15 de abril de 2009

MAR DE PAFOS

NOTA DE LA AUTORA: 

Queridos polluelos míos, sólo quería dejar constancia de que este relatillo no tiene base autobiográfica, aunque sí denota una actitud muy mía de tiempos (no tan) hogaños en que creía (sin darme cuenta de que lo creía) que mi valía residía en mi unicidad (¿excentricidad?) y no que mi unicidad residía en mi valía (ohhhh... qué mayor me hago, por Dios, y qué aforismos más maravillosos se me ocurren). Y eso, que no esperéis gran cosa de este engendro.

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Ya lo sabemos: sólo los marinos pueden estar yéndose
siempre
como por última vez.

Ioan Morar


            “No es necesario que finjas que te duele”, dijo Ella. “En realidad no me importa, tranquilízate”. “Nunca te quise realmente”, le dijo. “Me lo he pasado bien y has sido poco más que un pasatiempo”. “Te he cogido cariño, claro,” dijo, “pero no es nada que no pueda olvidar con el siguiente”. “No has sido el primero  y sabía que no serías el último”. “Sabía que esta historia acabaría antes de empezarla”. Y todo esto se lo dijo con una media sonrisa, con una ceja ligeramente levantada y con una insultante mirada maternal. “No me duele que te vayas, en absoluto”, era lo que decía Ella con su actitud, tan íntegra y burlona. Una vez Él se fue, Ella se quedó sentada en la cafetería, apoyada resueltamente sobre su antebrazo derecho, con expresión de mujer de mundo, de monstruo insensible, con cara de “Pero querido, ¿de verdad creías que todo esto podría afectarme emocionalmente?”, leyendo Las flores de mal de Baudelaire, con esa mirada de intelectual a quien nada le duele si no está escrito por un muerto. La pose se debía a que en esos siete meses había aprendido a conocerlo muy bien, y sabía que Él estaría espiando después de irse desde fuera (Él, claro, no había escogido aquella cafetería con escaparate de cristal al azar) para ver si mostraba un ápice de tristeza, una pequeña vacilación. Él la estuvo vigilando durante hora y media mientras ella leía sin borrar de sus labios la sonrisita burlona. Él nunca supo, claro, que las crueldades que Ella había escupido eran fruto del simple despecho, porque la expresión de la cara de Ella no denotaba en absoluto que en su mente no dejaba ni un segundo de titilar -como un semáforo en ámbar- un único verso: “Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria”. Ella siempre había sido una muy buena actriz.

 

            Ella sabía que, en realidad, el hecho de que su historia de amor se hubiera ido pareciendo cada vez más a una historia y menos al amor, había sido culpa suya. Ella se sabía mediocre. Sabía que nada la diferenciaba del resto de seres humanos del mundo: respiraba. Y había intentado revestir esa mediocridad de misterio para tener una excusa, lo sabía. Por eso leía libros que nadie leía, por eso escuchaba música que nadie escuchaba, por eso hablaba mucho menos que el resto de la gente. “Si no me quieren es porque no me conocen”, se decía. Pero, aunque no se lo decía, sabía también que si no la conocían era porque Ella no quería. Y es que Ella lo sabía: no había nada que conocer.

 

            Solía inventar historias sobre su pasado, sobre todo cuando era más pequeña. Así, su vida anterior había estado plagada de dramas familiares y sociales y de traumas psicológicos. Se había acostumbrado tanto a contar con pleno detalle episodios ficticios de su pseudo-vida, que había llegado un punto en que realmente dudaba de qué era cierto y qué no. Pero Ella no lo hacía con afán de mentir: lo que Ella quería no era engañar a sus interlocutores, sino ayudarlos a entenderla. Ya que no había ninguna razón para su vacío, para su angustia, Ella se inventaba excusas. Ella se sentía, sin razón, como se sentiría alguien a quien la vida hubiera tratado injustamente.

 

            Él había hablado primero, por eso con Él había sido diferente. Él le había contado que estaba solo y vacío y que sufría y que no tenía razón para ello. Ella lo entendió, Él la entendió, y ahí comenzaron los problemas. Ella no quería que Él descubriera que Ella era vulgar y que, seguramente, Él también lo era. Por eso Ella se protegía, se escondía, iba y venía al azar, sabiendo que Él la estaba esperando. Ella se parecía a las olas, decía siempre Él: a veces vienes, a veces vas, nunca sé durante cuánto tiempo vas a permanecer sobre la arena, nunca sé qué traes o qué te llevas.

 

            Hubo un día en que Él no aguantó más. La invitó a una cafetería de paredes transparentes, pidió un café irlandés y se lo dijo. Ella le dijo que  no era necesario que fingiera que le dolía, que en realidad no le importaba, que se tranquilizara, que nunca le había querido realmente, que se lo había pasado bien y que había sido poco más que un pasatiempo, que le había cogido cariño, claro, pero que no era nada que no pudiera olvidar con el siguiente, que no había sido el primero y que sabía que no sería el último, que sabía que esa historia acabaría antes de empezarla. Él la espió luego desde fuera de la cafetería durante hora y media, y luego se fue para siempre de allí.

 

            Ella volvió a casa para escribir una nota. La dejó sobre la alfombrilla de los pies, al lado de la bañera; se metió vestida al agua templada y vació sus venas de sangre. Explicaba en su nota que no era por Él, sino porque “respirar es un acto de mediocridad”. “La pose hasta el final”, se dijo. “La pose hasta el final”.