30 de diciembre de 2009

SU TIQUET GRACIAS


Quién va, para regalo, son veinticinco cuarenta, gracias, los cambios y el tiquet gracias, envolver, pegatina, a la bolsa, ¿y no me pone un adorno?, sacar de la bolsa, una fila enfurecida de clientes enfurecidos, colocar el adorno, meter en la bolsa, fila furibonda que bufa, aquí tiene, gracias, siguiente.

Quién va, para regalo, diecinueve noventa, justo, perfecto, su tiquet gracias, envolver, pegatina, ¿quiere adorno?, no hace falta, a la bolsa, bueno sí mejor ponme adorno, bufo en mi cabeza tras una mueca macabra que simula una sonrisa, sacar de la bolsa, adorno, a la bolsa, aquí tiene, siguiente, ¿me has dado el tiquet?, sí señora, ¿seguro?, sí señora, no lo encuentro ah sí aquí está, gracias, siguiente.

Quién va, para regalo pienso en París catorce noventa y cinco con sus calles de lluvia su cambio y su tiquet en las editoriales de París gracias en las que podría trabajar envolver pero para eso tengo que estudiar francés pegatina así que me compraré la gramática de espasa el adorno porque es un sueño plausible a la bolsa y está claro que esto no es vida gracias en absoluto siguiente.


20 de diciembre de 2009

LOS PERROS ROMÁNTICOS

En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba ese sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
y aquí me voy a quedar.

Roberto Bolaño en Los perros románticos (Acantilado, 2006)

3 de diciembre de 2009

LA AUTORIDAD Y EL RESPETO





Siempre he sido excesivamente orgullosa. Y tengo hacia mi orgullo una actitud ambivalente: no me alegro de ser tan orgullosa porque a veces la dignidad se convierte en terquedad, pero prefiero ser digna y vapuleada antes que humillada. Prefiero acabar malherida antes de agachar la cabeza.

Cada día he de entrar en un edificio enorme por una puerta diferente a la del resto de la gente. Esa es mi primera capitulación diaria: bajar largos tramos de escaleras hasta un subsuelo lleno de laberintos, como una rata de laboratorio, y caminar por pasillos subterráneos hasta aflorar en un mundo de servilismo. Un mundo de servilismo donde, claro, yo soy la sierva. No me importa ofrecer servicio. Nunca me ha importado. Creo que la dignidad del ser humano reside en gran parte en su capacidad de ofrecerse. El problema viene cuando aquellos que te piden servicio confunden el servicio con el servilismo. Cuando confunden autoridad, respeto y sometimiento.

Me he resignado a empeñar la mitad de mi vida a cambio de un sueldo cuasi-digno. Pero no van a hacer de mí parte de toda esa parafernalia. Como dicen en muchas películas, "tienen mi cuerpo, pero no mi corazón". Intentando hacer que suene ligeramente menos ridículo diré que tienen mi tiempo, pero no a mí. La Anaïs capaz de hacer grandes cosas está aquí dentro, guardada, esperando su oportunidad. Y algún día llegará. Estoy moviendo los hilos para que esa oportunidad llegue, y sea un hecho, y sea un hecho que marque un hito (una beca, un trabajo mejor). Algún día dejaré esos laberintos cavados en las tripas de la ciudad y llenaré aún más mi casa de libros, y pasearé por aulas y por claustros y tendré tiempo, por fin, para estudiar con mayúsculas; estudiar de forma madura, leer comprensivamente, investigar, investigar, investigar y, así, aprovechar este cerebro y a sus fieras para desenmarañar un poquito más ese universo literario que me apasiona. Yo sé que llegará ese día, y toda esta frustración y todo este resentimiento no serán más que un par de párrafos en este blog y algún relato introspectivo. Y nada más.

26 de noviembre de 2009

MAÑANA TENGO CLASE



Me gustaría poder dormir. Pero es una de esas noches inquietas. Una de esas noches en que te levantas y dices "Voy a ponerme a escribir" y en lugar de hacer esa novela soñada o ese poema que abrirá las puertas de un mundo nuevo, te encuentras a ti misma mirando dibujos de pin ups de los años 40 en google. ¿Por qué razón? Pues no lo sé.

Pero, ¿por qué razón no puedo dormir? Soy una buena chica. Tengo la conciencia tranquila. He tenido una larga jornada de trabajo. Estoy cansada. ¿Por qué no puedo dormir? No es justo. Ni lógico. Ni sano.

He mirado también fotografías de desnudo artístico. El desnudo es un tema que me interesa. No por nada. Y, la verdad, estoy demasiado cansada como para intentar hablar de esto, pero creo que intento buscar el límite entre lo meramente físico, lo artístico, lo erótico y lo pornográfico. La diferencia entre lo erótico y lo pornográfico es muy sencilla. Es una diferencia de intención. Pero lo erótico es un campo ambiguo. Lo erótico es aquello que explota la belleza del cuerpo, que no lo transforma en otra cosa ni lo cosifica, pero que resalta la belleza de un cuerpo tanto que casi consigue que pasemos de ser espectadores a ser partícipes de esa belleza. O tal vez no. Ya digo que estoy muy cansada y que tengo sueño y que me duele la espalda, y de este tema no tengo ni idea. Es la típica idea que se da cabezazos contra las paredes de tu cerebro, pero que nunca toma cuerpo. Es una idea sin cuerpo. Sin palabras.

A mí, la Olimpia de Manet me parece el vértice en que se encuentran lo bello, lo físico y lo erótico. Pero la Olimpia tiene muchas más implicaciones. Te mira de frente y te dice "Soy puta, sí; atrévete a juzgarme". Es tan digna. Ese cuadro siempre me ha impresionado hasta la turbación. Esa seria altivez, esa seguridad que irradia. Esa fuerza. El arte está lleno de mujeres, pero hay pocas mujeres fuertes, intensas. Están Olimpia, Anna Karenina,  la Victoria de Samotracia y poco más. La mayoría de las mujeres son débiles, dóciles, son frágiles, son elementos decorativos tristes, bellas hasta el dolor físico, pero nada más. No tienen fuerza. En todo caso, como Teresa en La insoportable levedad del ser, su fuerza reside en su vulnerabilidad. Su fragilidad es su arma. Pero yo me consuelo con que hay Annas y hay Olimpias y hay Victorias que sacan la fuerza de su propia belleza. Hay mujeres fuertes. Tenemos esperanza.


Nunca suelo meterme en ese discurso "mujeril". Es tan fácil caer en el tópico. Y odio decir obviedades y odio los lugares comunes y no decir nada que aporte lo más mínimo. Pero últimamente, no sé por qué, mi feminidad me ha atacado como blandiendo una espada. Tengo el tema en mente. Y no sé por qué, relaciono todo esto con el erotismo y con la naturaleza y con todo esto de lo que venía hablando. No: no sé adónde quiero ir a parar. Supongo que esto tiene que ver con que Anna Karenina y Olimpia son mujeres muy sensuales, pero no traspasan la barrera del erotismo. Tolstoi jamás relataría escenas de dormitorio de Anna y Manet retrató a Olimpia tapándose el pubis con la mano colocada en el muslo de forma exquisitamente discreta, natural. Porque Anna sería adúltera y Olimpia sería puta, pero eran unas señoras. Eran unas señoras. Lo que quiero decir es que tal vez la fuerza de estas mujeres resida en el misterio de su sensualidad, en su erotismo. En que son sensuales, eróticas, pero no objetos. El erotismo mistifica, mientras que la pornografía cosifica.

Tal vez digo chorradas y, además, chorradas aburridas. Pero son las dos y media de la mañana y tengo mucho sueño e insomnio y dolor de espalda y me pesan los párpados. Así que quizá otro día recupere este tema con un par de ideas frescas y una digna capacidad sintáctica. Pero no prometo nada.

24 de noviembre de 2009

TENGO UNA NUEVA EXCUSA PARA NO ACTUALIZAR EL BLOG

Porque tengo fiebre.

FIEBRE. 
FIEBRE. FIEBRE. FIEBRE.

Poquita. Sobrevivo buenamente. Parece mentira que una cosa tan nimia como una muela pueda dejarte tan tirada. Y es la tercera muela del juicio en un año. Me estoy haciendo mayor de repente, me parece a mí.

