15 de abril de 2009

LAS LIBRERAS EN LOS CENTROS COMERCIALES



El otro día releí un artículo de Pérez-Reverte en el que hablaba de las dependientas en las librerías de los centros comerciales. Como imaginaréis, era bastante poco halagüeño para esas chicas. Y, como sabréis los que me conocéis, no me hizo ninguna gracia.

Soy librera en un gran centro comercial. Sí. Los pijos, cuando se dignan a mirarme, me miran indulgentemente por no haber llegado “más alto”. Los gafapastas me miran mal por haberme vendido al monstruo capitalista. Y, encima, me topo con un artículo de un sarcasmo facilón, de un señor que ni siquiera escribe tan bien, en que en un alarde de genio e ingenio le da por generalizar y nos pone a todas las trabajadoras de librerías de grandes superficies, no sólo como incultas, sino rayanas en la oligofrenia.

A ver. Trabajo de cara al público. Tengo, por lo tanto, una paciencia infinita. Infinita. Pero vamos, una tiene, también, su orgullo.

Es verdad que es difícil ejercer de librera, librera de verdad, en una gran superficie. Hay temporadas en que no puedes sino despachar, nada más. Navidades, el día del padre, no puedes decir más que “Hombres que no amaban a las mujeres, veintidós cincuenta, su tique, gracias”, “Mundo sin fin, veintinueve noventa y cinco, su tique, gracias”, “La sombra del viento, veintidós, su tique, gracias”. En temporadas así, mi librería no es más que un supermercado de libros. Pero el resto del año sí que es una librería, por más que los demás no lo crean.

Todo depende del cliente. Más de una vez te toca el típico impertinente estúpido. Se le reconoce por la voz petulante y la expresión de “sé que eres inferior y no vas a entender lo que te digo así que me ahorro la educación y el civismo y, además, te hablo lentamente para que seas capaz de seguirme”. Si no tienes el libro que busca, te dice que “ya sabía yo que aquí no lo ibas a tener”, que yo me digo, “pues podría usted haberse ahorrado el viaje, si tan claro lo tenía”. Si les dices que puedes conseguirlo, te dicen que no, que no lo quieren, que ellos a este sitio no vuelven. Si les explicas que no lo podemos conseguir porque es un libro antiguo y está descatalogado, te tratan de inepto, porque de todos es sabido que es culpa del librero que a la santa editorial no se le haya ocurrido reeditar el apasionante tomo de “La cría del caracol en la Edad Media”. Está claro. No sé cómo no me da vergüenza no tener en mi librería doce ejemplares de tamaña obra maestra. El ilustre y maleducado caballero se irá de la librería con aire ofendido, esperando que yo llore por no haber podido complacerle. Lloro, caballero. De verdad que sí. Sollozo al verle marchar, temiendo no volver a verle nunca.

Si, por un capricho de los dioses, resulta que sí que tienes el libro, lejos de darte las gracias, te miran con escepticismo, no dando crédito, y con cara de “pfff, eso ha sido potra seguro”. Lo que más me gusta es comentar algo cuando da la casualidad de que me he leído dicho libro. Algo en plan “Es muy bueno, aunque me gustó más tal otro del mismo autor” o “Ese libro surgió a partir de este otro de tal autor”. Te miran con cara de espanto profundo y huyen con el ceño fruncido y farfullando. Eres una librera que sabe de libros. Qué ignominia. Yo paladeo mi venganza tras mi cordial y educada sonrisa de dependienta. ¡JA!

Pero luego están los clientes que molan. Están los que te dicen “Me gustan Murakami y Paul Auster, ¿qué me puedes recomendar?”. Estos clientes son una gozada. No hace falta que sean genios. Basta con que sean educados. Y que sean lo suficientemente humildes como para darte el beneficio de la duda: puede que no sepas nada de libros, o puede que sí. No dan por hecho que seas una taruga. No necesitan imponer su hipotética supremacía cultural, y creo que eso denota una inteligencia diez veces superior a la de los clientes que antes he descrito. Si les recomiendas mal, no volverán, eso es todo.

Si algún día coincido con el señor Pérez-Reverte, le diré que mi pequeña venganza es no recomendar jamás un libro suyo. Será porque no entiendo de libros que no soy capaz de apreciar la suma calidad de su grosera y soporífera prosa. Y jamás, repito, JAMÁS admitiré en público que leo y respeto sus artículos periodísticos. Porque me cae mal. No creo que esto le haga llorar precisamente, pero dejadme, yo soy feliz así.

Buenas tardes, ¿qué desea?”, “Un día de cólera, de Pérez-Reverte”, “Vaya, no lo conozco, pero este de aquí es increíble, en serio. Veintidós cincuenta. Su tique. Gracias”.

6 comentarios:

delarica@unav.es dijo...

no hagas ni caso a tamaño descebrado; la verdad es que no ha estado nada bien que te diga que Coetzee era complicado (aunque no lo creas, no era un acto de prepotencia: yo no soy capaz de leerlo, lo que tras 20 aóas dedicado a la teoria de la lit. y a la lit. comparada es frustrante): bueno, me ha encantado conocerte y enhorabuena por tu magnífico blog. Alvaro

Beatriz dijo...

anaïs, me encanta el blog... y admiro tu uso de la pluma... Pero, ¿qué tal alguna fotografía? le daría más vida, y mucha más expresión!
(pero supongo que es una cuestión de estilo)
B.

tere dijo...

Muy wenas. conq de mudanza, eh?? Por cierto, muchas gracias por lo del cuento. Agur

OïErTxO

PD: Yo tmbn odio a reverte (por cierto hoy lo imitan en muchachada nui, sin más me hizo gracia)

oier dijo...

No hagas caso al nombre, era la cuenta de mi madre.

Demente dijo...

Bufff, nunca antes había leído a un escritor que echara tanta mierda por la boca de forma tan gratuita... Le haces un gran favor al mundo no recomendando sus libros.
Es un placer leer tu blog. Saludos y ánimo!!
Zeta Ibarzo.

Mariana dijo...

No he leido ningún libro de Arturo Pérez Reverte.
A veces el cuerpo canta las sonatas más acertadas.....Y siempre que he tenido un libro de él en mis manos algo de mi cuerpo avisaba:Déjalo!!!
Y dejados estan.