposara con el rey de los duendes para así perpetuar la raza. Nimna estaba orgullosa de ser un hada roja aunque no fuera una raza muy poderosa porque sus características eran la risa y la pasión. Habría odiado ser una de esas aburridísimas hadas azules de la espiritualidad, o un hada amarilla de la fertilidad animal (“¡Qué asco!”, pensó). Las hadas verdes, que se dedicaban a la madre tierra y estaban siempre entre plantas, eran vivarachas, y por lo general le caían bien. Pero lo que jamás habría querido ser era hada negra, sacerdotisa de la destrucción. Ella no había vivido bajo su mando, pero le habrían contado que son hadas malvadas que ignoran las nociones básicas de Equilibrio y Naturaleza, y emplean los recursos del bosque sólo para sus fines, ignorando a los Elementos y provocando su ira. Antes de que fuera muy tarde, las otras cuatro tribus de hadas habían creado una alianza para impedir que la tribu negra recuperara el mando, y se turnaban en el poder cada cinco décadas. Y esta década le tocaba a Nimna. Pero para eso tenía que casarse con Orcho, y eso no le hacía ninguna gracia. Orcho era rudo, feo, y ni siquiera tenía muchos poderes; era aburrido, y de lo único que sabía hablar era de lo bien que había luchado contra la hadas negras en la guerra. “Santa Natura… ¡me pasa casi treinta décadas!”, pensó Nimna, y sofocó otro sollozo.

 

            Mientras tanto, un apotekin llamado Teke volvía del trabajo hacia la raíz donde vivía. Medía unos doce centímetros, era flaco y larguirucho, y ostentaba unas manos grandes, delicadas, flexibles y aptas para curar insectos (se dedicaba a sanarlos, al igual que todas las generaciones de apotekines anteriores a él); tenía también una naricilla respingona; dos enormes ojos naranjas abiertos a más no poder, y una cúpula de pelo lacio, de color avellana, que le caía hasta los hombros. Había ido al panal de Mumma a tratar a las abejas de su enjambre. Esta primavera había más mieldependientes que nunca, y Mumma estaba asustada porque ya había sufrido en años anteriores las penosas consecuencias de esta adicción al trabajo. “Moderación, es lo único que pido. Quien trabaje de más, cobrará de menos. Que quede claro”. Mumma era una excelente abeja reina, trabajadora y organizada, estricta pero maternal y, por si esto fuera poco, su miel era la más deliciosa del bosque. Teke estaba en parte preocupado por la crisis del panal y en parte feliz por ésta, ya que Mumma le pagaba en miel, y en ese momento llevaba la mochila que se había hecho con la corola de una amapola hasta los topes del dulce néctar. Iba pensando en el festín que se iba a dar cuando oyó unos lloros detrás de una encina, y se acercó. Asomó su cabecita llena de pelo color avellana, escrutó con sus grandes ojos naranjas, y entonces la vio, sentada en una seta: un hada preciosa, con un cuerpecito rojo como las amapolas, y unas alitas tan transparentes que parecía que no estuvieran ahí, sobre sus omóplatos. Llevaba como traje dos pétalos de rosa blanca, y recogía con un pétalo de margarita una larga melena negra, sedosa y despeinada que le caía sobre la espalda igual que una cascada. Tenía los ojos grandes, y tan negros que el iris se confundía con la pupila. Los tapaba con unas manos tan pequeñitas que sus dedos parecían antenas de hormiga. Lloraba como un río y tenía gestos de mariposa, y Teke no podía dejar de mirarla. Pero ella le vio.

 

            No le preguntó qué era, ni su nombre, ni por qué la miraba con esos ojos tan naranjas como si estuviera en trance, ni nada. Nimna se limitó a pedirle ayuda. Le contó todo y le pidió que la escondiera porque no se quería casar, que sólo tenía veinte décadas, y le dijo que si la ayudaba le prometía algún poder.