En breve relataré mis andanzas londinenses, no sufráis.





Fotografía sacada, vía Google Images, de http://fleko.wordpress.com/2009/09/06/resumen-semanal-semana-del-317/

14 de noviembre de 2009

ME VOY A LONDRES

Así que tengo una excusa digna para no actualizar esta semana ni hacer ningún tipo de caso a este blog.

LONDRES
LONDRES
LONDRES LONDRES LONDRES



Imagen extraída de Google images.

8 de noviembre de 2009

LA PETULANCIA



Tengo dormida en el regazo una bolita brillante de pelo negriblanco, que respira al mismo compás que yo. Pero cierto desasosiego me impide disfrutar plenamente de la ternura que despierta en mí mi Benito querido, mi gatún adorado. Tenía que escribir, así que me he levantado de la cama. Mañana trabajo de mañana (sí, trabajo el domingo. También), pero estaba harta de dar vueltas. Y ahora no hace demasiado frío. En fin, que me he levantado para hablar de un tema. De la petulancia.

La petulancia es, sin duda, un vicio desagradable y extendidísimo. Reconozco que estoy aquejada de dicho mal. El mero empleo de la palabra "petulancia" en lugar de "soberbia" o "prepotencia" lo indica. Estamos en una sociedad donde lo petulante prima.

A ver. Estos días en clase hemos estado dando vueltas y vueltas al tema del canon. Que si existe un canon en la literatura, que en qué consiste. Que qué obras constituyen el canon. Esas cosas. De forma muy superficial, diré que el canon es el conjunto de obras universales que componen la Literatura (así, con mayúscula), el tipo de libros que la sociedad o los académicos o el tiempo hacen prevalecer: las obras universales que pasarán a la historia, vamos. Hay quien dice que lo del canon es un timo y una imposición del hombre occidental, heterosexual y blanco. Hay quien dice que el canon murió y que ahora lo que hay son intereses comerciales (editoriales) y márketing. Querría apuntar un par de notas de lo que creo yo ahora, en los inicios de mi formación (o sea, cuál es mi opinión sin adulterar):

Desde mi punto de vista de librera, diría que hay tres cánones: el puramente comercial, el comercial-cultural y el clásico; y al menos cinco tipos de lectores: el ingenuo, el normal, el cultureta, el petulante y el culto.

Toda editorial busca beneficio, eso está claro. Pero hay editoriales que buscan SÓLO el beneficio (el ejemplo que a todos se nos ocurre, imagino, es Planeta), mientras que otras buscan conseguir ese beneficio económico consolidando su prestigio cultural como, yo diría, Acantilado. La diferencia es notable. No digo que todo lo editado por Planeta sea de ínfima calidad (no lo sé) o que Acantilado sólo publique joyas, pero sí es cierto que para la primera la calidad de la obra no es primordial. La literatura a la que este modo de funcionar da lugar es la que yo llamo "puramente comercial". No tiene afán artístico alguno.

Luego está el comercial-cultural. La mayor parte de las editoriales entran dentro de este campo. Combinan la apuesta por autores conocidos con otros que no lo son tanto: con los primeros se cubren las espaldas (sacan varios títulos nuevos por campaña que serán venta segura, como por ejemplo Mendoza en Seix Barral o Saramago o Pérez Reverte en Alfaguara) y con los otros van abriendo mercado y explorando posibilidades. Hay libros muy buenos, otros son más facilones: prosa amable, lectura para todos los públicos, moraleja y final triste con rayito de esperanza... Salamandra es muy de este estilo: tiene sus grandes (Nemirovsky, Marai) y sus populares (Hosseini).

Y por último el clásico: son las editoriales de siempre que se dedican a editar y reeditar los clásicos: grupo Anaya tiene Cátedra y las colecciones de Alianza; grupo Planeta tiene Espasa Calpe (Austral); también están Alba, Mondadori... y otros más cutrillos como Edaf.

Los lectores ingenuos leen del primero y del segundo tipo de libros. Los normales, de los tres tipos. Los culturetas, de los dos últimos. Los petulantes, o bien sólo del último, o bien sólo cosas escogidísimas del segundo. Los cultos, yo creo, leen de todos los grupos. De hecho, creo que la gente más culta es la gente más normal.

La diferencia entre los culturetas y los petulantes es que los primeros son un poco repelentes y los segundos decididamente estúpidos. Los petulantes son un subgrupo de los culturetas. Mejor dicho, una desviación. Un petulante es un cultureta subidito. Un petulante es un cultureta que ha de ser más cultureta que todos los culturetas, y para ello ha de despreciarlos. Más o menos, creo que eso viene a ser.

Un ejemplo claro, sería, yo creo, que un cultureta lee a Bukowski; un petulante lee a Houellebecq y desprecia a Bukowski, a pesar de que el mes anterior perdía el culo por Bukowski. Yo creo que he pasado al estadio siguiente (petulante cultureta gafapasta? Dejémoslo en insoportable) y he llegado a la conclusión de que todas las novelas de Bukowski son iguales entre sí, novelas escritas para ser polémicas que consisten en una sucesión de escenas de sexo totalmente intercambiables; y las de Houellebecq, lo mismo: hombre solitario del siglo xxi reflexiona sobre su tiempo, practica sexo, sigue reflexionando y llega a la conclusión de que es cínico. Me aburro.

No. Reflexionándolo mejor, creo que lo que diferencia a un cultureta de un petulante no es lo que lee, sino su actitud ante lo que lee. Al cultureta le gusta hablar de lo que lee, y todo le parece lo más nuevo y lo más radical y lo más impresionante. El petulante se caracteriza por su absoluto desprecio hacia la mayor parte de la literatura, por la certeza de que algún día escribirá algo mejor que todo lo que ha leído, y por su imposibilidad de reconocer que no sabe todo.

Todos tenemos cierto grado de petulancia, ya lo digo. No estoy atacando a nadie en concreto, por si acaso en algún momento lo ha parecido. En todo caso, me estoy atacando a mí misma. Pero sí es verdad que soy librera y a diario tengo que aguantar a auténticos borregos. Siempre he dicho que me parece mucho más digna de interés una persona que sólo lea a Ken Follet y Dan Brown pero que se deja aconsejar y que reconoce que lee para disfrutar un rato, que esas personas que coleccionan títulos molones para recitar e impresionar a la gente, y que se creen que saben más que tú. Siempre.

He pasado tres años trabajando en una biblioteca, y otros tres en librería. He estudiado Filología Hispánica y ahora estoy estudiando Literatura Comparada. Soy lo que comúnmente se dice una lectora empedernida. Creo que sé bastante de libros. Y precisamente porque sé de libros sé lo vastísimo y absolutamente inabarcable que es este campo que amo que es la Literatura.

Las personas que creen que saben todo de algo, a mi entender, es porque no saben lo suficiente de nada.

He dicho.



Foto tomada de Google Images.
Y de paso os recomiendo la canción Sánchez Tragón de Mortadelia (pinchad aquí), que viene muy a cuento.

1 de noviembre de 2009





En primero de carrera, mi padre siempre me dejaba en el campus hacia las siente y media de la mañana, de camino al trabajo. La Universidad abre sus puertas a las ocho, y mis clases empezaban como muy pronto a las nueve, con lo cual me pasaba una hora y media diaria sola, haciendo tiempo, y la primera media hora me dedicaba a pasear por el campus, pese al frío helador.

Por lo general, daba cuatro vueltas a los jardines, entreteniéndome siempre (en otoño) a mirar la increíble belleza de mi árbol favorito (el que he puesto ahí arriba): el rojo intenso, su forma contra el cielo cuando estaba clareando... me parecía lo más bello del mundo. Acababa mi ronda a las ocho menos diez, cuando me sentaba en la repisa junto a la puerta de la Biblioteca que da a la Facultad de Comunicación, que es donde tenía mi primera hora (lunes y martes, Lingüística) y miraba hacia la puerta. Me encantaba hacer eso. La facultad de Comunicación está un poquito elevada sobre el terreno, y para llegar a la puerta hay que subir o bien unas escaleras, o bien una pequeña rampa. La rampa está construida pegada a un ala del edificio, y está iluminada por una hilera de focos redondos anclados al suelo. Cuando una persona camina por la rampa, a oscuras y en invierno, alumbrada sólo por esos focos, la sombra que proyecta sobre la pared es larguísima y muy estilizada, y a mí me encantaba ver ese baile de sombras. Las personas se convertían en enormes insectos amables, de piernas kilométricas y paso danzarín.

Echo de menos el otoño. Y echo de menos esa hora diaria de introspección que tan en orden me ponía por dentro. Esa hora no la empleaba para nada: ni escribía, ni leía, ni oía música. Simplemente me dedicaba a disfrutar. A veces desayunaba, y disfrutaba más todavía. Pero entonces salió un trabajillo que parecía hecho  a mi medida: sólo me ocuparía una o dos horas diarias y podría sacar unos duros para pagarme mi comida. Lógicamente, la hora que sacrifiqué fue aquella en la que no hacía nada, y fui tonta, porque sacrifiqué la hora más importante de todas. He hecho intentos de recuperarla, pero esa hora es irrecuperable. Era esa hora.

De todos modos, Salamanca es una ciudad que se presta al paseo y a la introspección. Espero aprovecharla. Ya va siendo hora de dejar de arrepentirse de no aprovechar las cosas. La vida se me está yendo y quiero tener agarrada su mejor parte en forma de recuerdos que merezcan la pena. Que quién sabe si nos queda menos de lo que esperamos.

27 de octubre de 2009

DE POR QUÉ ME CUESTA TANTO ACTUALIZAR






Lo prometo. Intento actualizar. De hecho, siempre me digo "Los jueves voy a sacar aunque sea una horita para actualizar" o "Aunque sea un vídeo, aunque sea colgar un vídeo" u "O un poema viejo, lo que sea". Pero al final no actualizo. No es porque sea una rancia. Bueno, sí, es porque soy una rancia. Qué le vamos a hacer. Soy rancia.

El problema es que hace tiempo que no escribo. Dibujar sí que dibujo. De hecho, pronto colgaré algún dibujillo. Pero escribir, me cuesta más. Supongo que tengo dentro demasiado mar como para articularlo en palabras. Supongo que no estoy ahora mismo en disposición de crear diques verbales para mis sentimientos, no soy capaz de darles forma. Bastante tengo con evitar que me lleven consigo.

Bueno, he mentido. Sí que he escrito algo. Pero es tan parco que no sé ni si se puede decir que es "algo". De todos modos, allá va.




Y entonces vuelve el desconcierto.
Ese afán de mis diez años
por saber dónde encajar.
Y no saberlo.





Y supongo que este resultado grita por sí mismo por qué ni siquiera intento escribir más.

Foto, claro, de Itsaso

6 de octubre de 2009

CONCURSO DE LYE




Mi querida Albiña tiene un blog que ya no es un blog sino un emporio, Letras y Escenas www.letrasyescenas.com, que ha convocado un concurso raruno en que sortea unos libros de Emily the Strange, y que consiste en contar tu día más raro (Para participar pulsad aquí). He decidido participar con una anécdota verídica que he pensado que podía ser una buena entrada de este muermoblog. Así que aquí está mi anécdota. Después de este día, Frethún paso a significar "cachomierda".



La verdad es que en mi caso es complicado quedarse con un único día raro, pero pensando y pensando he decidido que el que se lleva la palma de mis días rarunos es el día de Calais-Frethún. Hazte con unas palomitas y siéntate, que va para largo, Albiña.

En el 2006 me fui de Interraíl con unas amigas por la zona de Francia y Países Bajos. Supongo que lo sabréis, pero el Interraíl consiste en un billete de tren que es válido en toda una zona de Europa. Llevábamos diez días de mochileras y se nos ocurrió ir a la playa. Y a mí se me ocurrió algo más genial aún: ir a la última playa de Francia. Calais es la última punta al noroeste del país, y para allá que nos fuimos. Pedimos un billete y nos preguntaron qué preferíamos “Calais Ville” o “Calais Frethún”. Nos daba igual, así que miramos cuál nos iba mejor de horario y escogimos Calais Frethún. Craso error.

Llegamos a la estación de Frethún y compramos el billete del tren a París, que salía cinco horas después. La estación era rara. Estaba COMPLETAMENTE desierta. Eso, en una ciudad costera francesa en pleno agosot, es muy raro. No había nadie, sólo una señora de la limpieza a la que nos acercamos para preguntar cómo ir a la playa. Huyó de nosotras. Nos miramos unas a otras pensando que debíamos de tener muy mala pinta. Encontramos un mapita en la entrada de la estación. Buscamos la playa. Calculamos que la playa estaría a unos ocho kilómetros y nos quedamos con cara de “Oh, no, horror”. Salimos fuera. No había autobús. No había taxis. No había ni un solo coche aparcado. Sólo había un camión militar con cuatro reclutas comiendo un bocadillo a la orilla de una carretera que se hundía en un horizonte vacío y una desoladora explanada llena de vegetación salvaje, pajas descuidadas de un grosor inaudito, y algún poste de la luz aquí y allá. Puede verse una fotografía de la escena aquí ().

teníamos cinco horas por delante. Hacía un calor abrasador. La playa estaba a diez kilómetros en dirección desconocida. ¿Qué podíamos hacer? Decidimos escondernos detrás de unos matojos (había amplia gama donde elegir) y tomar el sol, que era lo más parecido a pasar un día de playa que estaba a nuestro alcance. Posé mi toalla sobre las pajas silvestres. La agujerearon. Decidí no tumbarme a tomar el sol, porque no soy un fakir. Una amiga mía se tumbó y de repente empezaron a sonar ruidos sibilantes y amenazadores, como de culebra crecidita. Cambiamos de sitio.

Entonces me di cuenta de que no teníamos cómo comer. Llevábamos alguna conserva en las mochilas, pero no teníamos pan en que untarlas. Habíamos visto en el mapa que a eso de cuatro kilómetros siguiendo la carretera había algo así como un centro comercial. Dos amigas se quedaron en el campamento, otra valiente y yo fuimos a buscar pan para alimentar a la prole.

Echamos a andar por la carretera. Las suelas de las zapatillas iban quedándose pegadas al asfalto. La carretera era un hilito de calor entre dos columnas de plantas enormes. Las margaritas del camino tenían el tamaño de girasoles. No había pasado un alma por ahí desde la guerra de las Termópilas. A lo lejos vimos una rotonda y ¡milagro!, en la rotonda había un ciclista. Lo llamamos a voces en nuestro pobre francés y él salió huyendo. Salió por la tercera bifurcación. Decidimos seguirlo. Y entonces llega la parte más rara de la historia. Detrás de la vegetación, de los matojos horrendos, a la derecha, había un camino de asfalto bajo un arco de enredaderas, que daba paso a un pueblo. No sé si habéis visto Bif Fish. A mí me recordó a esa película porque era un pueblo tan perfecto que daba mal rollo. Las casitas eran todas iguales y preciosas, en tonos pasteles. Tenían su jardincito, con su cubo cilíndrico de basura en la entrada. No había un alma (tal vez porque eran las tres de la tarde). Entonces vimos a una chica. Una chica de unos catorce años, rubia, pálida, delgada, preciosa, con unos ojos enormes, a la que preguntamos dónde podíamos comprar pan. Salió su madre de la casa. Era una réplica de la chica, pero con veinte años más. Instó a la chica a que nos acompañara. Nos hizo pasar por su jardín y salimos por una puerta trasera en la valla de madera. Fuimos por un sendero de tierra lleno de curvas siguiendo a la chica, que nos empezó a hablar en inglés. Pese al calor, llevaba un pantalón, un vestido, y calentadores en tobillos y muñecas. Vestía toda de blanco, salvo los calentadores que eran a rayas negriblancas. Nos contó que no nos había hablado al principio porque los militares habían prohibido que se diera cobijo a los inmigrantes, porque a esa zona iban muchísimos. Nos contó que para ir al colegio tenía que levantarse tres horas antes porque había una sola escuela en toda la zona. No sé qué más cosas nos contó, tenía demasiada hambre. Caminamos media hora hasta llegar a otro pueblo. Este era más antiguo, pero también daba mal rollo, y también estaba desierto. Llegamos a una boulangerie y compramos dos barras de pan. Caminamos otra media hora hasta llegar al pueblo. Caminamos otra media hora para llegar a la estación. Y cuando nos dirigíamos hacia los arbustos para llevar el pan a nuestras amigas, los militares nos empezaron a seguir. Apretamos el paso. Ellos empezaron a correr. Nos siguieron hasta los arbustos y nos preguntaron a dónde íbamos. TU DE ESTEISION, dijo una de nosotras. Y fuimos tu de esteision a comernos un bocata.

A lo mejor he soltado una chapa horrible para nada, porque creo que no habré sido capaz de crear la situación de extrañeza que producía todo: la desolación del sitio, los militares, el pueblo fantasmal, la chica etérea. Fue rarísimo. Podría romper el aire misterioso contándoos que ese mismo mediodía descubrí que el calor había abierto la lata de un kilo de paté y que éste se pudrió e impregnó toda mi mochila, pero esa es otra historia.

5 de octubre de 2009

SOBRE LO DIFÍCIL QUE ES ACTUALIZAR CUANDO TE DUELE LA CABEZA

Creo que tengo dolores de cabeza desde antes de los 11 años, pero fue a partir de esta edad cuando se hicieron insoportables. Por lo general, la gente piensa que eres una quejica, o que exageras, porque claro, cada tres días (cuando estás en buena racha) sueltas ese "me duele un poco la cabeza". Lo que no saben es lo difícil que es vivir cuando te duele.

El médico me ha dicho que es tensional. Estoy estresada y me duele la cabeza. Y vivo estresada. Luego siempre me duele la cabeza. Como me duele la cabeza, no rindo. Como no rindo, me estreso. Como me estreso, me duele la cabeza. Es estupendo.

Y llevo cuatro días diciendo "hoy actualizo", pero estos cuatro días también he tenido que soltar más de una vez el consabido "me duele la cabeza", así que no he actualizado. Y no actualizar no es que me estrese, pero me fastidia un poco. Me da la impresión de estar dejando esto tirado y, a quién voy a engañar, he tomado cariño a este blogucho.

Así que nada, así actualizo: con la entrada más aburrida del universo. Pero os aguantáis. Me duele la cabeza.

23 de septiembre de 2009

¿QUÉ ES POESÍA?


¿Qué es poesía? -dices mientras clavas
   en mi pupila tu pupila azul. 
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?   
  ¿Qué mierda de filóloga eres tú?


No tengo la inventiva para más. Tengo fiebre.


8 de septiembre de 2009

6 de septiembre de 2009

UNA DE SERIES



Como llevo mucho tiempo sin actualizar, he decidido hacer un post sobre un tema que pueda ocuparme un ratito (para compensar). Hoy voy a hablar de las series televisivas que he seguido últimamente (ya que estoy atravesando una minicrisis lectora, en parte por culpa de mi última afición enfermiza: resolver puzzles compulsivamente). El caso, en estas semanas en las que no hago más que trabajar y trabajar y trabajar, lo único que me apetece al llegar a casa es ver un capítulo de una buena serie y después entregarme con frenesí a mi rompecabezas de El grito de Munch (gracias, Amalia, tu regalo de cumpleaños está acabando conmigo y, sobre todo, con mi ya de por sí escasa vida social).

Sé que sorprenderá que no hable de Perdidos (Lost para los más acérrimos seguidores) pero lo cierto es que no he visto jamás un capítulo. Las series de las que voy a hablar son Little Britain, The Office, The Monty Phyton Flying Circus, The Big Bang Theory y House. Por supuesto, no voy a contaros nada nuevo acerca de ellas; solamente voy a hacer una pequeña descripción y a explicar por qué me divierten tanto.

Estas series puedo englobarlas en tres grupos:
1. Series de sketches y humor inglés: The Monty Phyton Flying Circus y Little Britain.
2. Comedias de situación: The Office y The Big Bang Theory.
3. Serie de personaje molón: House.

No hay que mentar siquiera que esta clasificación tiene de rigurosa lo que yo de carretera comarcal. Seguro que Amalia, que es una talibana de la Comunicación Audiovisual, me grita y me pega por hacer esa clasificación, pero es mi blog y clasifico como quiero. Hecho este inciso, prosigo.

Creo que el circo volador de los Monty requiere poca descripción. Son sketches delirantes, con una forma muy propia y peculiar de hacer humor, que juegan con el absurdo y que o se adoran o se aborrecen. Hay chistes recurrentes dentro de un único capítulo o a lo largo de toda una temporada, pero generalmente cada capítulo es una unidad cerrada. No hay hilo argumental, a veces ni tan siquiera temático. Los diferentes sketches se relacionan por esos chistes que se repiten, o son simplemente una enumeración de delirios con interludios de dibujos animados de Terry Gilliam más delirantes todavía. Para alguien que nunca haya visto la serie, yo recomendaría cualquiera de estos sketches:

Little Britain le debe mucho a los Monty Phyton, a mi entender. También se articula por medio de sketches. Cada sketch es una unidad independiente, pero ellos repiten personajes, con lo cual sí hay cierto hilo argumental. Por lo general, cada sketch es una reformulación y aumento del anterior. Por ejemplo, hay un personaje que es una señora obesa, Bubbles, que aprovecha toda oportunidad para desnudarse e intentar conseguir cosas insinuándose sexualmente. La situación resulta cómica porque la señora es lo menos sexy del universo y, de hecho, en un striptease lanza su propio peluquín a la víctima de su acoso. En cada capítulo, las insinuaciones van a más y son más grotescas. Todos los sketches los protagonizan dos actores (que son increíbles, por cierto), más cuatro secundarios, más algún extra de refuerzo. Los chistes, es cierto, a veces dejan de ser divertidos y pasan a ser groseros, pero hay que entender que la serie busca la provocación, intenta romper lo políticamente correcto, y si entras en ese lenguaje, la disfrutas.

The Office tiene dos versiones, una inglesa y otra americana. Yo la que he seguido es la americana. Es una comedia de situación que se desarrolla en una oficina de venta de papel, una oficina pequeñita. Las situaciones cómicas se dan gracias a la combinación de personajes que representan a personas "normales" que tienen que convivir con personajes muy peculiares, como el jefe y Dwight. La serie sigue el formato de un documental: no hay música, sólo sonido ambiental, y los personajes pueden hablar a la cámara y decir lo que piensan. Es la que más tiempo llevo sin ver, y no se me ocurre nada más que contar, la verdad. Si tenéis un ratito, miradla. Merece la pena.

The Big Bang Theory ha sido mi última obsesión. Trata de un grupo de frikis (¿qué más se puede pedir?). La comicidad reside en la interacción de los personajes, ya que son todos un tanto peculiares. Los personajes son cuatro frikis y la vecina cañón de dos de ellos. De los frikis, tres son físicos: Rajiz (no sé cómo se escribe), un astrónomo indio que padece ansiedad social (no puede hablar en presencia de mujeres salvo si está borracho o drogado), Sheldon, un físico teórico superdotado que, proablemente, tiene Síndrome de Asperger, ya que es incapaz de entender los estados emocionales de los demás o los sarcasmos, ya que carece completamente de empatía, y Leonard, quien más contacto tiene con el mundo real, es también físico y comparte piso con Sheldon; está enamorado de Penny, la vecina. El cuarto friki es Howard, un ingeniero aeroespacial judío de 27 años que vive con su madre y está obsesionado con las mujeres. Creo que con la descripción de estos sujetos, no hace falta que jure que las situaciones jocosas están servidas. Cada capítulo es una unidad en sí misma, cada episodio muestra un conflicto que se soluciona al cabo del episodio; la única trama que se da en capítulos consecutivos es la relativa a la relación entre Penny y Leonard. ME CHIFLA ESTA SERIE. Creo que todo el mundo debería verla.

Y, por último, House. Creo que todos conocemos House. El médico cínico y misántropo extremadamente inteligente que resuelve casos médicos a su manera. No voy a aburriros más hablándoos de cosas que ya conocéis.

Tenía ganas de escribir una entrada un poco larga. Supongo que pronto retomaré los temas literarios. Últimamente ando poco lectora, y las series de televisión son una opción de ocio tan genial como cualquier otra.

Disfrutad los últimos días de verano.


25 de agosto de 2009

NO SE PUEDE PEDIR MÁS

La magia de Cohen y la de García Lorca. Sólo faltaba que fuera una versión de Amanecer en Conney Island. Menos mal que no lo es. Me moriría de gusto, literalmente. Pataploc. Adiós Anaïs. Con esta versión del Pequeño Vals Vienés, entro en un dulce trance. Espero que lo disfrutéis igual.

14 de agosto de 2009

LA INSOMNE APESADUMBRADA






Creí que nunca más me haría falta
huir para adentro.

Menos mal que esas cosas no se olvidan.



Fotografía, claro, por ITSASO

13 de agosto de 2009

ES TRISTE PERO ES ASÍ






El saber no ocupa lugar. La sabiduría no tiene precio. Lo dicen hasta en el Conde de Montecristo: pueden quitarte la libertad, pero el conocimiento... eso es otra cosa. Podría consolarme con eso, claro. Pero, la verdad, no consuela. No consuela porque sí que tengo bastante conocimiento. De hecho, oficialmente, ya tengo conocimiento suficiente para ser filóloga y, de hecho, una bastante aceptable. Sí, pero no puedo ejercer (si es que la Filología se ejerce). No puedo ejercer, no, porque carezco de título.

No sé cómo convalidar esos malditos siete créditos antes de septiembre. Y sé menos aún cómo voy a pagarlos. En dos plazos, me dicen. En dos plazos. Setecientos setenta euros en dos plazos. Si eso no fuera mi sueldo bruto mensual, sería fácil de llevar a cabo (afortunados mileuristas, ya quisiera yo ser una nueva pobre). Si no estuviera aún pagando el préstamo por la anterior matrícula sería incluso posible. Y esto por no meterme a hablar del título. Porque no sólo tengo que pagar los créditos: también hay que pagar el título. Ese papelito que cuesta doscientos euros más.

Duele más porque es a tocateja y todo de mi agujereado bolsillo. Pero no me olvido de que, además de mi matrícula, estoy pagando la de todas esas personas de la universidad pública que ni siquiera van a clase ni aprovechan sus convocatorias porque, "total, la matrícula cuesta una miseria". Con el 16% que los amables chupópteros de Hacienda mangonean de mis setecientos setenta brutos mensuales. Mira qué gracia. A la vez, a mi espalda, el peso de la opípara vida universitaria de niños de papá que van de niños de papá y de niños de papá que van de no soy un niño de papá. Niñatos todos, en fin. Que os aproveche.

Pero vamos, las cosas como son: es triste. Es triste porque ahora mismo, la verdad, no me sirve de nada saber reconocer las benditas figuras retóricas de Spang en un texto literario o saber datar un texto medieval y explicar la evolución de su sintaxis hasta nuestros días. No me sirve de nada porque no tengo un papel que rece que sé hacerlo. Porque los números cantan y todas son canciones fúnebres. Me quedo, como mínimo, un año más sin título. Da igual cuánto sepa. Da igual cuánto me esfuerce o cuánto me pluriemplee (ahora mismo estoy con tres empleos simultáneos, queridos míos). El triste hecho es que si yo no puedo ejercer es porque no llego ni a mileurista, no porque sepa menos que otras personas que están ejerciendo. Eso es lo triste. Y, pareceré una amargada, pero es que me da rabia. Porque, aunque esté mal que lo diga yo, y aunque no tenga título ni un sueldo digno, valgo bastante. En serio.

4 de agosto de 2009

HOY CUMPLO 23 AÑOS


Y estoy exactamente igual que cuando cumplí 17, sólo que mucho más contenta (y con unos cuantos kilitos de más). Voy a darme un homenaje como el de aquí arriba (fotografía de Itsaso, http://www.flickr.com/photos/just_to_feel_alive/, que es mi fotógrafa de blog oficial). Otro día hablaré de los ladrones de guante blanco, de la melancolía, del tiempo que pasa y de todas esas cosas, pero hoy me corresponde ser feliz por tener todo lo que tengo, y por tener tiempo por delante para seguir queriéndoos a todos, cada día más (si es que se puede) y mejor (que SEGURO que se puede).

Burlaos de mi ñoñez, malandrines, burlaos, pero vosotros no estáis ni la mitad de contentos que yo. Os lo aseguro.

31 de julio de 2009

Mi primer cuadro



Después de tiempo deseándolo, por fin me he armado de valor, de tubos de pintura y pinceles, y me he puesto a pintar. Este es el primer lienzo que estoy maltratando. Creo que no tengo muchas aptitudes, pero por lo menos me lo estoy pasando bomba. Creo que mañana, o pasado a más tardar, lo terminaré. Es lo más relajante del universo. Os lo recomiendo.



25 de julio de 2009

DE CÓMO A VECES SOY MASA (O UN PRODUCTO ABSURDO DE MI TIEMPO)

Ayer leí Las partículas elementales de Houellebecq (Compactos Anagrama, 2002) y hoy Desgracia, de Coetzee (Debolsillo, 2003). Son libros complejos y, tal vez, no les he hecho justicia leyéndolos tan deprisa. Pero la verdad es que ambos tenían ese algo que subyuga, que te obliga a leer de cabo a rabo, sin parar. Y ese algo que te hace quedarte hecha polvo tras la lectura.

He intentado empezar en el autobús de vuelta a Pamplona El destino del barón von Leisenbohg, de Arthur Schnitzler (Acantilado, 2003), pero el tono decimonónico de este último se me ha antojado fuera de lugar después de haber pasado dos días embebida en la carnicería a que han sometido al siglo XX los dos autores que antes he mencionado. El señor Schnitzler tendrá que esperar a que me recupere. Unas cuarenta y ocho horas, calculo.

Creo que me han dejado tan tocada porque hablan de cosas que me tocan bastante. O, mejor dicho, cosas que me han tocado bastante últimamente. Los dos libros, sobre todo el de Houellebecq, hablan del paso del tiempo, del miedo al paso del tiempo que acerca a la muerte, y el miedo atroz a quedarse impedido. Cómo en ese empeño de agarrarse a la juventud se hacen cosas ridículas, estúpidas, malvadas. Cómo da igual cuán indigno y ridículo te vuelvas, la muerte te alcanza igual.

Me preocupa un poco que, un mes después de haber hecho una entrada sobre el miedo a perder mis facultades metales (De cómo a veces pienso masa), me haya topado con dos libros, ambos escritos en el cambio de siglo, que hablan sobre eso. Aderezan el tema con sexo, por ejemplo, con filosofía, política, psicología, cosas profundísimas que yo no alcanzo a comentar, pero ese es el tema. La muerte. Siempre la muerte.

A ver, entiéndanme, sé que la literatura, desde el Romanticismo sobre todo, ha tratado el tema de la muerte. Creo que en Las partículas elementales se comenta: en cuanto se toma conciencia de la individualidad y se pierde a Dios, aparece irremisiblemente el miedo a la muerte, el miedo a la desaparición. Es obvio. En el Romanticismo se exalta el yo, la individualidad, la diferenciación personal; eso lleva al individualismo, eso lleva al egoísmo, eso lleva a la rebeldía; y eso lleva a negar a Dios; y eso lleva a estar perdidos y a temer la muerte, que deja de ser una puerta a una vida eterna para ser el fin, la desaparición, la inexistencia. Con matices, sí, pero ese sería un buen resumen. Y pasan las décadas, y cada vez hay menos cosas claras y más relativismo. Y estamos más perdidos. Y aquí me veo yo, agnóstica perdida, egocéntrica perdida, con una individualidad exacerbada que a nadie tiene por qué interesar, y que sin embargo me empeño (como todos) en hacer patente. Todos, en nuestras conversaciones, en nuestras creaciones, en nuestros blogs o en nuestra ausencia de blogs, estamos gritando al mundo que no nos olvide, que somos importantes, que somos interesantes, que tenemos un papel dentro de este todo cósmico (o lo que sea). Eso gritamos, aunque realmente no nos lo creemos. Conocemos ya todos los recovecos de la muerte. Conocemos las fases de la descomposición, conocemos lo mezquina y olvidadiza y selecta que es la historia. Pero me voy del tema.

No me ha alterado que Houellebecq y Coetzee traten la muerte. No. Me ha traspuesto el hecho de que la enfoquen desde la misma perspectiva que yo. ¿Por qué es eso? ¿Porque compartimos un escenario cultural? ¿Hemos leído las mismas cosas (Huxley, Kundera)? ¿Hemos vivido en el mismo siglo? ¿En occidente?

Lo dudo. Creo, más bien, que soy un producto absurdo de mi tiempo. Creo que me han dejado un legado cultural (bastante ecléctico, bastante escaso) que he absorbido y tomado como propio, y que no me he dado cuenta de nada. Creo que lo que puedo pensar yo (si es que pienso) es lo que todo el mundo piensa. Y creo que no tengo herramientas para salir de esa masa. De hecho, creo que todos tenemos la misma angustia. Al menos, todas las personas que compartimos el mismo estrato socio-cultural. No sé interpretar. Veo que no sé interpretar. Sólo leer, sorprenderme, preocuparme, sentir. Sé sentir, pero no sé poner nombre a mis sentimientos. Sé ver la absurdidad, pero no sé explicarla, ni sé salir de ella. Y no sabría decir si me han hecho ser esto, si es que a alguien (algún poderoso, por cumplir el tópico) le interesa que yo sea esta persona enclaustrada en sus propias limitaciones, este producto del siglo. Quizás, aunque me haya considerado siempre poco dócil, soy dúctil como un chorro de metal líquido...

Probablemente la individualidad está sobreestimada. No hay tal. Hay matices, brillos, pequeños detalles que distinguen a una persona de otra en medio de la masa. Pero todos somos lo mismo. Los mismos amasijos de carne encerrando huesos, caminando inexorablemente hacia la tumba.

Imagen extraída de http://nohemispaces.spaces.live.com/blog/cns!668E0BF18C6D6138!1825.trak

15 de julio de 2009

EL CAMINO POÉTICO



Recuerdo con qué ojos miraba a mis primeros poemas. Me parecía que acababa de inventar algo, que eran una cosa fresca y nueva y radicalmente genial. Sencillamente, me parecían buenos. Con sus trabas, claro, un poco forzados, vale, un poco demasiado espontáneos, sí, pero estaban muy bien. Hoy he cometido el craso error de releerlos. Soy una poeta infame.

Creo que he mejorado un poquito. Creo que es porque escribo mucho menos. En primero de carrera, vomitaba versos. Era una barbaridad. No hacía más que leer y escribir (claro, afortunada de mí, entonces aún no necesitaba trabajar). Me encantaba sentarme con mi cuaderno manufacturado (era un montón de hojas cosidas por mí, con tapas hechas de cartón cubierto por una servilleta de papel con un estampado de grandes flores forrada de plástico), si hacía bueno, junto al pozo del campus; si llovía, guarecida bajo el porche del Edificio Central. Solía escribir a las ocho de la mañana o a las ocho de la noche, que eran los ratos en que me tocaba esperar. Mi padre me soltaba en el campus de camino al trabajo a las ocho, y hasta las nueve no empezaban las clases. Y por la tarde, yo tenía que esperarlo a que saliera del trabajo, cosa que podía darse entre las siete y las nueve de la noche. Tenía varias horas al día en las que lo único que tenía que hacer era esperar. Y aunqeu en el momento me fastidiaban muchísimo (porque es un auténtico peñazo tener que pasarte dos o tres horas al día sin poder moverte de un sitio no demasiado extenso), ahora las echo horriblemente de menos. Eran dos o tres horas para mí. En las que podía hacer lo que me diera la gana. Y lo que siempre me ha dado la gana hacer es escribir y, sobre todo, leer.

Eran poemas muy espontáneos. Miraba a las copas de los árboles, pensaba en algún tipo que me rondara la mente en aquel momento, y formulaba mis tonterías. Disfrutaba. De verdad, disfrutaba muchísimo. Pero no tenía ningún tipo de contención, ni de voluntad de hacer algo formalmente bello. Intentaba más bien provocar, ponía palabras contundentes, discordantes, me gustaba hacer cosas “innovadoras”, que llamasen la atención. Como diciendo “Atención, soy una persona excepcional y, como tal, escribo estas cosas tan originales”.

Creo que ahora tengo una poesía más modesta. No sólo en cuanto a producción (infinitamente menor), sino en cuanto a concepción. Sé que soy una mala poeta. No tengo sentido del ritmo y no manejo con soltura las figuras retóricas. Mis poemas, si son muy elaborados, son forzados como un corsé. Por eso intento ir a la raíz de las cosas. Intento depurar, quitar lo supérfluo. Si por azar me sale una figura medianamente evocadora la conservo, pero por lo general procuro ser lo más sencilla posible.

Sigo siendo una egocéntrica, sí, porque sigo pensando que tengo algo que decir. Pero conozco mis limitaciones en cuanto a artesana. Creo que puedo hablar de sentimientos comunes a todos, y describirlos con mediana fortuna. Pero sé que no soy capaz de, además de hablar un poco certeramente de ellos, adornarlos con bella retórica. Simplemente, se me da mal. Y, además, no creo que sea estrictamente necesario hacerlo.

Últimamente he leído a Juan Ramón Jiménez y a Salinas y, claro, a Benedetti. Y creo que ellos han demostrado, cien mil veces mejor que yo, que la poesía no es sólo la carcasa. Soy la mayor forofa de Baudelaire que el mundo ha visto, y me extasían los juegos de cadencia de la poesía de Poe. Pero creo que la poesía no es pura artesanía. Es tan útil un jarrón decorativo como un vaso de nocilla. El jarrón hará la casa agradable, el vaso nos permitirá saciar nuestra sed. Son igualmente útiles. Y, a su manera, su utilidad los convierte en algo hermoso.

Creo que mi camino poético (si es que tengo algún tipo de camino poético) es la sencillez. Hacerme entender y, así, hacer que la gente se entienda un poco mejor. Y si fracaso, bueno, tampoco pasa nada. Por lo menos he redescubierto a Juan Ramón, y eso no es moco de pavo.


Fotografía tomada de:

29 de junio de 2009

LA SONRISA DEL ELEFANTE TRISTE





Una vez, cuando tenía ocho años, mi tía nos llevó a uno de mis hermanos y a mí al circo. No recuerdo gran cosa del espectáculo, salvo que me resultó grandioso. Lo que sí que recuerdo con nitidez meridiana es que, al final de todo, los niños podíamos subirnos sobre uno de los elefantes para que nos sacasen una fotografía instantánea con una máquina Pollaroid. Hice fila y esperé, ansiosa, mi turno.

Un hombre vestido de rojo nos aupaba sobre el lomo del elefante. Era un lomo inmenso, y mis piernas abiertas no lo abarcaban. Un dolor atroz me desgarró la ingle, y durante cuatro días no pude caminar con normalidad. Sin embargo, en la fotografía, luzco una sonrisa de sultana satisfecha que engañaría a cualquiera, por ducho que fuese en fingimiento.

A veces me parece que paso así la vida: trocando mis gestos de dolor en inconsolables sonrisas perfectas y, sobre todo, silenciosas.



21 de junio de 2009

EL PERSONAJE SECUNDARIO



Otro trocito de mi nivola La farola:

Ella era uno de esos entrañables personajes secundarios que al final de la película, mientras los protagonistas se besan con pasión a la luz de una farola, observa desde una esquina con una mirada melancólica y resignada propia de los personajes nobles, esa mirada de “Así debe ser, yo debo irme y no ser egoísta”. Después de un primer plano de una sonrisilla que a nadie engaña, el personaje secundario se aleja caminando con las manos en los bolsillos y la cámara se centra en el beso de los protagonistas. Esto lo hacen para que el espectador se vaya a casa con buen regustillo. No interesa una escena final en la que aparezca el entrañable personaje secundario en la pesada soledad de su habitación llorando a lágrima viva, porque el personaje secundario no debe enturbiar nunca la felicidad de los protagonistas ni de los espectadores. No debe crear congoja. No debe hacerse notar. Los personajes secundarios debemos ser fáciles de olvidar: en eso consiste ser un buen personaje secundario.

