30 de diciembre de 2013

POR QUÉ LEER ME SALVÓ LA VIDA

WHY READING SAVED MY LIFE

Cuando era pequeña, era rara. Creo que mis padres lo sabían. Mis tíos, desde luego, lo sabían. Y, cuando por fin conocí a otros niños, cuando tenía tres años, esos niños se dieron cuenta enseguida. Y, claro, yo me di cuenta de que era rara. Y como en aquel entonces a la gente le gustaba que yo fuera rara (les hacía gracia), pensé (ya entonces, tan pequeña) que ser rara era algo bueno.

No era una rareza física. Creo que ni siquiera era una rareza intelectual. Era, simplemente, que tenía mucha imaginación. Mi hermano no llegó hasta que yo cumplí cuatro años, y mis padres me tuvieron tan jóvenes que no conocí a nadie de mi edad hasta que entré en el cole. Sólo me relacionaba con gente mayor y la gente mayor siempre está ocupada. Así que tuve que hacerme un mundo. Hablaba sola. Imaginaba cosas y seres. A veces, interactuaba con ellos, mis seres invisibles. Otras veces, los dibujaba. Otras, los encontraba en las ilustraciones de los libros y ellos salían de las páginas y yo me convencía de que tenía la casa plagada de caballos y dragones y sirenas y muchas cosas más. No estaba loca: sabía que no estaban ahí. Pero yo hablaba de todos esos seres con total pasión y convencimiento porque me gustaba empañar el mundo real, tan limitado y aburrido, con mi mitología personal.

Recuerdo que solía sentarme en el respaldo del sofá y hablar con las cortinas. Les contaba que quería tener hermanos y ser mayor. Esas eran mis dos obsesiones. Después, se unió una nueva obsesión: quería aprender a leer. Estaba empeñada. Porque Mamá sacaba de esos rectángulos pequeñitos mundos tan grandes... Los dibujos estaban bien, pero el hecho de que Mamá convirtiera esas marquitas negras de la hoja en palabras, y que esas palabras se convirtieran en personas, y que esas personas pudieran hacer hazañas, eso era magia verdadera. ¡Era magia! Dependiendo de cómo se ordenaran esas marquitas -las letras-, el príncipe podía rescatar a la princesa o podía ser devorado por el dragón. Esas marquitas creaban mundos muy parecidos al mío, mundos a los que yo podía volver al abrir el cuento, mundos de los que yo podía huir cerrando el cuento. ¡Magia! ¡Magia! ¡Pura magia! NECESITABA aprender a leer.

Y, claro, aprendí. Aprendí muy pronto. Devoraba los libros, me encantaban. Aunque, entonces, acababa de empezar el cole y la gente me gustaba aún más que los libros. Los libros eran para cuando estaba sola, en casa, o para cuando íbamos a ver a los abuelos y los mayores hablaban como hablan ellos, llenando el espacio de calma, con un toniquete denso y con esas bromas que sólo les hacen gracia a ellos. Los libros eran para cuando no había otros niños. Porque me gustaban más los mundos que podía compartir con mis amigas, me gustaba mucho más ser Barbarroja y que ellas se quedaran en sus aposentos (me encantaba la palabra “aposentos”) mientras yo defendía el barco de pulpos gigantes o de los chicos quienes, de todos es sabido, son aún más asquerosos que los cefalópodos gigantes.

Yo era rara porque inventaba esos mundos. Era bueno ser rara porque a mis amigas les gustaban mis mundos. Así que configuré mi identidad desde esa diferencia. Pensé que mi imaginación era un valor. Y me gustaba compartirla.

Pero unos años después, cuando tenía nueve, de repente, irrumpió el mundo real. Mis mundos empezaron a aburrir y los chicos ya no eran el enemigo y yo me quedé obsoleta. No sé cómo pasó. Yo estaba demasiado ocupada creando cosas en mi cabeza como para darme cuenta de que fuera estaban sucediendo cosas. Sólo sé que, un día, estaba sola. Que los demás me señalaban y me llamaban rara y no les parecía bien que sacara buenas notas y no les parecía bien que me gustara jugar en lugar de sentarme en un rincón del patio y no les parecía bien que estuviera gorda y no les parecía bien que estuviera. Yo era mucho menos lista de lo que pensaba: habría sido más fácil abandonar mis mundos o, simplemente, dejarlos para cuando estuviera sola, y haberme sentado en un rincón del patio a mirar revistas en las que salían las Spice Girls. Pero yo era cabezona y, ya entonces, una idealista. No me gustaba el mundo sin fantasía. No me gustaba en absoluto.