 

            Teke no quería ningún poder. Lo que quería era otra identidad. Lo único que Teke quería era ser un duende para poder casarse con Nimna, a ser posible ese tal Orcho. Porque él era un vulgar apotekin cuyas únicas facultades eran cuidar a los insectos y hablar setuence, que con el tiempo se iría descomponiendo hasta convertirse en una seta maloliente, y probablemente vería el fin de sus días desde la sartén de algún ser humano. Sin embargo, Nimna era un hada preciosa y muy poderosa que seguiría siendo igual de hermosa hasta que talaran su árbol-corazón, si lo llegaban a talar. Ese pensamiento le hacía plenamente consciente de su inferioridad, y de lo pequeñito que era, y de la poca necesidad que tenía de ningún poder. Teke no quería poder. Pero quería seguir viendo a la princesa, y por eso accedió a ayudarla, aun sabiendo que era muy poco lo que él podría hacer. Teke llevó a Nimna a su raíz, le dio miel para comer, empezaron a hablar, y no pararon en una semana. Y se enamoraron, claro. Esas cosas pasan siempre en los momentos más desesperados, difíciles e inoportunos.

 

            Cuando faltaban tres días para la boda, la Gran Reina de la Tribu Roja de las Hadas se empezó a preocupar, porque no sabía dónde estaba su hija. La Gran Reina, como buena reina que era, pecaba de ser un poco perezosa así que, en lugar de ir a buscar a Nimna, hizo un conjuro mediante el cual podría hablar telepáticamente con la princesa. Teke se asustó un poco cuando Nimna puso los ojos en blanco durante veinte minutos, pero cuando ella le contó que había estado hablando con su madre, que habría accedido a suspender la boda y que se quedaría para siempre con él, Teke estuvo a punto de morir de felicidad allí mismo. En ese momento habría jurado que el bosque gritaba de alegría mediante los trinos de los pájaros, que las motas de polen echaban carreras entre las corolas de las flores, que los tréboles jugaban al tres en tallo y que las hormigas hacían campeonatos de levantamiento de grano. Todo era bello y hermoso y nunca dejaría de ser así.

 

            Teke, obviamente, nunca había leído un cuento. De haberlo hecho, sabría que las cosas nunca salen como uno las espera, y menos si hay un malo malísimo en la historia.

 

            Orcho no sólo era un duende inculto, vanidoso, peludo y bastante aburrido, sino que también era desconfiado. Por eso no se creyó, como la Gran Reina Roja le había dicho, que Nimna había muerto. Orcho sabía que las hadas sólo mueren si talan su árbol-corazón, y no sabía de ningún árbol que hubiera sido echado abajo en los últimos días. Así que trazó un plan tan tosco como él. Esperó a que se hiciera de noche para no ser visto y fue a visitar al Hada Oscura, que era la reina de la Tribu Negra, y tras una larguísima espera y una inacabable colección de reverencias y otras ceremonias igual de inútiles, consiguió decirle que quería averiguar dónde estaba su prometida. Si recibía esa información y ayuda para recuperar a su princesa, juraba entregar el gobierno del bosque a la tribu de hadas negras. El Hada Oscura accedió, Orcho descubrió que Nimna estaba con Teke bajo una raíz, cogió el saltamontes más veloz que encontró y fue allí con la clara intención de matar al apotekin.

 

            La Aurora ya se había humedecido los rosados dedos en rocío para apagar las últimas estrellas y para salpicar a las flores, que se desperezaban estirando los pétalos y exhalando bostezos de perfume, confiriendo al despertar del bosque la apariencia de la extinción de una vela aromática, cuando Orcho encontró a Nimna y a Teke. El duende los interrumpió en medio de un beso con un sutil “¡¡Ella es mía!!”, y dirigió el más potente y mortal de sus conjuros hacia Teke. Pero Nimna, además, de más guapa y poderosa que él, era también más rápida, así que hizo un hechizo para traspasar a su amado sus poderes, incluida la inmortalidad. El conjuro de Orcho dejó a Teke gravemente herido, pero aún vivo. El duende, frustrado, no se dio por vencido. Se montó en su saltamontes y, antes de alejarse a veloces saltos, amenazó con hacer talar el árbol-corazón del que dependía la vida del malherido apotekin.