Pero algún día pienso rebelarme. Gritar desde mi discreta esquina un “¡Y una mierda!” que interrumpa el beso, aunque sólo sea para fastidiar. Porque ya sé que no tengo las piernas bien formadas, no tengo una voz bonita, no tengo el carisma que precisa un personaje para ser protagonista. Pero quiero que se me oiga. Quiero que el público me compadezca. Quiero que el público entienda la magnitud de mi sacrificio. Quiero un último plano de mí llorando en la pesada soledad de mi habitación. Quiero un…. Lo siento. Ya me callo. Lo siento mucho.

Lloraré detrás de la puerta cuando te vea sufrir. Pondré la sonrisilla resignadamente noble desde mi discreta esquina oscura si, por fin, sale bien lo que no parece de ninguna manera que pueda salir bien (¿en qué historia macabra andas metido?). No me quejaré jamás de la exclusión. Seguiré en mi a veces más a veces menos discreto segundo plano, sintiendo con el protagonista, sufriendo y alegrándome con él sin que él lo note.

Y, por la noche, me taparé con el edredón hasta la boca y suspiraré sin ruido. A lo sumo, tal vez, esbozaré una sonrisilla resignada de esas tan recurrentes. Nada más.







12 de junio de 2009

DESREALIZACIÓN


Llueve.
A veces el mundo se vuelve mentira.
La gente camina
con piernas delgadas
con paso silencioso
debajo de los paraguas.
Nada de paraíso.
Todo de artificial.
Las verdades son verdes plásticos.
El granizo cubitos huecos
de humo frío y blanco.
Mentira.
Mundo plástico. Sólo registro mentiras
con mis ojos blandos
marrones, inquietos,
buscando a lo que asirse.
Algo que lata,
algo que respire tibio.
Pero sólo hay lluvia
gris contra los paraguas
abiertos y negros
y tensos
que punzan la tripa del cielo.
Nada más.

2 de junio de 2009

DE CÓMO A VECES PIENSO MASA







Si la memoria no me falla, la primera vez que me pasó fue en el año 1999. Era octubre. Mi madre tenía vacaciones en esa fecha tan rara, y nos organizamos para ir de vacaciones a ver el mar, como siempre, aunque esta vez no pudiésemos bañarnos. Yo tenía 14 años y estaba entonces enamoradísima de un chico. Estaba tan enamoradísima, que en clase me llamaban la atención sin parar, cosa impensable antes de la fecha.


Yo siempre he sido muy aplicada. Siempre he tenido la voz de resabidilla y el libro debajo del brazo, y con 11 años completé el atuendo con las gafas de topo. Siempre la mano a punto para contestar al profesor, siempre el bolígrafo listo para hacer los ejercicios. Una repelente, vamos. No me ha gustado nunca el estudio por el mismo estudio, me aburre soberanamente leer y releer una misma cosa que he entendido a la primera sólo para grabar en mi memoria datos que, después de ser escupidos en un examen, olvidaré sin duda; pero siempre me ha gustado aprender. Desde siempre he tenido esta pasión por libros, por el conocimiento teórico, por esas cosas que nos gustan a las personas aburridas. Me lo paso bomba traduciendo latín. Me encanta hacer análisis sintácticos. Disfruto como una loca peleándome con diccionarios, a cual más pesado y de letra más ínfima. Jamás — jamás — se me llamó la atención en clase. Hasta el año 1999.


No es que me portara mal. Es que dejé de estar ahí. Mi cerebro estaba siempre ocupado en tejer y retejer recuerdos. Siempre ocupado en darme o quitarme esperanzas, según lo lluvioso o soleado del día. Aquel año viví en subjuntivo. Todo eran hipótesis, todo condicionales de dudosa realidad. Qué feliz fui y qué mal lo pasé.


Me preguntaban cosas y yo, por supuesto, no contestaba. No sabía que me hablaban a mí. No sabía qué pintaba ese mundo ahí fuera, tan distinto del que a mí me interesaba (el que yo tenía denrto, en el que estaba él).


Por eso me alegró tanto que nos fuéramos de vacaciones en octubre. Pensé que “Genial, así podré pasarme diez días pensando en mis cosas sin que nadie me moleste”. Me llevé escondidas sus cartas, que leí tantas veces que diez años después sigo recordando algunos fragmentos (y eso que nunca me ha gustado leer y releer hasta grabar datos en mi cerebro), y me ponía canciones cursis en el walkman (entonces eran walkmanes) y me disponía a pensar en él. Pero no podía. Lo intentaba, pero mi cerebro iba por libre.


Aquel octubre de 1999, en el coche, de camino a la costa Mediterránea, por primera (y desgraciadamente no última) vez en mi vida, mi pensamiento dejó de ser un discurso y pasó a ser una sopa.


No sé si es algo normal, pero a mí es algo que me sigue inquietando. De repente, en lugar de pensar frases, piensas masa. No sé explicarlo bien. No hay conexión entre ideas. No hay diálogo interior. No hay nada que pueda recordar remotamente al verbo. Sólo hay una masa densa, pesada, ocupándote el cerebro, extendiéndose como barro con unos bracitos lentos, como pequeños nervios anegándote los huequecillos que hay entre idea e idea, entre trozo viscoso y trozo viscoso de masa cerebral.


No sé por qué pasa. Durante mucho tiempo he pensado que era fruto de la ansiedad. Pasé años enteros pensando masa (o, lo que es lo mismo, no pensando), y creí que se debía a mi estado anímico. Pensar (o escribir) me habría obligado a mirarme adentro, y verme por dentro en aquel momento habría derivado irremisiblemente en un cambio de vida para el cual no tenía energías. Pero hoy, en este tren, pensando (discurso, afortunadamente) me he dado cuenta de que en aquel 1999 yo era una adolescente feliz, que escribía largas cartas de amor que le eran correspondidas, y aún así pensé masa. Mi cerebro no necesitaba ese blindaje. Tenía energías para cualquier cosa. Como ahora. Pero pensé masa de todas formas. Es algo que me asusta un poco.


Me da miedo que mi cerebro falle. Es algo que he comentado más de una vez, y que racionalmente sé que es una patochada. Pero a mi cerebro le tengo mucho aprecio. Es mi mejor herramienta de trabajo y de disfrute y, seguramente, es lo mejor que tengo para ofrecer. Sé que hay infinidad de cerebros mejores, más potentes, más preparados, más cultivados, mejor llevados... pero el mío, la verdad, me gusta mucho. Y quiero conservarlo. Y quiero que me siga sirviendo muchos años.


Me parezco mucho a mi abuela paterna, siempre me lo han dicho. Tenía el mismo orgullo que yo, las mismas caderas anchas, los mismos hombros fuertes y las mismas costillas salientes. La misma mala circulación, la misma pesadez de piernas. La misma tensión baja. La misma ensoñación. Pero, además, mi abuela paterna tenía Alzheimer.


Sé que eso no significa que yo lo vaya a tener. Sé que, aunque lo desarrolle, me quedan muchos años de actividad intelectual. Pero el deterioro mental es algo que me aterra. Mucho más que la muerte, mucho más que la desgracia en cualquien otro plano. Más que la soledad. Me aterra el deterioro de mi cerebro. No pensar ni siquiera masa, o pensar pero que nadie me entienda. Que tengan que ocuparse de mí. Sobre todo eso: que tengan que ocuparse de mí.


A mi abuela sus hijos la cuidaron con todo el amor del mundo. Nunca he visto tanta dedicación, nunca tanta entrega. Y nadie lo hizo para sentirse un héroe ni por agradecimiento, sino que lo hicieron porque quisieron. Porque la querían y les parecía lo más natural del mundo. Sé de sobra que hay muchísima gente que me quiere, y que me cuidaría sin sentirme como una carga, llegado el momento. Si me da terror que me tengan que cuidar no es porque sea una buena persona que no quiere resultar un estorbo, no; me da terror por orgullo. Por mi maldito orgullo. Porque no tengo un ápice de humildad y no quiero depender de nadie que no sea yo misma.


Por eso, cada vez que mi cerebro renquea, cada vez que no recuerdo un dato que debería saber, cada vez que no comprendo algo a la primera, me agobio. Me agobio profundamente. Me atoro. No quiero perder mi cerebro. A veces, me parece que es lo único que tengo. Mi cerebro, mi voz de resabidilla, mis libros debajo del brazo y mis gafas de topo. Nada más.



