15 de abril de 2009

LA REALIDAD EN EL TEATRO



Siempre ha habido en la literatura. Es el problema de si los autores deben tratar sobre nuestra realidad o si deben crear una realidad independiente. Este tema se encuentra en todos los autores y todos los géneros, pero toma particular importancia en el teatro. El teatro, a veces lo olvidamos, no está escrito para ser leído, sino para ser escuchado y visto. Desde Plauto hasta Arthur Miller, pasando por Shakespeare y nuestro Lope de Vega, todos han escrito obras para que fueran representadas. Si Lope de Vega supiera que docenas de estudiantes de filología (como yo misma) pasamos horas con reproducciones de sus escritos, intentando descifrar lo que querían decir sus versos, peleándonos sangrientamente con las notas a pie de página, estoy segura de que nos miraría como a un hato de estúpidos. ¿Leer el teatro? ¡El teatro es para verlo! ¡Para divertirse! Lo cierto es que hoy en día nos complicamos mucho la vida.


El teatro hoy día ha perdido fuerza o, mejor dicho, ha evolucionado y se ha convertido en otros géneros. Los guiones de cine, o de series de televisión, son el equivalente al teatro áureo. Son textos que están hechos para que actores les den vida. Y son textos que tienen como fin entretener al público, y cuando digo “entretener” lo digo, claro, en un sentido amplio. Uno puede estar la mar de entretenido intentando averiguar qué diantres quiere decir una película sesuda, lo mismo que viendo las piruetas de los actores de un musical. Porque el teatro no es sólo el texto, sino lo que el texto da pie a hacer. Cuando en una acotación pone “bailan”, eso es tan teatro como cuando indica qué frase viene a continuación.


El caso es que el teatro es un texto que se convierte en acción, es un texto que se “hace”, que se convierte en realidad. Y por eso decía yo al principio que el teatro es un género en el que tiene especial importancia la problemática aquella de si la literatura debe imitar a la realidad o crear otra distinta. ¿Queremos historias, y actores, que nos convenzan, que nos hagan pensar que lo que vemos es cierto? ¿O queremos historias que nos evadan, que nos lleven a mundos nuevos y desconocidos? Lógicamente, cada uno piensa una cosa. Y, lógicamente también, cada uno hace una cosa.


Hay dramaturgos que nos acercan a situaciones que podrían perfectamente darse en nuestro mundo, incluso en nuestra vida diaria. Ahí tenemos, por ejemplo, a Tennessee Williams, que es un genio contando pequeños dramas familiares, como hace en El zoo de cristal. Es una obra en la que no pasa casi nada: es simplemente la historia de una madre que intenta encontrar un novio a su timidísima hija. Y nada más. Pero los personajes son tan débiles, tan humanos, que es imposible no involucrarse en la historia. Quieres que todo salga bien, porque crees que si ellos pueden ser felices, tú también podrás. Porque son personajes de carne y hueso, como nosotros.


Sin embargo, hay autores que crean realidades y personajes que no tienen nada que ver con nuestro mundo. Ahí tenemos a Ionesco, que nos muestra un pueblo irreal, un lugar extravagante, con personajes, que no personas, que hablan rarísimo y su historia trata de que, de repente, un día, toda la gente comienza a convertirse en rinoceronte. Uno a uno, van sucumbiendo. Esto no puede pasar. Es algo ilógico, tonto, increíble. Pero es una obra llena de fuerza, sobre todo cuando lees en el programa de mano que es una metáfora sobre la extensión de las ideas nazis. Es como en la Metamorfosis de Kafka. No nos paramos a pensar en que es imposible que Gregorio Samsa se convierta en un monstruoso insecto: nos damos cuenta de que, a través de esa historia inverosímil, nos está hablando de cosas que nos afectan.


Así que a lo mejor, ese problema en la literatura no es realmente un problema. No es que un tipo de obras traten sobre la realidad y otras no: es que emplean medios diferentes para hablar de ella. Después de todo, un clásico no sería un clásico si no hablara de cosas imperecederas, inmortales, de cosas que afectan y siempre van a afectar a los seres humanos. Otra cosa diferente es el medio por el cual nos habla de esas cosas comunes a todos nosotros. Aunque nunca vayamos a llegar a sus extremos, comprendemos los celos de Othelo. Y aunque no tengamos tantos problemas para relacionarnos, nos ponemos en el lugar de Laura, de El zoo de cristal. Porque ambos nos hablan de sentimientos que nos son conocidos, o de situaciones que, de alguna manera, hemos vivido. Y es que el teatro, la literatura, por muy ficción que sean, también son siempre un poquito verdad.


No hay comentarios: