15 de abril de 2009

FAROLA

Queridos señores míos:

Conforme se acerque la fecha, insistiré en ello sin parar hasta el punto de ser odiosamente pesada. No obstante, voy comentándolo. Van a publicar mi farola. Mi novelilla. Una pequeña editorial llamada El telar de Penélope. Y estoy muy contenta, claro. Pero dejaré de estar contenta y pasaré a estar enfadada si no la compráis, malvados. Os iré diciendo. Os dejo con la primera página de tan excelsa obra. Podéis criticar cuanto queráis, ya que estoy corrigiéndola todavía, pero sed benévolos, que lo escribí con diecisiete añitos... Salve.






1. INTRODUCCIÓN A UN DIARIO PSICOTRÓPICO


1.

Mario Ulloa mira al mar como si buscara algo sabiendo que no lo va a encontrar. Su cuerpo joven y terso se opone al viento y se le tensan las mejillas y se le afilan los pómulos. El viento veloz carcome las células, seca su piel y lanza su pelo castaño hacia atrás. Lleva un abrigo gigante de color beige y entierra las manos en la hondura de sus bolsillos laterales. Sus ojos son más azules que el mar que mira; mientras, el mar se pierde en su infinitud. 

     El resto del mundo no existe porque aún no lo he descrito. Sólo están el mar, Mario, su abrigo y sus ojos infinitos. Por ahora. En esta frase incluyo una farola de esas negras no muy altas que dejan siempre de funcionar en el momento en que un niño en bicicleta choca contra ellas. Mario, obstinado, se niega a agradecerme la farola pero sin embargo le hace aprecio y se apoya en ella. Ahora están Mario, el mar, su abrigo, sus ojos interminables y la farola. No hay orilla, no hay acantilado, no; no los hay porque aún no he hablado de ellos. Están Mario y el mar, uno frente a otro, retándose y compadeciéndose porque sólo el uno al otro se tienen, porque ambos están sujetos a mis palabras y ni uno ni otro existen fuera de ellas. Son conscientes de que si se rebelan yo arrancaré la hoja y se perderán en el vacío de lo no recordado. Quizás un día podrían ser conscientes de su existencia dentro de mi subconsciente, pero saben que incluso en ese caso hipotético, sería una consciencia fugaz y poco satisfactoria y como los personajes de mis paranoias que pretenden ser literatura son como yo — son yo (es decir, cerebrales) — no hallan placer en el riesgo. Prefieren — como yo — aferrarse a su absurda existencia. Por eso Mario no se arroja al mar en un arrebato suicida para ser el primer mártir literario por voluntad propia y por eso mi mar no se seca, no muta, es eterno. Ahora que mi mar ha surgido en mi cuaderno existe para siempre (a menos que yo lo tache) y siente cierto orgullo al respecto: muy pocos seres poseen el don de la inmortalidad. 

Hola mar. — le digo

— Hola autora. — me dice, diciéndome yo esto.

¿Qué me debes?

—  Mi existencia.

¿Qué me entregas a cambio?

— Omnipotencia.

¿De qué modo?

— Del siguiente:

      tú me ordenas,

      yo obedezco;

     si me condenas,

     yo perezco;

     mi futuro, mi pasado

     está en tu mano.

De acuerdo. Entonces, si yo te otorgo inmovilidad, ¿qué pasará?

— Extinguiré todas mis olas:

     cuando Mario se introduzca en mi inmensidad

     su cuerpo no creará ondas.

     Seré la eternidad

         inmensa, quieta y sola.

¿Sola?

— Las olas son mi compañía,

     mis amantes, mi alegría.

Mas yo quiero un mar inmóvil.

— Así será, pues, señora mía.

— Cobarde… — dice una metálica voz despectiva.

¡¿QUÉ?! ¿Quién ha osado hablar sin mi permiso?

¿Mario?

— No.

¿Farola?

— Tía, tú eres tonta. Imaginaria, pero sigo siendo una farola.

Vale, perdona… Pero, y si quiero que hables, ¿qué? Soy omnipotente, lo ha dicho el mar.

— Vaya autoridad, un mar cursi que habla en verso.

— El verso, la rima,

     a los sabios estima.

   — A ver, mar, zopenco, —dice la farola— yo también sé rimar: aurículo,

        caulículo, versículo, testículo, ¿ves? Pero no soy tan pedante como tú.

Farola, me da que no sabes apreciar el arte.

— ¿Arte? Por Dios. Cómo se nota que eres tú quien habla por él.

Mira, farola, no me toques las narices, que te tacho.

— ¡Táchame! Tan a gusto estaba yo sin existir, así de claro te lo digo. Pero claro, el guaperitas necesitaba un apoyo y, ¡cómo no!, una farola, para que la meen los perros. Y luego, nada, aquí a morirse de asco. Hay que joderse.

¡Eh! ¡No hables mal en mi historia!

— ¡A tomar por culo! ¡Que me taches y punto! Pon un árbol, ellos tienen buena vida. Hay incluso organizaciones que los protegen. ¿Hay alguna “Asociación de Protección de la Farola”? Un carajo va a haber. Las farolas no tenemos sentimientos, por lo visto. Somos un trasto, un cacharro. ¿Te acordarás, cuando acabes esta historia de mierda de decir “y a la farola la desguazaron y fundieron e hicieron con ella una obra de arte que está en el Guggenheim y vale lo que un Picasso”? ¡Por supuesto que no! Eternamente farola, nada más.

— Cierto es

      que tu vida

      triste es.

— Claro que es cierto. ¿Qué te crees, que me quejo de vicio? Y tú, guaperas, quítate de encima que me estás clavando el codo. 

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