 

            Nimna no sabía qué hacer. Sabía que Orcho cumpliría su amenaza, pero ella no tenía poderes, y no los podía recuperar hasta que Teke despertara. Recordó que, durante la semana de conversación que habían mantenido, él le había hablado de Mumma y de la gran amistad que mantenía con ella, así que fue volando hasta el único panal que recordaba que había en la zona. No era el de Mumma, pero un joven abejorro la guió hasta su destino. Conocida la situación, Mumma no perdió el tiempo: colocó a todas las abejas en formación y se puso a la cabeza del enjambre con Nimna agarrada como podía a los pelitos de su  negro lomo, ya que no podía volar a tanta velocidad. El árbol-corazón no estaba lejos. Era un sauce llorón de largas ramas flexibles que se columpiaban bailando con la brisa. Una docena de hadas negras se hallaba allí, golpeando el tronco con minúsculas hachas fabricadas con cáscaras de almendra, no carentes de cierto ritmo y armonía. Nimna notó que Orcho había delegado la destructiva misión de la tala a las hadas, y ni siquiera había ido a supervisar. “Así que además de peludo y aburrido —se dijo—, es vago”.

 

            Lo único que Nimna quería era salvar la vida de Teke, no le importaba cuánto costara. Así que ella y Mumma ordenaron el ataque contra las hadas negras aunque las abejas, sin ánimo de ofender, eran unas ineptas en el arte de la guerra mágica. Las doce hadas negras comenzaron a defenderse de los picotazos lanzando a gritos nubes mágicas de humo oscuro. Las abejas caían a mares.

 

            Pero dejemos la escena de nubes negras y aguijones y voces estridentes gritando hechizos en lenguas muertas, y volvamos a la raíz, que Teke ha despertado. “¿Qué ha pasado?”, se pregunta, y de inmediato su recién adquirida magia le contesta con una imagen mental que le otorga una explicación irrebatible e instantánea. “Tengo que ir junto al sauce”, piensa, y en un naranja abrir y cerrar de ojos llega y ve una escena de nubes negras y aguijones y voces estridentes gritando hechizos en lenguas muertas, y ve cadáveres de abejas que llevaban meses en tratamiento a los pies del árbol, y ve la trayectoria descendiente y vertical de Mumma y una preciosa amazona inconsciente tras ella. Nimna y su nueva amiga-medio de transporte saludaron al suelo con un sonido estrepitoso. Teke corrió hacia ellas. Mumma había reventado, y exhalaba sus últimos momentos con mucho dolor. “Haz el conjuro que ella ha hecho por ti y se salvará”, dijo la digna reina a la vez que decía adiós y se entregaba a los caprichos de la descomposición orgánica. Nimna, moribunda, despertó de pronto y miró a Teke con todo su amor y arrobo, consciente de que él sabía qué tenía que hacer. Y tanto que lo sabía: el apotekin, muerto de miedo, se levantó, dio media vuelta y se fue. Nimna lo miró mientras se alejaba corriendo, hundiéndose en la frondosidad del bosque, y comprendió de pronto que el malo malísimo de la historia no era Orcho, sino Teke.

 

            Teke se sentía algo culpable por haber abandonado a Nimna al borde de la muerte y haber huido llevándose con él sus poderes (Teke no quería ningún poder, pero no estaban mal después de todo, ¡nada mal!), pero se consoló pensando que si los apotekines fueran héroes, alguno habría pasado a la historia y se contarían leyendas sobre él, como se cuentan de los duendes, las hadas y los dragones. Pero los apotekines son criaturas sencillas y anónimas, que lo único que saben hacer es hablar setuence y curar insectos, y que con el tiempo se descomponen para convertirse en setas que, probablemente, verán el fin de sus días desde la sartén de algún ser humano. Los finales trágico-heroicos consistentes en arriesgar la propia vida por una criatura bonita no son propios de su naturaleza. Y la naturaleza es sabia y no hay que llevarle la contraria. Tan absorto iba pensando en todo esto que no notó que había cesado el sonido de las cáscaras de almendra contra la corteza del sauce llorón, ni oyó el ruido del árbol que caía, ni se dio cuenta de que ya no estaba caminando porque se había convertido en una seta tan negra como su corazón. Nunca llegó a saber que las hadas oscuras se harían con el bosque gracias a su egoísmo y a la ayuda de Orcho (era peludo, aburrido y, además, vago, pero tenía memoria suficiente para recordar un juramento), ni que en media década nadie más pisaría el antaño alegre lugar porque la tribu negra había prosperado tanto que todos los árboles-corazón negros conferían al bosque apariencia de putrefacción e inseguridad. Lo que sí oyó fue un niño que gritaba:

    ¡Papá, papá!, ¡mira qué seta más oscura!

    Es venenosa, hijo. Písala.