15 de abril de 2009

MI BIBLIOTECA, MI BIOGRAFÍA

Hoy he estado poniendo en orden viejos papeles y acabo de descubrir que dentro de cuatro días exactamente hará un año que me independicé. Estas cosas, claro, te hacen reflexionar. Se puede crecer mucho en un año. Y, pensando, pensando, me he dado cuenta de que hay una única cosa que ha crecido aún más que mis obligaciones, y eso es mi biblioteca.


No voy a torturaros demostrándolo, pero creo firmemente que podría explicar mi biografía dando los títulos que me han ido acompañando. No me recuerdo sin libros. De hecho, ha llegado un punto en el que ni siquiera necesito leer un libro para sentirlo un poco mío.

A veces me basta con llevarlo encima, en el bolso, en la mano, o como un parapeto. No me reconocería sin llevar libros encima.


En un momento de La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, Teresa, uno de los personajes principales, se enamora de Tomás, su futura pareja, porque él está leyendo un libro. El libro le demuestra que ambos forman parte de un club selecto: ambos leen. Teresa necesita escapar de una realidad frustrante mediante la lectura. Necesita diferenciarse de las personas a su alrededor y, para eso, lee. No es sólo que las historias le ayuden a evadirse, no es sólo que los libros le narren vidas mejores y que participe de ellas, no: es la misma lectura lo que la hace diferente. Es el hecho de ser lectora lo que la salva del embrutecimiento de su entorno.


Pero los lectores, las Teresas, aunque es cierto que buscan ser diferentes, en el fondo no quieren serlo del todo. Quieren que haya gente como ellos. Las Teresas quieren Tomases, con su libro en la mano, para sentir que comparten el secreto con alguien. Y es que de nada sirve tener un tesoro si no lo puedes compartir.

Tengo un minúsculo piso de paredes mustias y suelo crujiente. Mis libros, dentro de poco, me echarán del salón. No tengo ni una estantería: los libros se apilan unos sobre todos, trescientos tomos ajados, releídos, apoyados unos en otros, mirándome con cara amigable. Recuerdo la historia de cada uno. Aquel Orgullo y prejuicio que nos hizo decidir a mi hermana y a mí que ya no quedan Mister Darcy’s; ese Buscón de Quevedo que hizo que toda la Estellesa me mirase raro cuando solté una carcajada; ese Verlaine ilustrado que me regalé después de unas agotadoras Navidades. Esos Hollister de domingo soporífero. Esa Historia Interminable con una linterna por si me pillaba papá. Ese libro de Martín Vigil en aquel campamento de Guetadar, cuando los chicos todavía nos pegaban. Podría escribir mi biografía hablando de los libros que me he ido leyendo.

Y es que los libros no son objetos cualquiera. No son una mera afición. Los libros son una vocación. Son artilugios que te cambian la vida. Leer es una actividad solitaria pero que, curiosamente, te une a los demás. Para leer tienes que estar tú solo. Pero leer te hace dialogar con un autor, aunque lleve muerto muchos siglos. Y nada en el mundo une más que descubrir a un Tomás o a una Teresa a quien le apasionan los mismos libros que a ti.

Hace un año que me fui de casa, con mis libros a cuestas. Y mi biblioteca ha crecido. Ahora tengo unos cincuenta tomos más. Mi biblioteca ha crecido; mi familia ha crecido; yo misma he crecido. Y no puedo evitar que me lata en la cabeza la frase tempus fugit con una rotundidad que casi duele. Y es que el tiempo pasa, inexorable, y aún no lo he conseguido: aún no me he leído todos los libros.

Y es que lo malo de marcarse metas imposibles es que son imposibles.