En aquel entonces yo iba a clases de pintura. Tenía diez años menos que el resto de los alumnos y, por eso, allí me dejaban seguir siendo una niña. En mi casa tenía hermanos pequeños y, por eso, allí, también tenía sentido que siguiera siendo una niña. Pero en el colegio todo el mundo tenía prisa por crecer y yo, después de haber tenido hermanos, había abandonado mi obsesión de hacerme mayor. Quería ser niña, ser niña, ser niña, ser niña hasta el día en que me salieran pechos y tuviera que hacerme mayor a la fuerza. Quería seguir creyendo en sirenas. Quería seguir creyendo en la magia. Necesitaba la fantasía. Porque, ya entonces, sobre todo después de que mis amigas se rieran de mí, después de todos los insultos, después de todos los desprecios, ya entonces me había dado cuenta de que el mundo real da bastante asco. Y que la gente, aunque me había entusiasmado mucho, es lo que más asco da del mundo real.

Tenía que irme pronto del cole todos los días porque, si me retrasaba, siempre había alguien para pegarme o tirarme la carpeta al suelo o insultarme de alguna manera. Así que me iba corriendo y me encerraba en la biblioteca. Sacaba tres libros, me los leía, y los devolvía al día siguiente. Así durante dos años. Los fines de semana lo pasaba fatal porque sólo podía sacar tres libros y me los tenía que racionar. Intentaba dibujar un rato después de acabarme el primero, pero al final siempre me podía el ansia y me acababa los tres antes de irme a dormir. Y los domingos volvía a mirar por enésima vez las ilustraciones de la enciclopedia de animales que había en la casa de mis abuelos.

Y leía sin parar porque los mundos que me ofrecían los libros eran infinitamente mejores que el mundo real. En los libros, las personas eran buenas y los raros acababan encontrando amigos e incluso el amor. Había recompensa. Había justicia. Y, cuando había gente mala, que pegaba a los demás, que les tiraba la carpeta al suelo o que les insultaba de alguna manera, acababan quedándose solos o eran humillados cuando todo se descubría. O -y esto era lo mejor- la persona a la que habían humillado era quien los salvaba del ridículo. Esas eran las situaciones que yo prefería. Porque yo quería ser niña, niña, niña, y por eso prefería mil veces el heroísmo a la venganza.

Por eso digo que los libros me salvaron la vida. Porque yo estaba profundamente sola y profundamente triste, y los libros me ofrecieron compañía y consuelo. Me mostraron mundos en los que habría tenido ganas de vivir. Y eso hizo que no perdiera la esperanza y, sobre todo, que no sucumbiera al dolor y me convirtiera en una persona de la que no me pudiera sentir orgullosa. Aprendí a ser heroína, a soportar, a no hundirme, a no vengarme, a convencerme de que, en algún momento, encontraría mi sitio en alguna parte. Y tardé muchos años, pero creo que lo encontré.

Más tarde, claro, empecé a leer libros donde el mundo mostrado era mucho más parecido al real. También leí otros libros donde los mundos mostrados eran incluso peores que el mundo real. Y también me prepararon para la vida, pero de esos libros tendré que hablar en otra ocasión.


Más de uno se preguntará a qué viene todo esto. Me parece normal. Es porque hace un par de días estaba hablando con Paco sobre el postureo. Sobre esa gente que cita a Kafka y a Dostoievski y a Foster Wallace para demostrar lo cultos que son, lo mucho que han leído, lo inteligentes que son y lo mucho que molan. Sobre esa gente que prostituye la literatura convirtiéndola en un escaparate para su ego. Sobre esa gente que no tiene ni idea de lo que los libros pueden llegar a ser. Claro que hay libros con más calidad literaria que otros. Por supuesto. Todos lo sabemos. Pero no hay que leer cosas “buenas” por obligación: hay que leer por placer, por necesidad, por vocación. Porque las colecciones de Los Cinco o de Pesadillas fueron capaces de aislarme y protegerme del mundo yermo y hostil de ahí fuera. Y también Anna Karénina. Y La historia interminable. Y el Diario de Anna Frank. Y Tintín. Así que basta. Esto es agotador. Los libros me protegieron de los juicios de los demás, así que no pretendáis que los convierta en una manera de juzgar a los demás.  

4 de marzo de 2013

LA MEMORIA EN LLAMAS

Hoy ha habido un incendio y el fuego se ha tragado todas mis cosas. Mis libros, mis cuadernos, mis diarios, mis dibujos, mis cartas, mis recuerdos. Mi memoria.

Me siento más nómada y efímera que nunca.

24 de mayo de 2012

MICRORRELATO FINALISTA USAL

¡Hola!
Tras meses desaparecida, os cuelgo el micro con el que quedé finalista en el último Concurso de Microrrelato de la Usal



HIPERREALISMO

Después de veinte años retocando el bodegón, el pintor se sintió, por fin, satisfecho. La fuente repleta de fruta brillaba sobre un mantel de cuadros dentro del pequeño lienzo. El pintor limpió concienzudamente sus pinceles, colgó la bata, encendió todas las luces y llamó a su familia. Su mujer y sus dos hijos entraron por primera vez en el estudio y buscaron el cuadro con la mirada. Entonces, el hijo menor se acercó poco a poco a la tela, tomó de ella una manzana y, ante el orgulloso estupor de su padre, la mordió con ávida glotonería.