23 de mayo de 2009

ESTA CIUDAD ME ESTÁ MATANDO (POEMA ADOLESCENTE)






Ya lo dijo Mon:

hay que huir de esta ciudad

en la que no tengo sitio.


Los cafés que me gustan están siempre llenos.

No me gusta la oferta cultural.


Odio esta ciudad gris que no me ofrece cobijo.

La noche comienza a las seis de la tarde.

En mi piso se mueren las plantas.


No quiero ver a mis amigos.

No te echo de menos.

Estoy rodeada de pijos.


Trabajo más horas de las que tengo.

Sigo atada a tres asignaturas

que ya no me interesan.

Estoy cansada.


Odio lamentarme pero es que no tengo salida.

Necesito un viaje en tren a un sitio con palmeras.


Tengo seis aduladores estúpidos.

Tengo una némesis superficial

que me odia porque soy gorda y de todos modos tengo novios.

Tengo que aguantar miradas de desdén de gente

cuyo horizonte más profundo se llama Marengo.

Por Dios, dadme al menos enemigos dignos.


Señoras que me admiran por poder con todo esto

cuando hace mucho que en vez de caminar me arrastro.

Ya no escribo

porque no quiero mirarme adentro.

No hay más que cosas mediocres.

No hay ninguna diferencia con el mundo exterior.


Debo huir de esta ciudad

que me está convirtiendo en esto que aborrezco.

Insulsa, gris, otoñal como Pamplona.

Una rata en una jaula.

Muriendo de vieja en un cuerpo de veinte.

Debo huir de esta ciudad.


Ya lo dijo Mon (Mon sabe de palmeras):

hay que huir de esta ciudad

que me encarcela.

18 de mayo de 2009

Y TODO LO DEMÁS ES LITERATURA





Aquí os dejo un dibujito mío. Está hecho con boli bic, y llevo años sin dibujar de contínuo, así que sed benévolos. 

La retratada es Grumish, una de tantas niñas con SIDA del orfanato de Addis-Abeba, regentado por las Hermanas de la Caridad en Etiopía. Tienen dos hospitales, uno con 300 niños infectados, que es donde vive Grumish, y otro con 700 internos, todos adultos y con diversas enfermedades, físicas y/o mentales. 

La fotografía la tomó mi madre, Raquel, el año pasado, mientras estuvo allí como voluntaria durante sus vacaciones.



14 de mayo de 2009

HOMENAJE


Mañana es el día de la Radio en la Universidad, y a las 20.30 he de leer mi nuevo texto. Os lo adjunto, a ver qué os parece.



Bienvenidos a La Biblioteca. Hoy es un día especial y por eso quería hacer un programa, eso, especial. Quería homenajear a todos esos autores consagrados, clásicos, a los que admiro con veneración. Pero me he visto con un problema gordo: por un lado, no sabía a cuál escoger, y por otro, la verdad es que cinco minutos dan para muy poco homenaje. Por eso, lo que se me ha ocurrido es lo siguiente.


He hecho un relato formado por títulos de algunos de esos autores. El texto no tiene demasiado sentido, la verdad, así que he decidido premiar al que me escuche. Al primer valiente que no huya despavorido, y que sea capaz de decirme cuántos títulos he insertado en el texto, le regalaré un libro. En serio. Y dicho esto, allá voy.

El pasado NOVIEMBRE, EN LA ARDIENTE OSCURIDAD de LA TABERNA que hay junto al JARDÍN DE LOS CEREZOS, UN ESTUDIANTE DE SALAMANCA amigo mío me contó aquella historia. CONFIESO QUE HE VIVIDO MIL Y UNA NOCHES sin quitarme de la cabeza el TORMENTO que oí en la voz de mi amigo.

Éste había sido antaño un DON JUAN, que había elegido la VÍA REVOLUCIONARIA. Era un rebelde y, a veces, un desaprensivo. Rodeado de AMISTADES PELIGROSAS, MISERABLES orgullosos de sí mismos pese a LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER los HIJOS DE LA MEDIANOCHE, en aquellos tiempos cometió atrocidades y forzó a más de una DAMA BOBA a abandonar prematuramente LA EDAD DE LA INOCENCIA.

Sin embargo, mi amigo sabía que el suyo no era un MUNDO FELIZ, sino meros PARAÍSOS ARTIFICIALES. En sus libaciones de LAS FLORES DEL MAL halló relevante una de sus ILUMINACIONES: se dio cuenta de que llevaba vividos CIEN AÑOS DE SOLEDAD, de SOLEDADES. A partir de entonces, pasaba LAS HORAS penando, anhelando ese PARAÍSO PERDIDO en LA ESPUMA DE LOS DÍAS de sus correrías. Se sentía MARINERO EN TIERRA, EXTRANJERO en los CAMPOS DE CASTILLA, mecidos por los cariñosos VIENTOS DEL PUEBLO. En su VIAJE AL FIN DE LA NOCHE había topado finalmente con EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS: el suyo propio, que era un CORAZÓN DELATOR como pocos.

Pasó aquella TEMPORADA EN EL INFIERNO entre LA CARRETERA y LA TABERNA. Las LUCES DE BOHEMIA ya no le agradaban. Escribía largas CARTAS A LOU, la menor de sus TRES HERMANAS, que vivían en una TIERRA BALDÍA, YERMA, AL SUR DE LA FRONTERA, AL OESTE DEL SOL. Pero no encontraba consuelo ni al imaginarla jugando con su CASA DE MUÑECAS. LA BUSCA de una vida mejor era una HISTORIA INTERMINABLE y, a sus ojos, quienes podrían por cierto escribir un ENSAYO SOBRE LA CEGUERA, era una búsqueda inútil.

Pero tras un TIEMPO DE SILENCIO, LA VIDA SALIÓ AL ENCUENTRO. UNOS OJOS AZULES se clavaron en su herida. Era UNA MUJER DIFÍCIL. CUANDO ELLA ERA BUENA, la vida de mi amigo se convertía en EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO. Pero ella estallaba a veces como si DE REPENTE EN LO PROFUNDO DEL BOSQUE explotara LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO hiriendo a la humanidad con un RAYO que NO CESA. Dejaba el corazón de mi amigo como un LLANO EN LLAMAS. Fueron tiempos de GUERRA Y PAZ, de CUMBRES BORRASCOSAS y EDUCACIÓN SENTIMENTAL. Pero, sobre todo, de METAMORFOSIS. No he visto mayor TRANSFORMACIÓN que la que experimentó mi amigo. Pasó de ser UN ENEMIGO DEL PUEBLO a ser casi UN BUEN PARTIDO.

Pero un día ella se fue y se desmoronó LA MONTAÑA MÁGICA de sus ilusiones. Mi amigo volvió a su INFIERNO. Buscaba a su amada en vano, esperándola apostado en las calles como un GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO.

Por fin, un día,, le llegó la CARTA DE UNA DESCONOCIDA. Era UNA LETRA FEMENINA AZUL PÁLIDO que pertenecía, claro, a aquella MUJER DIFÍCIL que, con sus aires de GATA SOBRE EL TEJADO DE ZINC CALIENTE, lo había encandilado. 

Creo que mi amigo ha salido del TÚNEL. Ya no pasa los RESTOS DEL DÍA como alma en pena. Pero no me confío. LA IMPACIENCIA DEL CORAZÓN nos lleva a veces a dar crédito a FICCIONES engañosas. Mi plan es acompañarlo, con SENTIDO Y SENSIBILIDAD, en sus vicisitudes. Porque la suya es una historia de pasiones, pero sobre todo de AMOR Y AMISTAD. Y yo siempre seré su amiga.



Y esto es todo. Eso sí, una cosa quiero aclarar. La referencia a UNOS OJOS AZULES homenajea, por supuesto, a Thomas Hardy. Lo digo por si a algún despistado se le ha ocurrido pensar que podía referirme a la última novela de Pérez-Reverte. No seamos ilusos, por favor. Yo a ese señor no lo homenajearía nunca. Yo sólo homenajeo a quien se lo merece. 

Anaïs Egea para 98.3 Radio.